La polarización social: el nuevo estatus quo

¿Lo dije o lo pensé?

El divisionismo ya cansa. Y no solo en México, también se está volviendo una forma común de entender el mundo a nivel internacional. Todo parece reducido a dos bandos que se miran con desconfianza y se tratan como si fueran enemigos inevitables. Izquierda contra derecha, progres contra conservadores, fifís contra chairos, partidismo, feminismo radical, orientaciones sexuales, identidades, razas, nacionalismos, brecha generacional, etc. La lista cambia según el tema, pero el mecanismo es el mismo: simplificar la realidad, etiquetar a las personas y convertir cualquier desacuerdo en una batalla moral.

El problema no es que existan diferencias. Las diferencias son normales y, bien llevadas, enriquecen. El problema es cuando esas diferencias se usan para dividir y para bloquear cualquier posibilidad de diálogo. En vez de discutir ideas, se discuten lealtades. En vez de pedir argumentos, se exige que alguien “se defina”. En vez de escuchar, se asume lo peor del otro. Y entonces lo que era un debate se vuelve una competencia por ver quién tiene la postura “correcta” y quién merece ser descalificado.

En medio de todo esto conviene recordar para qué existe la política. En su mejor sentido, la política no es una guerra permanente ni un concurso de pureza ideológica. Es el mecanismo civilizado para organizar la convivencia entre grupos distintos, con intereses legítimos, pero a veces contrapuestos, y transformar conflictos en acuerdos practicables. Su razón de ser es unir lo heterogéneo mediante reglas claras, negociación, representación y soluciones públicas que no dejen fuera a la mitad del país. Cuando se usa para dividir a propósito (para ganar elecciones, para consolidar poder o para fabricar enemigos útiles) la política se degrada: deja de resolver y se vuelve combustible del resentimiento, del miedo y del pleito interminable.

Esto se nota mucho en redes sociales, donde todo se empuja hacia lo extremo. Los mensajes que más circulan suelen ser los más duros, los que provocan enojo, los que ridiculizan al otro. Y poco a poco se vuelve normal hablar como si el país estuviera hecho de dos grupos homogéneos que piensan igual y actúan igual. Pero la vida real no funciona así. La mayoría de las personas tiene posturas mezcladas, preocupaciones prácticas y opiniones que cambian según la experiencia. Hay quienes apoyan políticas sociales y, al mismo tiempo, exigen transparencia. Hay quienes defienden causas de igualdad, pero también cuestionan excesos o estrategias. Hay quienes no se sienten representados por ningún “bando” y aun así quieren un país más justo y seguro. Esa complejidad desaparece cuando solo se aceptan etiquetas.

Además, el divisionismo es útil para muchos. Para la política, porque moviliza, simplifica y distrae. Para ciertos medios, porque el conflicto vende. Para las redes, porque la indignación genera clics, alimenta el algoritmo. Y para cualquiera que quiera evitar una discusión seria: basta con reducir al otro a un estereotipo y ya no hace falta responderle.

Nada de esto significa ignorar problemas reales. Existe discriminación, existe violencia, existe desigualdad, y hay temas que requieren claridad y firmeza. Pero una cosa es defender principios y otra es convertir a quien piensa distinto en alguien indigno de ser escuchado. Cuando se deshumaniza al otro, se pierde la posibilidad de construir soluciones compartidas, y se alimenta un clima social donde todo se vuelve confrontación.

Hace falta recuperar algo básico: discutir sin destruir. Distinguir entre criticar una idea y atacar a una persona. Reconocer que se puede coincidir en unas cosas y diferir en otras. Admitir que nadie tiene el monopolio de la verdad y que la realidad, casi siempre, es más compleja que un par de etiquetas.

México tiene desafíos demasiado serios como para seguir atrapado en esa lógica de “nosotros contra ellos” en todo. No se trata de pensar igual, sino de volver a hablar con respeto, con evidencia y con apertura mental. Esa es una condición mínima para convivir y, sobre todo, para avanzar.

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