Los marxistas también chillan

Bajo presión

Marx Arriaga, un funcionario menor de la Secretaría de Educación Pública es despedido de la Dirección de Materiales Educativos y se convierte en un escándalo nacional porque el burócrata decide no acatar la instrucción y atrincherarse en su oficina para desde ahí refundar la SEP y defender la Nueva Escuela Mexicana.

Las fisuras en el oficialismo ya son grietas, el ruido de este resquebrajamiento se traduce en ruido, versiones encontradas que dejan de lado a las instituciones y convierten un trámite administrativo en un problema más que debe atender, con urgencia, la presidenta Claudia Sheinbaum, a riesgo de que el segundo piso de la transformación se venga abajo.

Este culebrón tiene un final evidente: se diluirá en el olvido; quizá Marx Arriaga se mude permanentemente a sus oficinas y desde ahí siga convocando desde Facebook a la revolución; mientras la SEP continúa con la obligatoria corrección y actualización de los libros de texto gratuito, porque la presidenta Sheinbaum ya dijo que el modelo educativo se mantiene. El presupuesto y las instrucciones para realizar estas tareas se pueden ejercer desde cualquier otra oficina.

El problema es que se aprovecha el patético comportamiento de Marx Arriaga para, desde dentro del oficialismo, escalar las críticas entre los miembros del movimiento para evidenciar que no son diferentes a los anteriores, son peores, guiados por el mesianismo y motivados por un trasnochado espíritu revolucionario, quienes llegan al poder creen que es para siempre, porque confunden un nombramiento con un título nobiliario y las instituciones con un negocio personal.

Marx Arriaga encarna al morenismo que tergiversa las reglas del sistema por el que llegaron al poder para eternizarse en él; la hipocresía con que se llenan la boca sobre el poder del pueblo pero realiza el ejercicio de la función pública desde un voluntarismo egoísta.

La búsqueda inmoderada del interés personal hace creer a Marx Arriaga que es él quien encarna a la Nueva Escuela Mexicana y los libros de texto gratuito, por eso no puede dejar el cargo, por eso se niega a las actualizaciones que sus jefes le piden. Envuelto en esa bandera y presentándose como un obradorista puro consiguió que un grupo de afines convoque al magisterio insurgente mexicano, al pueblo bueno y a los camaradas obradoristas a que pongan al gobierno entre la espada y la pared para que siga siendo el director de Materiales Educativos y cumpliendo su tarea revolucionaria.

El espectáculo mediático de un burócrata que se niega a dejar su cargo se vuelve una crisis política que tiene que resolver la presidenta Sheinbaum porque pone en riesgo a su gobierno y a millones de estudiantes.

El verdadero daño no está en el berrinche de Marx Arriaga, sino en el uso que se hace de él. Al convertirlo en protagonista, para defenderlo o para lincharlo, se reduce un problema estructural a una disputa de nombres propios. La función pública se vuelve melodrama, y el Estado, escenografía.

Cuando un funcionario menor es presentado como el dueño o el garante moral de un modelo educativo, el mensaje implícito es devastador: la política pública no descansa en diagnósticos, planeación ni evaluación, sino en lealtades personales y pulsiones ideológicas. La Nueva Escuela Mexicana deja de ser un proyecto perfectible y medible, se transforma en una identidad que se defiende a gritos, no en una política que se ajusta a la realidad.

Los problemas reales quedan fuera de cuadro. La deserción escolar, un fenómeno que atraviesa pobreza, violencia, rezago regional, precarización docente y abandono institucional, se diluye en la narrativa del traidor o del purista. Si algo falla, parecería ser culpa de un individuo que se va o de otro que llega, no de un diseño deficiente ni de la ausencia de una estrategia de largo aliento. Personalizar el conflicto permite eso: no discutir cifras, no revisar metas, no corregir rumbos.

En ese juego todos perdemos La SEP queda reducida a un botín simbólico; los libros de texto se convierten en tótems ideológicos; y el magisterio, una vez más, es convocado no para mejorar la escuela, sino para cerrar filas en una pugna que nada tiene que ver con el aula. Mientras tanto, millones de estudiantes siguen abandonando la escuela sin que nadie asuma el costo político de ese fracaso.

El asunto no es si Arriaga se queda o se va, ni si alguien traiciona o no un legado. El problema es que, al permitir que la discusión se concentre en un personaje, el gobierno evade la obligación más elemental: gobernar con políticas públicas, no con símbolos. Esa evasión, tarde o temprano, pasa factura.

La presidenta Claudia Sheinbaum no tendría que estar apagando fuegos provocados por egos desbordados ni resolviendo berrinches administrativos convertidos en crisis morales. Su responsabilidad de su gobierno es otra: definir un plan educativo claro, evaluable y corregible, que no dependa de iluminados ni de mártires de oficina.

Pero mientras el poder siga creyendo que gobernar es encarnar, y no planear; emocionar, y no corregir; defender personas, y no instituciones, seguiremos atrapados en estas farsas. La educación pública, una vez más, será la excusa perfecta para no hablar de lo que verdaderamente importa.

Coda. Los chillidos de Marx no tienen nada que ver con la educación. Es una disputa por el relato, por quién encarna la pureza y quién carga con la culpa. Lo importante puede esperar. Total, siempre habrá otro burócrata dispuesto a atrincherarse y otro gobierno dispuesto a mirar hacia otro lado.

@aldan

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