De marchas, menudos y lealtades

Desde el Lunar Azul

Pues nada, queridos lectores: martes de plaza. Pero no de jitomate ni de barbacoa, sino de plaza pública. Ayer, en el siempre quieto y últimamente muy coreografiado, pueblo de las aguas cachondas, lo más comentado no fue el clima ni el bache nuevo, sino la Marcha de la Lealtad.

Para no perder la brújula histórica: aquella marcha rememora el 9 de febrero de 1913, cuando cadetes del Heroico Colegio Militar escoltaron a Francisco I. Madero del Castillo de Chapultepec a Palacio Nacional. Un gesto de fidelidad institucional que marcó el inicio de la Decena Trágica y terminó, como sabemos, en traición con uniforme. Cada año se recuerda para refrendar que las Fuerzas Armadas son leales a las instituciones, no a los humores del poder.

Hasta ahí, todo bien. El problema es cuando la liturgia se confunde con mitin.

Porque en Aguascalientes la cosa fue… distinta. La convocatoria fue tan extraordinaria que aquello parecía desfile del Primero de Mayo, pero sin sindicatos incómodos. Más acarreados (perdón, invitados), que soldados. Uno se preguntaba si el acto era de memoria histórica o de autoestima gubernamental. La razón, dicen, sólo la sabe la gobernadora y su círculo de incienso premium: ¿por qué tanta necesidad de ser “acuerpada”?

La nota, sin embargo, se la llevó el vocero , el señor de los moños, que decidió ponerse profético y acusar, sin decir nombres (clásico), a traidores infiltrados en el gabinete. Que pronto caerán las máscaras, advirtió. Como si en esa corte de cortesanos que juran amor eterno a cada gobernador en turno no hubiéramos visto ya el mismo teatro… con distinto vestuario.

Y entonces queda flotando la pregunta incómoda, casi obligada: ¿quién será el Victoriano Huerta al que alude el vocero? No el de bronce ni el de los libros de texto, sino el de carne y hueso, el que no traiciona por ideología sino por oportunidad; el que no conspira en cantinas, sino en oficinas con aire acondicionado; el que jura lealtad por la mañana y mide encuestas por la noche. Porque la Decena Trágica no fue solo un episodio militar: fue una suma de rencores personales, ambiciones mal contenidas y miedos privados. Nadie se vuelve Huerta de golpe; se llega ahí paso a paso, convencido de que la traición es prudencia y de que la historia siempre la escriben otros. La duda no es si hay un Huerta en escena, sino cuántos ya se están probando el uniforme frente al espejo.

Y aquí va la anécdota, que en política explica más que mil discursos.

Cuenta un viejo líder que tenía un colaborador leal, leal, de esos que prometen menudo todos los domingos para curar la cruda del poder. Cumplía puntual. Hasta que el líder pidió licencia para irse de candidato. Pasó el primer domingo sin cargo, dieron las doce… y nada de menudo. Llamó molesto al leal, quien respondió, sin rubor:

—Yo cumplí. Llevé el menudo temprano.

—¿A dónde? —preguntó el exlíder.

—A la casa del nuevo líder.

Así funcionan las lealtades de nómina: no son traición, son logística.

Por eso sorprende que aquí se rasguen las vestiduras hablando de desleales, cuando lo que ya se cocina y se olfatea, son los nuevos menudos y los inciensos necesarios para asegurar otros seis años de fidelidad… de esa que se deposita puntualmente en Banorte.

Dice el dicho, con brutal honestidad, que el único amor sincero y puro es el pagado. Y la política local lo confirma cada quincena. Por eso, en tiempos de “recoger varas”, convendría revisar cómo trataron a los que no aplaudían al paso de la reina y su séquito. La rueda del poder gira lento, pero gira. Y a los mareados por la altura, casi siempre les cobra con intereses.

Así que, antes de subirse de nuevo a la rueda de la fortuna del poder, no estaría mal tomarse un Dramamine. La caída duele menos.

Hasta aquí dejamos los comentarios.

Aquí dejo esta roca.

Empújela usted.

Yo vuelvo. Como siempre.

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