Sin educación digital, la IA ética es solo un discurso elegante

Opinión

Hablar de Inteligencia Artificial ética sin transformar la educación es como hablar de justicia sin enseñar a leer. Suena bien, tranquiliza conciencias y llena discursos oficiales, pero no cambia la realidad. La ética tecnológica no puede sostenerse sobre un sistema educativo que sigue formando para un mundo que ya no existe.

La presentación de los Principios de Chapultepec reconoce un hecho ineludible: la Inteligencia Artificial ya forma parte de la vida pública. Decide qué vemos en nuestras pantallas, a quién se contrata, cómo se evalúa el desempeño, qué contenidos se priorizan y qué datos se consideran relevantes. El problema no es su existencia, sino la escasa preparación social para comprenderla, cuestionarla y, llegado el caso, resistirla.

Durante años se confundió educación digital con aprender a usar dispositivos. Se enseñó a consumir tecnología, no a entenderla. Hoy pagamos ese error. Cuando una persona no sabe cómo funciona un algoritmo, pierde capacidad de defensa frente a él. Y eso, en términos democráticos, es grave. La ignorancia tecnológica no es neutral: coloca a millones de personas en una posición de vulnerabilidad frente a sistemas que toman decisiones sobre sus vidas.

Uno de los Principios de Chapultepec afirma que, si una decisión no puede explicarse, no debe automatizarse. Esta idea debería estar en el centro del sistema educativo. Sin embargo, seguimos formando estudiantes para obedecer instrucciones, no para interrogar sistemas. Se privilegia la repetición sobre el pensamiento crítico, justo cuando la tecnología exige análisis, comprensión y cuestionamiento constante.

La brecha digital ya no es solo de acceso, sino de comprensión. No basta con tener conexión a internet o un dispositivo; es necesario entender qué ocurre detrás de la pantalla. Quien no comprende la lógica de la Inteligencia Artificial queda excluido de las decisiones que afectan su vida cotidiana. Y esa exclusión no siempre es visible: opera en silencio, con apariencia de eficiencia, objetividad y neutralidad.

Si México quiere tomarse en serio estos principios, debe asumir una verdad incómoda: no hay IA responsable sin una reforma profunda de la educación. Esto implica actualizar contenidos, capacitar docentes, incorporar pensamiento computacional y ético, y abandonar la romantización de modelos pedagógicos que ya no dialogan con la realidad contemporánea.

La Inteligencia Artificial no es el futuro, es el presente. Y un presente que no se enseña, se impone. Los Principios de Chapultepec abren una conversación necesaria, pero sin educación crítica corren el riesgo de convertirse en una declaración elegante, citada en foros y documentos oficiales, pero irrelevante en la vida cotidiana de las personas.

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