Bad Bunny vs Trump
Hoy domingo 8 de febrero se juega el superbowl numero 60, entre los Patriotas de Nueva Inglaterra y los Halcones Marinos de Seattle, menciono el nombre de los equipos porque al parecer, a muy pocos de los que veran el juego, les importara lo que suceda en los cuatro cuartos en el emparrilaldo.Lo importante y lo que ha robado el evento, es el show del medio tiempo. Ahí es donde se juega el poder real.
Hace algunos años, por ahí de 2018, mi hija ( adolescente entonces) me pidió que la llevara a un concierto de un cantante apenas emergente apodado el Conejo Malo. Confieso que reaccioné como reaccionamos muchos adultos ( chavorrucos) funcionales, con desconcierto. Las letras eran ininteligibles, la estética incomprensible y el fenómeno parecía pasajero. Benito, el de “Puelto Lico”, balbuceaba cosas que no entendía… o no quería entender.
Pero pasaron los años. De aquella Arena Monterrey a sus presentaciones recientes en Ciudad de México, el público cambió, ahora los conciertos multitudinarios están llenos de chavorrucos, profesionistas treintañeros y mujeres que ya no rondan precisamente los quince. Lo que no cambió fue la magnitud del fenómeno. Solo en México, sus giras han generado estimaciones superiores a los 3,200 millones de pesos, con más de medio millón de asistentes, impacto turístico, ocupación hotelera y derrama económica real. No es moda, es industria cultural en estado puro.
Y ahí es donde entra la NFL, ese monstruo corporativo que entiende algo que en México seguimos fingiendo no ver, el entretenimiento también es geopolítica. El show de medio tiempo no se programa por gusto musical ni por corrección ideológica. Se decide con hojas de Excel. La liga, de la mano de Apple Music y Roc Nation, utiliza el halftime como una herramienta estratégica de expansión global. Negocios son negocios, aunque eso incomode al dueño de Mar-a-Lago, hoy residente simbólico del 1600 de la Avenida Pennsylvania.
Los datos lo explican sin romanticismos, los latinos son el segmento de aficionados de más rápido crecimiento para la NFL. El consumo del Super Bowl en audiencias hispanas crece a doble dígito, las transmisiones en español se disparan y América Latina es el siguiente mercado natural. México, Brasil y el Cono Sur concentran millones de espectadores potenciales que no crecieron con el fútbol americano, pero sí con la cultura pop global. Bad Bunny ( nos guste o no ) es el anzuelo perfecto.
La liga apunta a consolidar ingresos anuales superiores a los 23 mil millones de dólares, con más juegos internacionales, presencia sostenida fuera de Estados Unidos y un Super Bowl entendido como espectáculo planetario, no solo deportivo. En ese tablero, Benito no es un gesto político, es una jugada agresiva de globalización cultural, incluso a costa del enojo conservador.
Y claro que eso incomoda a Trump. No por razones artísticas, sino simbólicas. Porque un ex empleado de supermercado en Puerto Rico puede hoy competir en influencia cultural con el hombre que presume el ejército más poderoso del planeta. Porque la música, aunque nos parezca ruidosa, mueve masas, identidades y aspiraciones. Incluso en China, ese gran laboratorio de control, Bad Bunny lidera listas y acumula clubes de fans. Soft power en su máxima expresión.
¿En qué momento México desapareció de ese mapa? ¿Cuándo renunciamos a proyectar cultura, deporte y talento como política de Estado? Aquí el deporte de alto rendimiento y la promoción cultural duermen en un cajón, mientras normalizamos ligas mediocres y una industria creativa abandonada al algoritmo.
Hoy nuestros jóvenes crecen entre corridos tumbados, ligas chafas, obesidad infantil y aspiraciones de influencer exprés. No por culpa suya, sino por la ausencia de un proyecto serio que entienda que cultura y deporte no son adornos, son instrumentos de poder.
Cierro esta reflexión dominguera esperando que el juego valga la pena y que el show, molesto para los viejos, hipnótico para los chavos, deje algo más que memes y tuits reciclados. Porque, aunque nos incomode aceptarlo, a veces una canción pegajosa explica mejor el mundo que mil discursos solemnes. Si no, que le pregunten a Movimiento Ciudadano, que con Yuawi entendieron hace años que en la política moderna no gana quien grita más fuerte, sino quien logra quedarse tarareando en la cabeza de la gente.