Principios de Chapultepec: ética tardía para una tecnología que ya decide

México por fin habló de ética… cuando la Inteligencia Artificial ya está decidiendo demasiadas cosas por nosotros. Los llamados Principios de Chapultepec llegan tarde, pero llegan. Y en un país acostumbrado a reaccionar después del daño, eso ya es un acontecimiento político, cultural y simbólico que merece atención.   Durante años se nos vendió la tecnología como neutral, inevitable y siempre benéfica. Se asumió que el progreso técnico, por sí mismo, traería bienestar social. Hoy el propio Estado reconoce algo incómodo: ningún algoritmo es inocente. La Inteligencia Artificial aprende de datos humanos, reproduce desigualdades humanas y amplifica decisiones que afectan vidas reales. Fingir lo contrario ha sido una forma cómoda —y peligrosa— de evadir responsabilidad.   Uno de los principios más contundentes señala que toda decisión automatizada debe tener responsables humanos claros. Dicho sin rodeos: no podemos culpar a la máquina cuando un sistema discrimina, excluye o se equivoca. Detrás de cada algoritmo hay decisiones de diseño, criterios de programación y prioridades políticas o económicas. La tecnología no sustituye la ética; solo la pone a prueba.   El problema es que esta discusión ocurre mientras el sistema educativo sigue rezagado. Hablamos de Inteligencia Artificial responsable, pero seguimos formando estudiantes para memorizar contenidos que ya no dialogan con la realidad digital. Digitalizar la educación no es subir tareas a una plataforma ni repartir dispositivos; es enseñar a pensar críticamente, a cuestionar procesos automatizados y a comprender cómo operan los algoritmos que organizan la vida cotidiana.   Los Principios de Chapultepec hablan de derechos humanos, transparencia, diversidad y bienestar social. Sin embargo, esos valores no se sostienen por sí solos. Sin educación digital profunda, la ética tecnológica se queda en un discurso bienintencionado. Cuando una persona no entiende cómo funciona el sistema que la evalúa, la perfila o decide sobre ella, se produce una nueva forma de desigualdad: la desigualdad algorítmica. No siempre visible, pero profundamente excluyente.   Esta brecha no es solo tecnológica, es cultural y educativa. Mientras una minoría comprende, diseña y controla los sistemas inteligentes, una mayoría los padece sin posibilidad real de cuestionarlos. En ese escenario, hablar de IA ética sin reformar la educación es una contradicción difícil de sostener.   Este anuncio, por tanto, debería incomodarnos más de lo que tranquilizarnos. Porque no basta con declarar principios si no se transforman las estructuras educativas, legales y culturales que los sostienen. La Inteligencia Artificial puede ser una herramienta de desarrollo social, pero también puede convertirse en un nuevo rostro de la exclusión silenciosa, eficiente y aparentemente neutral.   México ha puesto la primera palabra. Ahora falta lo más difícil: sostenerla con educación crítica, vigilancia ciudadana y decisiones políticas coherentes. La ética no se decreta; se practica. Y la tecnología, nos guste o no, ya nos está observando.
OTRAS NOTAS