En tiempos de polarización extrema, cualquier gesto público corre el riesgo de ser leído como una declaración de guerra simbólica. Todo se interpreta, todo se sospecha, todo se clasifica. En ese contexto, hablar de ayuda humanitaria parece sencillo… hasta que deja de serlo.
La reciente postura de la presidenta Claudia Sheinbaum en relación con el envío de ayuda humanitaria a Cuba ha despertado reacciones previsibles: adhesiones inmediatas y rechazos automáticos. Para unos, se trata de un acto de solidaridad entre pueblos; para otros, de una señal política cargada de ideología. Quizá el problema no esté en el gesto, sino en la dificultad contemporánea para pensar sin consignas.
Conviene detenernos un momento y hacer una distinción que parece obvia, pero que hoy se ha vuelto incómoda: ayudar a un pueblo no equivale a legitimar a un gobierno. La confusión deliberada entre ambos planos empobrece el debate y, peor aún, termina deshumanizando a quienes sufren carencias reales. El hambre, la falta de medicamentos o la precariedad energética no votan, no gobiernan y no sostienen discursos; simplemente duelen.
La ayuda humanitaria, cuando es genuina, nace de una ética básica: la del cuidado. Esa ética no pregunta primero por afinidades ideológicas, sino por necesidades urgentes. No exige certificados de pureza política al que recibe, ni calcula beneficios simbólicos antes de tender la mano. Es una ética incómoda porque no ofrece respuestas simples y porque obliga a sostener tensiones: ayudar sin avalar, acompañar sin justificar, estar presentes sin apropiarse del dolor ajeno.
Por supuesto, el riesgo existe. En escenarios geopolíticos complejos, la ayuda puede ser utilizada como propaganda, reinterpretada como alineamiento o convertida en moneda simbólica. Negar ese riesgo sería ingenuo. Pero convertir ese riesgo en excusa para la indiferencia también lo es. Entre la instrumentalización y la omisión hay un espacio intermedio que exige madurez política y claridad moral.
Ese espacio se construye con condiciones: transparencia en los apoyos, delimitación clara de su carácter humanitario, vigilancia sobre su destino y una narrativa pública que no confunda solidaridad con adhesión ideológica. No es una tarea sencilla, pero es una tarea ética. Y las tareas éticas rara vez son cómodas.
Tal vez el verdadero dilema no sea Cuba, ni México, ni los nombres propios que hoy ocupan los titulares. Tal vez la pregunta de fondo sea otra: ¿qué hacemos como sociedad cuando el sufrimiento del otro nos incomoda porque no encaja en nuestras filias y fobias? ¿Negamos la ayuda para no ser malinterpretados? ¿O asumimos el costo de ser cuestionados por actuar desde una ética del cuidado?
En un mundo donde todo se grita y poco se piensa, sostener una postura que distinga entre lo humanitario y lo ideológico es, paradójicamente, un acto contracultural. Implica aceptar la complejidad, resistirse al linchamiento digital y recordar que la política, cuando pierde de vista a las personas concretas, deja de ser herramienta de organización y se convierte en pura escenografía.
Quizá no se trate de estar “a favor” o “en contra”, sino de recuperar una pregunta más antigua y humana: ¿qué tipo de sociedad queremos ser cuando alguien necesita ayuda y nosotros podemos ofrecerla?