México en rabia, cuando la desconfianza se volvió forma de vida

Desde el Segundo Piso

Reja, candado y celular   México vive en rabia. No como arranque ocasional, sino como estado permanente. Basta abrir el celular para confirmarlo, enojo, sarcasmo, descalificación, bandos. La disputa por el poder, más electoral que democrática, se nos metió en las venas y terminó alojándose en la psique colectiva. No llegó sola. Vino empujada por el algoritmo, por la hipercomunicación y por ese pequeño rectángulo luminoso que llevamos en la mano y que, sin darnos cuenta, nos fue robando algo más que tiempo, la capacidad de pensar con calma. El smartphone no informa, crea impulsos. No fomenta el diálogo, estimula la reacción. Si piensas como yo, te celebro; si discrepas, te ataco. Así se fabrican tribus, no ciudadanos. Y mientras nos peleamos entre nosotros, alguien olvidó o decidió olvidar, algo esencial, la educación. No solo la escolar, sino la educación como bien social, como cultura mínima de convivencia. Saludar, escuchar, respetar reglas básicas, entender que el espacio público es de todos. Invertir en educación crítica y de calidad es la apuesta más inteligente que puede hacer un país que quiera progresar. Pero también es la menos conveniente para el poder. Un ciudadano formado pregunta, exige, compara. Y eso no es negocio electoral. Mucho más rentable es el votante agradecido por una beca, una despensa o un programa clientelar financiado con los impuestos de todos y administrado luego como favor personal.   ¿En qué momento aceptamos eso? ¿Por qué somos tan combativos en redes y tan dóciles frente al poder? ¿Por qué permitimos que nos enfrenten como si el país fuera una pelea moral entre buenos y malos, sin pedagogía, sin proyecto común?   Para entenderlo hay que nombrar algo que casi no se menciona en la conversación pública, la confianza. O mejor dicho, su ausencia. En ciencias sociales a esto se le llama capital social, pero en la vida diaria se traduce en algo más simple, creer que el otro no te quiere chingar por default. Cuando esa confianza existe, las reglas se cumplen sin tanta vigilancia; cuando se rompe, todo se vuelve sospechoso. Fukuyama lo explicó hace años con claridad, las sociedades de baja confianza gastan más energía en protegerse entre sí que en producir o cooperar. Dicho en mexa, cuando no confiamos, ponemos rejas, candados, guardias, abogados y trámites. Y eso cuesta. Mucho. La desconfianza se vuelve un impuesto invisible que pagamos todos. En México, desconfiar no es paranoia, es un proceso de aprendizaje. Se aprende en la escuela donde la autoridad vigila pero no explica; donde el reglamento castiga y a veces forma. Se aprende cuando las calificaciones, las plazas o los ascensos no se ganan por mérito, sino por ser cercano o favorito. Ahí el mensaje queda claro desde temprano, las reglas no son iguales para todos. También se aprende en el gobierno que promete y no cumple, en la política que divide para ganar y en la impunidad que nunca llega a una sentencia. El economista Olivier Blanchard ha insistido en que la confianza institucional no es un asunto moral, sino económico, cuando el ciudadano no cree en el Estado, el contrato social se rompe y la cooperación desaparece. Nadie quiere pagar impuestos, nadie quiere cumplir si siente que del otro lado hay abuso. Y como si todo esto no fuera suficiente, hemos permitido que nos gobiernen desde la narrativa influencers y mercenarios digitales, muchos de ellos pagados para amplificar el enojo, simplificar la realidad y mantenernos distraídos. La economía del coraje es algo muy rentable, mientras más furiosos estemos, menos pensamos; mientras menos pensamos, más manipulables somos. La violencia digital no es un accidente, es un modelo de negocio. México no enfrenta solo una crisis política o económica. Enfrenta una crisis más profunda y trascendente dejamos de creer en el otro. Reconstruir esa confianza no se logra con discursos ni con likes, sino con educación que forme criterio, carácter y sentido de justicia. Todo lo demás, la polarización, el grito, el insulto, es solo administrar la rabia. Y de eso, ya estamos sobrados.   Autor: Ricardo Heredia Duarte      
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