Bajo presión
Estas líneas están condenadas al olvido. Lo sé desde el momento en que las escribo, y no importa. Ese siempre ha sido el destino de los comentarios públicos sobre el poder. En especial desde el arribo al poder de la Cuarta Transformación, que forja su narrativa a partir del victimismo.
La captura del presidente municipal de Tequila, Diego Rivera; extorsionador comprobado. El limpiado del calzado del presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación por parte de sus empleados y la justificación de Hugo Aguilar Ortiz. La confesión de haber filtrado el examen por parte del comisionado Salvador Vázquez Caudillo en el proceso de selección del Comité de Participación Ciudadana del Sistema Estatal Anticorrupción de Aguascalientes.
El alcalde de Tequila, Jalisco, es un delincuente, usó el poder para extorsionar a quien pudo, sus manifestaciones fueron públicas, lo llamaban Varguitas (La Ley de Herodes) por ejercer, desde la presidencia municipal, prácticas completamente contrarias al Estado de Derecho, desde la extorsión abierta hasta conductas delincuenciales.
El presidente de la Corte, Hugo Aguilar Ortiz, permite que unos empleados le limpien los zapatos, impávido deja que sus lisonjeros aliñen su imagen, justo antes de que inicie su discurso en mixteco en la celebración de la Constitución de 1917.
En Aguascalientes, Marcela López Serna confiesa que Salvador Vázquez Caudillo distribuyó el examen para la elección del Comité de Participación Ciudadana del Sistema Estatal Anticorrupción de Aguascalientes.
No es un inventario caprichoso ni una suma de anécdotas sueltas. Es un patrón. La repetición ya no escandaliza porque ha sido normalizada. El abuso se presenta como desliz, la corrupción como error administrativo, la humillación pública como gesto cultural, y la trampa como viveza. Todo cabe en el relato mientras sirva para reforzar la idea central: el poder siempre está bajo ataque y, por lo tanto, siempre está justificado.
Lo inquietante no es que ocurran estos hechos, sino la forma en que se explican, y se perdonan, desde el propio poder y sus corifeos. El alcalde extorsionador no es un delincuente, es una víctima de una campaña. El presidente de la Corte no se deja servir como virrey, es un hombre austero rodeado de usos y costumbres. El funcionario que filtra un examen no corrompe un proceso ciudadano, sólo comete una “imprudencia” que no amerita consecuencias.
La Cuarta Transformación no inventó la corrupción, perfeccionó la coartada moral. Todo se relativiza en nombre de una causa superior. La ética se vuelve flexible, la ley negociable, la dignidad prescindible.
Estas son las consecuencias del discurso victimista de los voceros del oficialismo, de relativizar todo, como hace Arturo Ávila al lloriquear porque le dicen en redes el “cero votos”, esa es la narrativa con que se justifican, con la que pretenden seguir engañando a la gente al tirarse al suelo, y funciona para todo, eso creen.
Lo importante no es lo que se hace, sino quién lo hace y desde qué trinchera simbólica. Si el abuso viene de los nuestros, se explica. Si viene del otro lado, se condena con furia inquisitorial.
La humillación deja de ser un problema y se convierte en escenografía. Que a un presidente de la Suprema Corte le limpien los zapatos frente a cámaras no despierta alarma institucional, sino aplausos identitarios. La imagen importa más que el mensaje: un ritual de subordinación presentado como reivindicación cultural. El poder, una vez más, disfrazado de virtud.
Mientras tanto, los sistemas anticorrupción se vacían desde dentro con la misma naturalidad con la que se filtra un examen. No hay sanción, no hay consecuencias, no hay prisa. El escándalo dura lo que dura el ciclo de noticias. Después, el olvido. Ese olvido al que, desde la primera línea, estas palabras ya estaban condenadas.
No va a pasar nada.
En esta arquitectura del cinismo, la impunidad no es una falla del sistema, es su cimiento más sólido. El poder no se ejerce, sólo se exhibe como un trofeo de caza sobre la mesa de la decencia pública. Cuando el funcionario filtra el examen, cuando el alcalde extorsiona, o cuando el magistrado se deja pulir el calzado como un monarca, no solo están rompiendo reglas; están redefiniendo lo que significa ser un hombre en la esfera pública: un sujeto cuya voluntad está por encima de la institución.
Ese es el verdadero triunfo de la narrativa actual. Han logrado que la indignación sea vista como un rasgo de elitismo. Si te molesta el abuso, es porque no comprendes el “momento histórico”. Si señalas la trampa, eres un obstáculo para la transformación. Bajo esta lógica, la integridad se convierte en una carga y la complicidad en moneda de cambio. La ética ha sido sustituida por la lealtad ciega, y la responsabilidad individual se ha disuelto en el fervor de la masa.
Lo que queda es un paisaje de instituciones huecas y ciudadanos fatigados. El olvido que mencioné al principio es, en realidad, un mecanismo de defensa; dejamos de recordar para que el dolor de la decepción no sea permanente.
Nos acostumbramos a que el poder sea este espectáculo de sombras donde la justicia es una palabra que se usa para nombrar a la venganza o al privilegio. Escribo esto sabiendo que mañana habrá un nuevo escándalo, una nueva humillación, un nuevo examen filtrado, y que volveremos a discutir los matices de lo indefendible. El poder seguirá ahí, intacto, siempre a salvo, mientras nosotros seguimos contando los pedazos de lo que alguna vez llamamos democracia.
En esta arquitectura del cinismo, la impunidad no es una falla del sistema: es su cimiento. El poder ya no se ejerce, se exhibe. Se coloca sobre la mesa como un trofeo arrancado a la decencia pública.
Diego Rivera será sometido a proceso y olvidado. ese es su destino. Alguien tomará su lugar y ya, eso será todo. Sin consecuencias.
Cuando un funcionario filtra un exámen, cuando un alcalde extorsiona o cuando un presidente de la Corte se deja limpiar los zapatos como un monarca tropical, no sólo rompen reglas: marcan territorio. Afirman que están por encima de las instituciones y que nada los alcanza.
Ese es el verdadero triunfo de la narrativa dominante. Han conseguido que la indignación parezca un gesto elitista, casi antipatriótico. Si te incomoda el abuso, es porque “no entiendes el momento histórico”. Si señalas la trampa, estorbas. Bajo esta lógica, la integridad es un lastre y la complicidad una credencial de pertenencia. La ética se vuelve sospechosa; la lealtad, incuestionable.
Lo que queda es un paisaje de instituciones huecas y ciudadanos exhaustos. El olvido del que hablé al inicio no es un accidente: es un mecanismo de supervivencia. Olvidamos para no vivir permanentemente decepcionados. Sabemos que mañana habrá otro escándalo, otra justificación, otro silencio administrado. Y nada pasará. El poder seguirá intacto, blindado por su propio relato, mientras nosotros aprendemos, otra vez, a normalizar lo intolerable.
En este régimen moral, no se gobierna para transformar: se gobierna para que nada tenga consecuencias.
Coda. Comparto este texto en grupos en los que Salvador Vázquez Caudillo participa. No dirá nada, ninguna explicación. Silencio. Cobardía. Herramientas utilizadas para ver cómo acomodarse después. Alguien lo contratará como asesor, porque para eso trabaja, para mantener el privilegio. Ojo, con la complacencia de sus pares.
@aldan