La 4T frente al espejo: cuando el adversario empieza en casa

Desde el Segundo Piso

Toda coalición que alcanza el poder se tensa. Es natural. Lo extraño no es el conflicto; lo significativo es hacia dónde apunta. En la llamada Cuarta Transformación, la energía que antes se dirigía contra un adversario externo hoy parece concentrarse hacia adentro. Y cuando eso ocurre, la política deja de ser contienda y se convierte en introspección obligada.

El libro “Ni venganza ni perdón” ofrece una pista clave, describe un poder profundamente centralizado, donde la cercanía con el liderazgo definía ascensos, caídas y márgenes de maniobra. En ese ecosistema, los intermediarios robustos incomodan; el protagonismo autónomo se sospecha; la lealtad opera como moneda política. No es una desviación, es la lógica de un liderazgo carismático que se consolidó como movimiento antes que como coalición institucional.

El problema aparece cuando esa lógica, eficaz para cohesionar una campaña, se traslada intacta al ejercicio del Estado.

Hoy Morena parece discutir más consigo misma que con la oposición. El desencuentro entre Layda Sansores y Ricardo Monreal no es un episodio anecdótico. Expuso dos formas de entender el poder bajo las mismas siglas, la confrontación abierta como método político frente al pragmatismo negociador. No es un pleito personal; es una disputa de estilos y de incentivos dentro de una estructura que aún no termina de institucionalizar sus reglas.

Algo similar ocurrió en el choque entre Julio Scherer Ibarra y Jesús Ramírez Cuevas. Más que un intercambio de versiones, es una pugna por el relato. En regímenes con narrativa presidencial fuerte, controlar la interpretación de los hechos equivale casi a controlar el poder mismo. La batalla no es por un libro; es por la memoria oficial de un proyecto político.

En otra arista, las críticas de Marx Arriaga hacia Mario Delgado revelan una tensión estructural. ¿Morena debe ser un instrumento electoral flexible o un vehículo ideológico con doctrina definida? Movimiento social, partido electoral, partido-gobierno y maquinaria sucesoria. Cada etapa redefine prioridades y produce fricciones.

En el plano territorial, la competencia entre Adán Augusto López Hernández y Cruz Pérez Cuéllar ilustra otra dimensión del fenómeno; el poder regional empieza a adquirir autonomía relativa. Cuando el centro pierde capacidad absoluta de arbitraje, los estados se convierten en laboratorios de liderazgo propio. Lo que antes se resolvía por verticalidad ahora se disputa por posicionamiento.

Este patrón no es aislado. Se replica en entidades donde grupos compiten por candidaturas, operadores se descalifican entre sí y gobernadores construyen agendas con sello personal. Es el tránsito inevitable de un movimiento cohesionador a una fuerza dominante obligada a distribuir cuotas de poder.

A esto se suma la variable sucesoria. En sistemas personalistas, la figura central unifica. La inminencia delos relevos en 2027 tensara y fragmentara. La disciplina descansa en expectativas; cuando las expectativas se diversifican, la cohesión se erosiona. La 4T enfrenta el dilema clásico de todo proyecto hegemónico, cómo mantener unidad sin depender exclusivamente del carisma fundador.

Paradójicamente, la oposición formal es débil. Y cuando el adversario externo pierde peso, la competencia se traslada al interior. Los incentivos cambian, el riesgo ya no proviene de fuera, sino del compañero de bancada, del gobernador vecino, del aspirante mejor posicionado.

¿Es esto una implosión inminente? No necesariamente. Las coaliciones amplias sobreviven cuando institucionalizan su competencia interna. El viejo sistema priista lo hizo durante décadas mediante reglas no escritas; el PAN intentó hacerlo con mecanismos formales. Morena está en esa fase de aprendizaje, pasar de movimiento a estructura.

El síntoma, sin embargo, es evidente. Cuando los conflictos dejan de procesarse en privado y se ventilan en plaza pública, el proyecto deja de parecer bloque compacto y comienza a parecer un archipiélago. Cada actor defiende su parcela de legitimidad. Cada grupo construye su narrativa preventiva.

La cuestión de fondo no es si hay disputas ( siempre las hay ), sino si existe un árbitro institucional capaz de ordenarlas sin recurrir exclusivamente a la autoridad personal. Si la 4T logra ese tránsito, consolidará su predominio político más allá del ciclo carismático. Si no, las fracturas serán cada vez más visibles.

En política, los proyectos no se agotan por la crítica externa; se desgastan cuando la energía interna se consume en definirse a sí mismos.

Y conviene recordar aquella advertenciade Reyes Heroles: “En política, la forma es fondo.”

Cuando la forma de procesar el conflicto es pública, desordenada y personalista, el fondo termina revelando algo más profundo, que el espejo ya no sólo refleja tensiones, sino límites estructurales.

Y hoy, el espejo guinda no sólo está activo. Está implacable.

Autor: Ricardo Heredia Duarte

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