El viernes dejó más que un relevo administrativo. Dejó una escena. Y las escenas, en política, pesan más que los boletines.
Aclaremos de entrada, no fue juicio, no fue litigio, no fue purga. Fue cese. Y, como consecuencia natural, la instrucción de desalojar oficinas. Así funciona la administración pública en cualquier democracia medianamente estructurada. El nombramiento existe mientras exista confianza. Cuando esta se retira, el ciclo concluye. Punto.
La salida de Marx Arriaga de la Dirección de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública no debería haber sido más que eso, un cambio en el organigrama. Pero la reacción convirtió el trámite en relato épico. Y ahí es donde el espejo incomoda.
El servicio público es transitorio. No es patrimonio personal ni trinchera ideológica. Los cargos no se heredan ni se defienden como feudo doctrinal. Se ejercen mientras hay designación y respaldo político. Confundir el escritorio con la causa es un error clásico del militante que llega al gobierno sin ajustar el chip.
La 4T nació como movimiento de sacudida. Su narrativa confrontativa fue eficaz en campaña, porque polarizar cohesiona. Pero gobernar es otra disciplina. La épica moviliza; la gestión estabiliza. Y cuando se mezclan sin matices, aparecen los desajustes.
Esperemos que este cambio sea un signo de que la Presidenta entendió, que el poder requiere algo más que discurso. Administrar implica reglas, procesos, controles. Diseñar y coordinar materiales educativos para millones de estudiantes no es un ejercicio simbólico. Cada ciclo escolar supone la producción y distribución de más de 150 millones de libros gratuitos en todo el país. Eso demanda logística fina, coordinación intergubernamental y disciplina técnica. No basta la convicción; se necesita operación.
Lo ocurrido el viernes dejó ver algo más profundo que un simple desacuerdo político. La reacción pública (en clave de agravio) sugiere la dificultad de separar identidad militante de función institucional. Gobernar no es prolongar la asamblea permanente en cada oficina. Es administrar equilibrios bajo normas formales.
La ciencia política tiene nombre para estos episodios. El síndrome de hybris, la sensación de misión superior que convierte cualquier límite en afrenta. El narcisismo político, todo cambio se interpreta como ataque personal. El síndrome del búnker, la incapacidad de reconocer que el poder es relacional y condicionado. Y, por supuesto, la disonancia cognitiva cuando el relato heroico choca con una realidad sencilla, el cargo terminó.
No es un fenómeno exclusivo de la izquierda. El conservadurismo extremo incurre en el mismo error, pretender que la función pública refleje intactas sus creencias privadas. El Estado no es catecismo ni manifiesto. Es estructura normativa.
Algunos celebraron la salida de Marx como triunfo simbólico. Otros la denunciaron como traición ideológica. Ambos extremos simplifican. En una democracia funcional, los relevos son parte ordinaria del ejercicio de gobierno. El dramatismo surge cuando se olvida que la legitimidad del funcionario no es ontológica, sino administrativa.
Aquí reaparece una fórmula vieja en la política mexicana, 10% capacidad, 90% lealtad. La lealtad es relevante en cualquier proyecto político. Pero cuando sustituye a la competencia técnica, la factura llega en forma de fricciones internas, errores operativos y desgaste institucional.
La 4T enfrenta su propia transición, de movimiento carismático a estructura estable. Los perfiles ideologizados sirven para encender plazas; no siempre para administrar sistemas complejos con neutralidad técnica. Y la educación pública, por su escala y sensibilidad, exige más método que consigna.
Gobernar no es renunciar a principios. Es entender límites. Es aceptar que el cargo no pertenece al ocupante. Que el escritorio no es barricada.
Porque no es lo mismo tomar la plaza que coordinar la imprenta. No es lo mismo agitar conciencias que entregar libros a tiempo.En “calo” no es lo mismo andar de borracho, que ser el cantinero.
Si el proyecto transformador aspira a trascender liderazgos fundacionales, deberá profesionalizar más y dramatizar menos. La política necesita convicción; el Estado, equilibrio.
Como advertía Max Weber, “la política es la lenta perforación de tablas duras, realizada con pasión y mesura al mismo tiempo”.
Y quizá ahí está la lección, pasión sin mesura incendia; mesura sin pasión paraliza. Gobernar exige ambas.
Y el espejo, otra vez, no acusa. Solo refleja.
Autor: Ricardo Heredia Duarte