Medios y democracia IV: medios, democracia, y educación: ¿Una trilogía posible?


El Teorema de Imposibilidad de Arrow es una demostración matemática de que incluso compuesta exclusivamente de individuos totalmente racionales, ninguna sociedad puede comportarse de una manera totalmente racional. No es raro considerar a este teorema como una prueba de que la democracia perfecta es, bueno, imposible. No sorpresivamente, cuando relajamos el supuesto de racionalidad individual, las cosas se complican todavía más. En particular, la democratización de la información puede debilitar a la democracia misma. Este es el cuarto y último artículo de una serie sobre este riesgo, si bien inevitable, controlable.

En el artículo anterior dijimos que los medios pueden convertir a la república, entendida ésta como el conjunto de todos los asuntos públicos, en presa fácil de las emociones colectivas, siendo la razón tres hechos. Primero, los medios deben gustar. Dos, gustando, los medios pasaron de ser contrapoder a poder: la angustia de los políticos por la opinión pública terminó transfiriendo gobierno del político al locutor de televisión y radio y, más recientemente, a los influencers de las redes sociales. Tercero, siempre y para todo, lo corriente es más popular que lo excelente. ¿Siempre y para todo?, ¿Es acaso el progreso general en la educación universal menos hecho? Aquí nos quedamos en el artículo anterior.

Tal vez es más preciso decir que siempre y para todo, lo corriente es un buen oponente de lo excelente. Hoy sabemos que pecamos de sobre-optimismo al creer que sólo era cuestión de tiempo para que los gustos populares fueran refinados por la educación universal: la vulgaridad resultó más resistente de lo que originalmente habíamos creído. De hecho, en 2000 en su El Manual del Ciudadano Contemporáneo, la escritora mexicana de origen sirio Ikram Antaki alertó que la educación misma parecía estar volviéndose otra víctima de nuestros instintos primitivos.

Tradicionalmente, decía Antaki (falleció en el mismo 2000, a los 52), la escuela había sido una institución donde los maestros liberaban a los estudiantes, por medio del conocimiento y la disciplina, de la ignorancia y los problemas de conducta impuestos por su medio familiar: los estudiantes debían adaptarse a un mundo escolar exigente y rígido. Hoy, los estudiantes, introduciendo su vida afectiva, su ropa, y sus teléfonos celulares, se han vuelto amos del espacio escolar. Peor aún, los estudiantes suelen ser apoyados por sus familias en este comportamiento desordenado: antes los estudiantes problemáticos venían de familias problemáticas, hoy parecen venir de todas las familias. Como resultado, “autoridad” se ha convertido en una palabra obscena.

Otros dos problemas son una asincronía creciente entre el mundo y la escuela, y una redefinición del rol social de la escuela. Por un lado, la idea de la escuela como un espacio para cultivar la paciencia y la contemplación es cada vez menos compatible con la creciente inmediatez que parecen demandar las cada vez más rápidas comunicaciones por el Internet. Intimamente relacionadas con esta asincronía están las crecientes demandas sobre las escuelas de preparar a los estudiantes para oficios, a costa de la transmisión de conocimientos generales, la enseñanza de valores morales, y el moldeo del carácter.

Por último, pero no menos importante, hoy acusamos a los exámenes de “mecanismos de discriminación”, negando así el principio evolutivo fundamental propuesto por Darwin de la selección natural. Un riesgo es la formación de ciudadanos frágiles y desarmados para un mundo que no suele caracterizarse por ser misericordioso. Antaki decía que el deber más importante del maestro debía ser enseñar al estudiante a “equivocarse menos sobre el mundo”.

Empezamos esta serie de cuatro artículos sobre medios y democracia motivados por la alerta de la fundación Nobel, al entregar a la opositora venezolana María Corina Machado el Nobel de la Paz 2025 en diciembre de ese año, de que la propaganda y la desinformación son armas favoritas de líderes autoritarios como Nicolás Maduro, y de la consecuente necesidad de ejercer un juicio crítico al momento de difundir información por el creciente número de medios de comunicación posible gracias al Internet.

Nuestro objetivo no ha sido combatir esta democratización de la información de ninguna manera. No, nuestro único objetivo ha sido ayudarnos a prepararnos mejor para dicho ejercicio en pro de la democracia. Ciertamente Arrow ya nos demostró que la democracia perfecta es imposible, pero también es claro que existen unas democracias menos imperfectas que otras, y la fundación Nobel nos recordó el año pasado que una democratización de calidad de la información es un arma efectiva contra las armas preferidas de los líderes autoritarios de la propaganda y la desinformación.

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