Educar es decidir qué futuro estamos dispuestos a habitar

Opinión

Hablar de educación no es hablar solo de escuelas, programas o libros de texto. Hablar de educación es hablar de tiempo, sentido y responsabilidad histórica.

Cada generación educa no solo con lo que enseña, sino con lo que decide no enseñar. Y esas omisiones, aunque silenciosas, también forman.

Cuando la UNESCO convoca a las juventudes a participar en la construcción de la educación, introduce una pregunta de fondo: ¿quién define lo que vale la pena aprender? Durante décadas, la respuesta ha venido casi exclusivamente del mundo adulto, muchas veces más preocupado por preservar relatos que por leer el presente.

Existe una tentación recurrente: confundir educación con transmisión ideológica, y formación con adoctrinamiento amable. Se idealiza el pasado, se romantiza la identidad y se sacralizan ciertos discursos, como si eso bastara para preparar a los jóvenes para un mundo complejo, incierto y altamente competitivo. Pero la nostalgia no es una pedagogía. Es, en el mejor de los casos, una emoción; en el peor, una evasión.

Educar es siempre una apuesta por el futuro. Y toda apuesta implica riesgo. Incorporar inglés obligatorio, herramientas digitales, pensamiento tecnológico y velocidad formativa no es rendirse al mercado ni traicionar valores. Es reconocer las reglas del mundo en el que ya vivimos. Negarlas no las hace desaparecer; solo deja a los más jóvenes sin defensas simbólicas ni prácticas.

Desde una mirada filosófica, la educación debería cumplir al menos tres funciones esenciales: comprender el mundo, habitarlo con dignidad y transformarlo críticamente. Cuando falla la primera —la comprensión—, las otras dos se vuelven consignas vacías. No se puede transformar lo que no se entiende, ni habitar con dignidad un mundo para el cual no se está preparado.

La resistencia al cambio educativo suele presentarse como una defensa ética, cuando muchas veces es miedo al movimiento. Miedo a revisar certezas, a aceptar que algunos modelos ya no responden al presente, a reconocer que el mundo cambió más rápido que nuestras discusiones internas. Pero una educación que se inmoviliza en nombre de la pureza termina siendo profundamente injusta.

Escuchar a las juventudes no significa entregarles el timón sin guía. Significa reconocerlas como interlocutores válidos, como sujetos históricos que ya viven las consecuencias de nuestras decisiones educativas. Ellos saben, quizás mejor que nadie, dónde la escuela dejó de acompañar.

Educar, en el fondo, es un acto de honestidad radical. Es preguntarnos si estamos formando para la vida real o para tranquilizar nuestras propias conciencias. El futuro no será amable con quienes, pudiendo preparar mejor, eligieron mirar hacia otro lado. La educación siempre deja huella. La pregunta es qué tipo de huella estamos dispuestos a asumir.

[email protected]   psicoterapeuta psicoanalista

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