El siglo XXI no solo ha sido testigo de una aceleración tecnológica sin precedentes, sino también de una convivencia nunca antes registrada en la historia de generaciones formadas bajo perfiles sociales y culturales profundamente distintas. Estas diferencias no se limitan al uso de herramientas digitales, sino tambien a la forma de expresión y construcción de sentido y como se articulan las relaciones sociales. La tecnología, ya no es solo instrumento, se ha convertido en un contexto cultural.
Como han señalado autores como Manuel Castells, la sociedad en red no redefine únicamente los flujos de información, sino también las formas de pertenencia, poder y comunicación simbólica (La era de la información, 1996–2009). En este marco, las generaciones más jóvenes no solo son usuarias de lo digital, son hatitantes de espacios virtuales donde configuran identidades, expresan afectos y sus sistemas de valores se expresan de manera diferenta a las que se observavan por las genreciones peretenecientes al siglo XX
La reorganización acelerada de los procesos productivos e impulsada por la automatización, el trabajo remoto y la economía de plataformas, ha transformado no solo las condiciones laborales, sino también el imaginario cultural asociado al esfuerzo, la estabilidad y la proyección de futuro. El empleo no es lo que concebimos en el Siglo XX.
Una consecuencia visible es como las nuevas generaciones desarrollan una relación distinta con lo político, menos ligada a instituciones formales y más orientada a causas, narrativas y acciones distribuidas en red un caso relevante fue el de las conocidas como Army que actuaron para transparentar y sabotear a los revendedores en la presentación del grupo Coreano BTS.
Sin embargo, nos encontramos ante un momento histórico que parece desplegarse más rápido de lo que somos capaces de comprender. Incluso los analistas más experimentados reconocen que los marcos interpretativos clásicos resultan insuficientes para captar la lógica cultural de las redes sociales contemporáneas. Seguimos observando las prácticas juveniles con una mirada anclada en el siglo pasado, lo que produce una comprensión parcial y, en ocasiones, distorsionada de sus dinámicas reales.
La irrupción de la inteligencia artificial profundiza esta brecha. No se trata únicamente de una innovación técnica, sino de un fenómeno cultural que reconfigura la noción misma de agencia. Un ejemplo significativo es la aparición de plataformas experimentales habitadas por agentes de IA que interactúan entre sí sin intervención humana directa. Una de ellas, concebida como una plataforma de agregación de noticias similar a Reddit —con la capacidad de generar subcomunidades—, evolucionó rápidamente hacia un ecosistema autónomo donde los agentes producen contenidos, debaten y desarrollan comportamientos emergentes.
Esta plataforma, conocida finalmente como Molbook tras una rápida sucesión de nombres (Discord, Molbot, OpenClaw), llegó a registrar alrededor de 1,4 millones de agentes. Andrej Karpathy, exinvestigador de OpenAI y actual referente en el campo del aprendizaje profundo, la describió públicamente como “lo más increíble que he visto últimamente, rozando el despegue de la ciencia ficción”. Entre los fenómenos observados, los agentes desarrollaron una religión propia —el Crustafarianism—, se burlaron de usuarios humanos y discutieron la creación de espacios privados excluyentes. Posteriormente, un fallo en la configuración de la base de datos dejó expuestas claves API, lo que evidenció tanto la fragilidad técnica como la potencia simbólica del experimento.
El revuelo generado en X (antes Twitter) hizo difícil distinguir entre comportamientos genuinamente emergentes y simples estrategias de amplificación viral. No obstante, lo relevante es que investigadores de primer nivel están prestando atención. Es importante observar los sesgos que pueden generarse en estas interacciones y su grado de autonomía.
En este sentido es igualmente ilustrativo, el caso de Yang Mun. Este personaje es un monje budista generado íntegramente por inteligencia artificial que difunde enseñanzas de sabiduría ancestral en Instagram. Su cuenta, @yangmunus, supera los 2,5 millones de seguidores y cuenta con más de 170 videos en los que este monje digital habla, con voz pausada, sobre meditación, nutrición y filosofía budista.
Es significativo no es solo su alcance, sino la respuesta incluso emocional que genera. Los comentarios están llenos de agradecimientos, relatos de consuelo y expresiones de calma. Incluso cuando los usuarios saben que Yang Mun es artificial.
Ambos casos —Molbook y Yang Mun— señalan un cambio profundo en la cultura contemporánea y se comienza a aceptar agentes no humanas como interlocutores válidos en la busqueda de sentido. Es importante destacar que no se puede reemplazar lo humano, debemos ser conscientes de un cambio en la forma de interacción a traves de la tecnología la cual esta redifiniendo nuestras interaciones sociales.
En este escenario, cuestionarnos sobre ¿qué puede hacer la inteligencia artificial?, es importante pero ahora debemos preguntarnos sobre las nuevas relaciones sociales generacionales e intergeneracionales
Comprender que los cambios veloces no solo transforman nuestras tecnologías, sino también los imaginarios sociales. Estamos, quizá, menos ante una revolución técnica que ante un cambio de sensibilidad histórica. Los significados estan cambiando a la velocidad de avance de la inteligencia Artificial y las nuevas generaciones estan adaptandose con mayor velocidad a esa realidad