Es verdaderamente fácil reconocer los rasgos de la hipocresía dentro de los actores políticos. Hay representantes cuyo discurso de “estar con los más pobres” y “con la gente” simplemente no empata con su trabajo y, sobre todo, con el porqué lo hacen, que no es otro que el verdadero aspiracionismo personal.
Antes, diputados, presidentes municipales y regidores se daban una vuelta al año: no había tanta presión social al respecto. Hoy ya no es tan sencillo, pero al menos existen diversos canales de información que evidencian, cada vez con mayor claridad, la falta de ideales y de voluntad política. Ahí ya vamos mal: las posiciones de poder son perseguidas por personas que solo buscan gloria personal y una cuota mínima de respeto. Son pocos —muy pocos— en el estado de Aguascalientes quienes realmente buscan, a través de la convicción de sus ideales, generar un cambio en los distintos sectores.
La gran masa política, en cambio, se dedica únicamente a no perder su ingreso del erario, a conservar puntos de negociación y a evitar que su nombre desaparezca del ambiente político. Gracias a este ímpetu mal dirigido y peligroso para el bien común es que vemos a actores hablando “con la voz del pueblo”. Pero la representación que ostentan, el título que cargan, no proviene de un voto de confianza ni de una vocación partidista fundada en ideales compartidos. Se ganó mediante mera aritmética electoral: comprometida, vendida y comprada en cientos o miles de votos a cambio de capital.
Por eso, para quien sabe leer al Estado, resulta obsceno y grotesco ver a quien dice hablar por los de abajo y representar sus intereses cuando su trabajo no guarda ninguna relación con las necesidades de su distrito o lugar de votación. Lo que sí vemos son personajes secuestrados por la egolatría: obsesionados con aparecer en entrevistas y programas que resalten su figura, expertos en esconder errores y convertirlos en oportunidades proselitistas.
Esta clase política vive en una eterna campaña, digna de una película de Luis Estrada, y mantiene a Aguascalientes atrapado en un retraso democrático propio de los años ochenta y noventa. Faltan estadistas con visión de futuro; sobran fanfarrones que creen que repartir despensas les otorga una posición de privilegio. En realidad, solo alimentan un mercado de necesidades que les da la espalda en cuanto alguien con más dinero aparece.
La ideología y la convicción son el arma contra la praxis política, mal llamada “juego político”. Las conciencias y las ideas en torno a las utopías son lo que menos comunican hoy los partidos. Por eso, aunque intenten reciclarse, reorganizarse o cambiar de discurso, su lugar en la historia quedará donde mismo: como meros vendedores de espejos, sanguijuelas del sistema, esperando que su nombre termine en una calle de algún fraccionamiento más allá del cuarto anillo o, peor aún, gastando lo robado —y lo ganado— en Estados Unidos, persiguiendo una vida que nunca les satisface.
Pronto esta clase política, anidada en el PAN, Morena, MC o el PRI, caerá. Y no será por una oposición articulada, sino por una simple cuestión demográfica: a esos líderes les quedan pocos años de energía y su relevo no existe. Está allá afuera, disfrutando de lo que sus padres acumularon y alejándose tanto del asunto público que, cuando intenten heredar algo, su incompetencia será el clavo final en el ataúd de la casta política.
Vienen nuevas generaciones: independientes, autónomas y pensantes. Vienen por el vacío de poder, pero sobre todo viene un relevo ciudadano con pasión por la res publica. Y eso hará la diferencia en los próximos años, acabando con la hipocresía del “nosotros estamos con la gente”, porque —aunque les incomode— nosotros somos la gente.