Educar para comprender al compañero diferente

Opinión

La inclusión que empieza en el recreo

En el recreo se aprende tanto como en el salón.

Allí no hay libros de texto.

No hay pizarrón.

No hay evaluación.

Pero sí hay miradas.

Hay risas.

Hay exclusiones.

Un niño corre demasiado y choca con otros.

Otro se tapa los oídos cuando suena el timbre.

Uno más se queda solo, alineando piedritas mientras el grupo juega futbol.

Y los demás observan.

Algunos preguntan.

Otros se burlan.

Otros simplemente se alejan.

En ese momento, la inclusión no depende de una ley ni de un programa institucional. Depende de lo que esos niños saben —o no saben— sobre la diferencia.

Si nadie les ha explicado que existen distintas formas de procesar el mundo, interpretarán lo distinto como extraño. Y lo extraño, cuando no se comprende, suele generar distancia.

En cada salón hay alumnos con TDAH, con Trastorno del Espectro Autista, con dislexia o con otras formas de neurodivergencia. Muchos de ellos no siempre tienen diagnóstico visible. Muchos simplemente cargan con etiquetas que duelen: “inquieto”, “raro”, “distraído”, “difícil”.

Pero ¿qué pasaría si desde los primeros años escolares los niños aprendieran algo sencillo y poderoso?

Que no todos los cerebros funcionan igual.

Que algunos necesitan moverse más.

Que otros requieren rutina.

Que algunos hablan mucho porque piensan rápido.

Que otros guardan silencio porque procesan profundamente.

Educar para comprender al compañero diferente no es introducir complejidades clínicas en la infancia. Es sembrar empatía.

Bastaría con pequeñas lecciones adaptadas a la edad:

* Hay que explicar que cada persona aprende de manera distinta.

* Enseñar que algunas dificultades no son desobediencia, sino formas diferentes de regulación.

* Invitar a preguntar antes de juzgar.

* Fomentar el acompañamiento entre pares.

La cultura escolar no se transforma solo desde el escritorio. Se transforma en la conversación diaria entre niños.

Un compañero que entiende que su amigo no interrumpe por molestar, sino porque le cuesta regular impulsos, reacciona distinto.

Un grupo que comprende que alguien evita el ruido porque le duele sensorialmente, se vuelve más cuidadoso.

La empatía también se enseña.

Si hablamos de inclusión en los libros de texto, quizá el cambio más profundo no esté en grandes declaraciones, sino en pequeños capítulos que enseñen a convivir con la diversidad real del aula.

Porque la inclusión auténtica no comienza cuando el adulto interviene.

Comienza cuando un niño decide invitar al que está solo.

Cuando explica al grupo que “no es raro, solo aprende distinto”.

Cuando comprende que la diferencia no es amenaza, sino riqueza.

La escuela no solo forma estudiantes. Forma ciudadanos.

Y tal vez una de las lecciones más urgentes de nuestro tiempo sea esta:

convivir con quienes son diferentes no es tolerancia; es aprendizaje compartido.

Si este texto puede ayudar a que un niño mire distinto a su compañero mañana, entonces habrá cumplido su propósito.

— Dr. José Mauricio López López

Psicólogo Clínico | Doctor en Educación

Especialista en Psicoanálisis del Desarrollo y Neurodivergencia

https://www.facebook.com/PsicMauricioLopez/

OTRAS NOTAS