Hace unos días tuve la oportunidad de participar en una tanda de ejercicios espirituales con sacerdotes de mi diócesis. Éramos poco más de 70 sacerdotes que nos dimos cita en la Casa Sacerdotal para vivir esta experiencia anual que se prolonga por 5 días.
Independientemente de la temática de los ejercicios espirituales, de estas experiencias siempre me ha llamado la atención la oportunidad que representan para que como sacerdotes oremos juntos a Dios, a ese Dios que nos llama y que a pesar de que en muchas ocasiones nos toca “soportar el peso del día y del calor”, en Él comprobamos que nuestra vida y ministerio cobra sentido y juventud.
Los rostros de quienes participábamos en esta tanta eran muy conocidos. Me había tocado coincidir en el seminario casi con la mayoría. Resulta interesante, al menos para mí, que después de los años de ministerio y todo lo que esto conlleva: experiencias, alegrías, frustraciones, proyectos, caídas y levantadas, al final de todo no somos más que un puñado de personas que seguimos buscando al Señor sabiendo que únicamente en El podemos encontrar el auténtico sentido de lo que somos y hacemos.
Escribo esto porque tal vez en ocasiones ignoramos que los sacerdotes también tenemos mucha necesidad de reencontrarnos con el Dios que nos llamó a seguirle y abrazar esta forma de vida. Tal vez sea por eso por lo que la Iglesia nos pide que al menos los presbíteros realicemos una tanda anual de ejercicios.
Las personas no buscan al sacerdote por la cantidad de títulos que pueda tener, o por los cargos que ostenta en una diócesis. Cuando una persona busca al sacerdote para que unja a su enfermo no le dice “padre, vine a buscarlo a usted que tiene este cargo en la diócesis para vaya a ungir a mi familiar” No. Las personas buscan al sacerdote porque saben que a través de él Dios consolará y actuará de una manera especial.
Es decir, los sacerdotes debemos especializarnos en ser buscadores de Dios, su presencia nos inquieta a buscarlo desde lo que somos y tenemos. El mayor riesgo que enfrenta un sacerdote hoy es convertirse en un mero "gestor de lo sagrado". Es posible administrar los sacramentos, organizar la caridad y predicar con elocuencia, pero hacerlo desde un vacío interior. Sin la búsqueda diaria del rostro de Dios, el ministerio corre el riesgo de transformarse en una profesión más, en una serie de ritos mecánicos que, aunque válidos, pierden su poder de transfiguración.
Estamos en febrero, mes del seminario, estoy seguro de que este es un tiempo favorable para pedir a Dios para que los sacerdotes volvamos a lo central de nuestra vocación al tiempo que le pedimos al Señor que suscite muchas vocaciones para nuestra Iglesia local.
No te buscaría si Tú no me hubieses encontrado, no te encontraría si Tú no
me hubieses buscado. San Agustín