Opinión
Ayer, en un acto cargado de simbolismo histórico, la presidenta Claudia Sheinbaum realizó el tradicional recorrido de la Marcha de la Lealtad. La imagen fue solemne, marcial, institucional. Pero más allá de la estampa —que la prensa suele privilegiar— hubo un mensaje que pasó casi desapercibido y que, paradójicamente, es quizá el más importante en el momento político que vivimos.
El secretario de la Defensa Nacional habló de unidad.
No fue un discurso grandilocuente ni diseñado para viralizarse. No hubo frases incendiarias ni consignas fáciles. Hubo, más bien, una apelación sobria y directa: la unidad del país como condición indispensable para enfrentar las adversidades que puedan venir; la cohesión nacional como un bien que no puede darse por sentado; la lealtad no solo a las instituciones, sino al pueblo mismo.
En un país acostumbrado a leer la política como confrontación permanente, ese mensaje resulta incómodo. Tal vez por eso pasó de largo.
Vivimos tiempos en los que la atención pública parece responder más al espectáculo que a la sustancia. Mientras un llamado a la unidad nacional se pronunciaba desde una de las instituciones clave del Estado mexicano, buena parte de la conversación mediática y digital se desplazaba hacia la cobertura de un fenómeno musical, hacia el eco de BadBunny, hacia el entretenimiento inmediato que, sin desmerecer su lugar cultural, no puede ni debe sustituir la discusión sobre el rumbo colectivo.
No se trata de oponer cultura y política, ni de moralizar el gusto popular. Se trata de reconocer una asimetría peligrosa: cuando los mensajes que buscan sostener el tejido social quedan eclipsados por el ruido, algo se debilita en la conversación pública.
Que un titular de la Secretaría de la Defensa Nacional hable de unidad no es un gesto menor. Históricamente, las Fuerzas Armadas han sido convocadas en momentos de crisis, fractura o amenaza externa. Que desde ahí se subraye la necesidad de cohesión interna es una señal de lectura fina del momento histórico: el mundo atraviesa tensiones geopolíticas, económicas y sociales profundas, y México no es una isla.
La unidad, conviene recordarlo, no es uniformidad ni silencio forzado. No implica negar las diferencias ni cancelar la crítica. La unidad auténtica es la capacidad de sostener un proyecto común aun en medio del disenso; es reconocer que hay líneas que no conviene romper porque al hacerlo se resiente todo el cuerpo social.
Tal vez por eso este mensaje incomodó a la lógica del rating. La unidad no genera aplausos inmediatos. No divide, no polariza, no produce clics fáciles. Pero sí construye algo más lento y frágil: confianza.
Hoy más que nunca necesitamos recuperar la capacidad de escuchar lo que no grita. De prestar atención a los mensajes que no vienen envueltos en espectáculo. De comprender que, ante lo que pueda venir —presiones externas, tensiones internas, incertidumbre global—, la unidad no es un eslogan: es una responsabilidad compartida.
Ignorar ese llamado puede ser cómodo. Atenderlo, en cambio, exige madurez política y social. Y quizá ahí radica su mayor desafío.