Intersecciones en Clave de Género
La reducción de la jornada laboral a 40 horas llega al Senado con una promesa que suena casi revolucionaria en nuestro contexto: que trabajar menos sea, paradójicamente, más productivo. Pero aquí no pretendo hacer apología de la medida, sino poner el foco en una política laboral intersecta con dinámicas de género y de formas que parece que no hemos terminado de procesar como sociedad.
Comencemos por lo evidente: la narrativa dominante que opone productividad a tiempo de descanso ya estaba agotada. Las evidencias internacionales muestran que jornadas extensas erosionan tanto la calidad del trabajo como la salud mental de quienes lo realizan. La luz a lo incómodo es que esta erosión no afecta por igual. Las mujeres que trabajan en la economía formal; en su mayoría jefas de familia, cargan simultáneamente con una jornada invisible de labores domésticas y cuidado que sigue siendo mayoritariamente femenina.
Treinta minutos menos de trabajo remunerado no son treinta minutos de ocio; son treinta minutos que podrían redistribuirse hacia otras actividades —estudio, descanso, cuidado de sí mismas— que actualmente se sacrifican.
Aquí es donde la conversación se vuelve incómoda, porque tocamos un nudo: ¿una reducción de jornada genuinamente democratiza el tiempo, o simplemente crea espacio para que persistan las asimetrías existentes? Si una mujer sale una hora antes del trabajo pero llega a una casa donde la corresponsabilidad en tareas domésticas no existe, ¿en realidad ganó tiempo o solo llegó mas temprano al cambió de jornada?
El lado económico que nadie quiere nombrar
Los empresarios advierten sobre caída de productividad. Los economistas plantean inquietudes sobre competitividad internacional. Y tienen razón en advertir: la productividad no es un concepto abstracto sino un indicador que afecta salarios, empleo y crecimiento. Pero aquí está el giro: si la reducción de jornada viene acompañada de organización más eficiente, tecnología mejor utilizada y, crucialmente, de una redistribución del trabajo que no replique las jerarquías de género existentes, los números podrían comportarse de manera diferente a lo esperado.
Hay investigaciones de la OCDE mostrando que países con mayor igualdad de género en mercados laborales no necesariamente tienen menor PIB per cápita; algunos tienen mayor productividad por hora trabajada. ¿Por qué? Porque cuando el trabajo se organiza más eficientemente y cuando talento que antes se desperdiciaba en burnout o en incompatibilidad entre vida laboral y personal se libera, emergen innovaciones.
Lo que realmente está en juego
Pero evitemos la trampa del optimismo ingenuo. La economía formal en nuestro país es mayormente masculina. Las mujeres siguen concentradas en sectores de menor remuneración y con menor poder de negociación. Una reducción de jornada sin cambios estructurales en cómo se valora, se remunera y se organiza el trabajo podría profundizar estas brechas. Si la medida se aplica de manera genérica sin considerar las diferencias de posición, sectores y vulnerabilidades, las mujeres en pequeñas empresas o trabajos precarizados podrían quedar fuera —o peor, perder ingresos ya de por sí insuficientes.
Lo que sedebería de estar debatiendo en el Senado no es solo "40 horas sí o no", sino: ¿40 horas para quién, en qué condiciones, con qué garantías salariales, de descanso, de horarios extras y aun mas: con qué transformaciones complementarias en políticas de corresponsabilidad? ¿Se acompañará con inversión en educación digital que democratice oportunidades de trabajos mejor remunerados? ¿Con cambios en cómo se valora el trabajo de cuidado?¡Ja, sabemos la respuesta!
Hacia adelante
La pregunta inteligente no es si la reducción de jornada es buena o mala para la economía en abstracto. Es si será capaz de catalizar cambios más profundos en cómo entendemos el valor del tiempo, el trabajo y la vida humana. Y aquí sí, las perspectivas de género son centrales, no como un agregado ideológico, sino como una brújula que señala dónde están los verdaderos nudos de la desigualdad.
Quizás esta reforma laboral es una oportunidad para preguntarnos cosas más incómodas: ¿por qué seguimos diseñando políticas públicas como si el trabajo remunerado fuera la totalidad de la vida? ¿Y quién, históricamente, ha cargado las consecuencias de esa ficción?
El Senado debe discutir números, pero también debería de estar en la discusión el tema de los cuidados, una jornada más corta para una sociedad que sigue desigual es simplemente menos tiempo dentro del mismo sistema. Vale la pena el esfuerzo solo si lo usamos para reimaginar el sistema mismo.
La verdadera productividad no se mide solo en horas, sino en calidad de vidas que descansan, que respiransin el agobio de no alcanzar en tiempo o en dinero.