Entre pachangas, omisiones y cadáveres estadísticos

Desde el Lunar Azul

En Aguascalientes hay dos gobiernos funcionando al mismo tiempo. Uno vive de fiesta: corta listones, sonríe para la foto, presume récords y se felicita a sí mismo. El otro —el real— deja gente esperando, apaga servicios y administra el abandono con lenguaje burocrático. El primero tiene presupuesto, reflectores y discursos. El segundo se llama salud mental y hoy está, literalmente, fuera de servicio.

Mientras el Ejecutivo estatal encadena feria tras feria y festival tras festival, el Centro de Salud Mental “Agua Clara” baja la cortina. No por falta de pacientes, no por baja demanda, no por ineficiencia médica. Baja la cortina porque no hay dinero para pagarle a psicólogos y psiquiatras. Así, sin rodeos. En el estado que presume estabilidad y orden, la atención psicológica pública se volvió opcional, como si la depresión pudiera esperar y el suicidio aceptara prórrogas administrativas.

La escena es obscena. Si tienes dinero, el sistema funciona: consulta privada, terapia semanal, contención emocional con factura. Si no, te toca resistir, aguantar o quebrarte en silencio. Porque en salud mental suspender tratamientos no es un trámite: es empujar personas al precipicio. Pero no pasa nada, porque la salud mental no luce, no vende, no suma puntos en encuestas y, sobre todo, arruina la fantasía del estado feliz.

Aceptar que Aguascalientes está entre los primeros lugares nacionales en suicidio implicaría reconocer un fracaso estructural. Mucho mejor hablar de derramas económicas, cifras infladas y lo bien que “se siente” el estado… desde el templete. Total, las estadísticas no gritan, no protestan y no interrumpen discursos.

Y en medio de este desastre silencioso, aparecen los 27 diputados del Congreso del Estado de Aguascalientes… o mejor dicho, no aparecen. Porque para exigir una reasignación presupuestal urgente, llamar a comparecer a funcionarios de salud o siquiera pedir un informe público por el colapso parcial de “Agua Clara”, no han tenido tiempo. El Congreso está muy ocupado siendo decoración institucional.

Aquí no hay oposición, no hay mayoría, no hay minoría: hay una unanimidad de silencio. Y el silencio legislativo también mata, solo que más despacio.

Resulta ofensivo —y políticamente imperdonable— que nadie en las comisiones de salud, nadie en la Junta de Coordinación Política y nadie en la Mesa Directiva diga estar enterado de que el principal centro de atención mental de la capital opera en mínimos. Más ofensivo aún que nadie pregunte cómo se están usando los recursos del Instituto de Salud del Estado. Porque cuando no hay dinero para pagar especialistas, la pregunta no es técnica: es política. ¿En qué se está gastando y quién decidió que esto no era prioridad?

Una auditoría a proveedores, contratos y programas del sector salud no sería una cacería: sería una obligación ética. Pero claro, las auditorías no cortan listón, no tienen banda musical y no producen fotografías sonrientes. Y aquí, sin foto, no hay voluntad.

La verdad incómoda es esta: no hay presupuesto para salud mental porque no hay interés político. Lo urgente se posterga, lo invisible se ignora y lo incómodo se esconde detrás del escenario. Así, la política del espectáculo aplasta a la política pública, y la propaganda sustituye a la responsabilidad.

Y para quien todavía crea que esto es exageración, ahí van los números, esos que no mienten ni festejan: Aguascalientes registra una tasa de suicidio cercana a 14.3 por cada 100 mil habitantes, más del doble de la media nacional. Entre 2015 y 2024, las muertes por suicidio crecieron 43%, con especial impacto en jóvenes de 15 a 24 años. Jóvenes a los que se les dedica discurso, pero no presupuesto.

Así que no, no es drama. Es matemática política: menos psicólogos, más crisis; menos presupuesto, más muertes evitables; más festejos oficiales, más abandono institucional.

Las cifras están ahí, frías, duras y sin música de fondo. La única pregunta es si alguien en el poder va a dejar la pachanga antes de que estas estadísticas sigan acumulando nombres.

Aquí dejo esta roca.

No es metáfora: pesa.

Empújela usted.

Yo vuelvo. Como siempre.

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