Elevar el nivel

Bajo presión

No puedes permitir que nadie te limpie los zapatos. Jamás. El gesto del presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Hugo Aguilar Ortíz, ante el lustrado de calzado por parte de sus empleados es un gesto que no se puede dejar pasar porque evidencia que, sin importar el partido, el servicio público es considerado como un vehículo para ejercer el privilegio antes que una vía para servir a la gente.

Durante una semana, no más, estaremos hablando de los mensajes ocultos de la participación de Bad Bunny en el espectáculo del medio tiempo del Super Bowl. Los medios competirán por demostrar quién es capaz de encontrar mayor significado en las señales, que si los arreglos latinos a una canción de Lady Gaga o la contribución de Ricky Martin enseñando que el destino de Puerto Rico no debe ser el mismo de Hawaii.

“Discutimos”, sí, entre comillas, para formar parte de la opinión mainstream, lo que importa es si estamos de acuerdo con la participación del puertorriqueño, con su mensaje, nada tiene que ver el gusto musical, lo relevante es la pertenencia, estar del lado correcto de la historia. Decir que no me importa el mensaje de Bad Bunny está mal visto. No le creo, no le entiendo. Sobre todo, me parece una gran distracción.

Durante unos días estaremos hablando acerca de lo grandioso que fue el espectáculo de Bad Bunny. Para posicionarnos. Para decir “yo sí entendí”, “sí vi las claves”, “estoy del lado correcto”. No se trata de música ni de política, se trata de pertenencia. De no quedarse fuera de la conversación que legitima. De exhibir sensibilidad social como quien presume un pin en la solapa. Mientras tanto, lo verdaderamente incómodo, el ejercicio cotidiano del poder como privilegio, vuelve a pasar de largo.

Porque lo del lustrado de zapatos no es una anécdota menor ni un error de protocolo. Es una postal perfecta del país que somos: servidores públicos que aceptan, con naturalidad pasmosa, que otros se arrodillen frente a ellos. No importa si el acto es cultural, tradicional o malinterpretado. El símbolo es brutal y claro: hay quien manda y hay quien sirve, incluso dentro del servicio público. Lo demás son maromas retóricas para justificar lo injustificable.

Elevar el nivel no es encontrar mensajes cifrados en un show televisivo ni disputar en redes sociales quién leyó mejor el contexto geopolítico del medio tiempo. Elevar el nivel es incomodar al poder cuando se exhibe tal como es. Es no distraerse con fuegos artificiales mientras la escena principal ocurre a plena luz del día. Es entender que la indignación selectiva también es una forma de complicidad.

Nos resulta más cómodo discutir a Bad Bunny que preguntarnos por qué normalizamos que un ministro permita que le limpien los zapatos. Lo primero nos integra, lo segundo nos confronta. En tiempos donde todo empuja a tomar postura sin consecuencias, el verdadero acto contracorriente sigue siendo el mismo: mirar donde nadie quiere mirar y decir, sin adornos, que así no se eleva nada. Ni el nivel, ni el debate, ni el país.

¿De qué estamos hablando, de quién estamos hablando? ¿En dónde está nuestra atención?

Elevar el nivel exige desarmar estas postales: cuestionar no solo al ministro, sino a la cultura que las aplaude. Exigir que el servicio público sea eso, servicio, no pedestal. Porque si seguimos eligiendo distracciones transnacionales sobre incordios locales, el privilegio seguirá lustrándose solo, y nosotros, comentando el brillo ajeno. ¿Listos para mirar de frente, o preferimos otro show?

El giro necesario no ocurre frente a la pantalla del televisor ni en el hilo de una red social. Ocurre cuando somos capaces de reconocer que el privilegio no es un derecho de nacimiento ni una recompensa por el cargo obtenido. Elevar el nivel implica dejar de ser espectadores de un espectáculo diseñado para entretenernos, mientras la dignidad se desgasta en los gestos más cotidianos y serviles.

Si preferimos analizar la semiótica de un concierto antes que cuestionar la verticalidad de nuestras propias instituciones, estamos eligiendo el ruido sobre la sustancia. El compromiso con un cambio real, especialmente en el ejercicio del poder y la masculinidad, nos obliga a rechazar cualquier pedestal que necesite de alguien arrodillado para sostenerse. Al final del día, la pregunta persiste y nos interpela directamente: ¿seguiremos aplaudiendo el brillo de una superficie pulida con la humillación ajena, o tendremos el coraje de exigir una altura que no dependa del sometimiento de los demás?

Coda.  Elevar el nivel no es afinar la interpretación del espectáculo, es negarse a aplaudirlo. El poder que acepta que alguien se arrodille no merece respeto, merece vigilancia. Una sociedad que prefiere discutir símbolos importados antes que humillaciones domésticas no está distraída: está entrenada. Mientras seguimos celebrando el brillo, el privilegio se sigue puliendo solo. Con nosotros mirando hacia otro lado.

@aldan

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