¿Lo dije o lo pensé?
¿Hasta dónde aguanta la economía mexicana si se consolida este “nuevo modelo laboral” (salario mínimo al alza, 30 días de aguinaldo y jornada de 40 horas)? Desde una mirada sindical, la brújula es clara: el trabajo tiene que alcanzar para vivir dignamente. Desde la mirada empresarial, la realidad también es contundente, si el cambio llega sin transición, el golpe pega más duro en la gran mayoría de las empresas que son las PyME, y la salida fácil suele ser la informalidad, que hoy, según el INEGI, abarca a más de la mitad de la población ocupada.
Empecemos por el salario mínimo. Desde el 1 de enero de 2026 el mínimo general es 315.04 pesos diarios (y 440.87 en la Zona Libre de la Frontera Norte). Para el sindicato, es un piso de dignidad. Para muchas empresas, sobre todo de servicios, es presión directa porque la nómina es el principal costo. El punto clave es que si el cumplimiento no es parejo, el que cumple compite contra el que evade. Se premia al tramposo y se castiga al formal.
Luego el aguinaldo. Hoy el mínimo legal es 15 días; elevarlo a 30 está sobre la mesa en distintas iniciativas. Para el trabajador, es oxígeno en diciembre. Para el patrón, es un desembolso fuerte en una fecha fija. En pocas palabras: el problema no es el “derecho”, es el flujo. Si se aprueba, lo responsable sería transitar: escalonar por tamaño de empresa o por antigüedad, y fomentar la provisión mensual (para que diciembre no llegue de golpe).
Y finalmente, la jornada de 40 horas. La reforma acaba de ser aprobada por el Senado, la cual plantea bajar de 48 a 40 de forma gradual hacia 2030, empezando el año que entra. Desde lo sindical, es un gran avance, menos horas suele significar menos desgaste y mejor vida familiar. Pero hay que tener en cuenta que, si se aplica sin rediseñar turnos y procesos, lo que baja en horas ordinarias sube en horas extra, estrés y rotación. Por eso, la negociación moderna no es solo “menos horas”, sino “cómo organizar el trabajo para producir lo mismo (o más) en menos tiempo, sin exprimir a la gente”.
Y aquí entra la parte que a veces se omite: el gobierno no puede exigir un salto de calidad laboral sin poner de su lado las condiciones para que ese salto sea sostenible. Si se quiere jornada más corta, aguinaldo más robusto y salarios que alcancen, también se necesitan incentivos que premien la formalidad, estímulos fiscales, menos trámites que hoy ahogan, financiamiento accesible, capacitación y programas de productividad. Y una inspección pareja (no una cacería selectiva)con reglas claras y aplicables para todos. Porque si el Estado solo llega con obligaciones y sanciones, el mensaje implícito es “arréglatelas como puedas”… y en nuestro país eso muchas veces termina en simulación o informalidad.
¿Aguanta México? Sí, si el cambio llega con una buena planeación, transición gradual, apoyo real para que las PyME se adapten y piso parejo para competir. En el fondo, al sindicato le conviene que existan empresas sanas y al empresariado le conviene una fuerza laboral que no viva al límite. Si entendemos ese mínimo común, el “nuevo modelo” puede ser viable y representar un verdadero avance. Si no, lo que va a crecer no es el bienestar, va a crecer la informalidad.