El diputado y vocero Arturo Ávila compró 300 libros de Andrés Manuel López Obrador para regalarlos entre los morenistas que hay en el Congreso y uno que otro diputado de oposición. En entrevista el empresario señaló que gastó poco en los tomos porque consiguió un precio preferencial con la editorial; no a los más de 400 pesos que está en el mercado, sino a 100 pesos. Con el afán de dispersar el pensamiento del expresidente, sus ideas acerca de la Grandeza de nuestros pueblos originarios, gasta su dinero con el propósito de mantener vigente la imagen de López Obrador.
Varios pensamientos sobre este asunto. El primero: ¿por qué?. El segundo: ¿para qué?
Debo decir que ya tengo un ejemplar de Grandeza de López Obrador. No lo adquirí, la verdad es que me interesan otros autores, me lo regalaron con una etiqueta de una senadora de Morena, moño incluido. Una compra diferente, supongo, de la de Adán Augusto López, quien adquirió más de 7 mil ejemplares de ese libro con un “descuento extraordinario del 77.7 por ciento”, por ahí de 670 mil pesos; es decir, los legisladores morenistas gastan su dinero en comprar libros del líder moral para regalárselos entre ellos.
Si algo pienso de mí, y disculpen la referencia personal, es que soy un lector profesional. En múltiples ocasiones he difundido mi crítica literaria acerca de diferentes volúmenes; por esa experiencia incluso me he atrevido a impartir charlas y talleres acerca de autores mexicanos. Alguna vez organicé una charla en torno a las diez noveletas (nouvelles) que permiten reconocer la historia de México y sus autores. En ese taller puse como ejemplo Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco de la gran novela mexicana.
Sigo con la referencia personal; desde donde escribo se me reconoce más como periodista aunque mi vocación es la de escritor. Tengo varios premios nacionales, libros publicados y otros reconocimientos que me permitirían presentarme como Escritor. El problema, como muchos otros autores que escriben desde Aguascalientes, es que nadie nos promociona, no hay quien impulse a los autores locales. Por lo menos desde el ámbito político no existen mecanismos para auxiliarnos como creadores; estamos solos en este asunto.
Sigo con lo personal. Mi libro más reciente fue publicado por el Instituto Municipal Aguascalentense para la Cultura, se titula Pequeñas y fugaces memorias. Sé que muchos ejemplares fueron distribuidos gratuitamente; en casa tengo casi 100 ejemplares que no consigo mover. En el catálogo del IMAC hay autores increíbles, en verdad, excepcionales, sólo que nadie los compra para regalarlos.
De nuevo, personal: ¿qué pasaría si Arturo Ávila decidiera apoyar a los autores locales, a escritores de Aguascalientes? Con el riesgo de que me lean como víctima, en mi caso, ayudaría a pagar la colegiatura de mi hijo, con eso darme tiempo para dedicarme a la escritura en vez de dedicarme a perseguir la chuleta. A Arturo Ávila no le interesa eso; no yo, ni la promoción de autores que escriben desde Aguascalientes. Lo que le importa es quedar bien con su jefe de grupo.
Si Arturo Ávila me comprara a 100 pesos los ejemplares que tengo en casa de Pequeñas y fugaces memorias, me solucionaría el mes. Si el diputado invirtiera en el fondo del IMAC la misma cantidad que gastó en la compra de Grandeza, los autores de ese fondo podrían tener más oportunidades de acercarse con éxito al mercado literario. Un gran escritor de Aguascalientes se llama Gustavo Vázquez Lozano; su libro más reciente es sobre Victoriano Huerta, es una belleza, es grandioso, sobre todo, no es aburrido como el de López Obrador.
Lo mío, y prometo dejar de hablar de mí después de este párrafo, es la narrativa especulativa; mi territorio es la minificción. Punto. Las historias que aborda Gustavo Vázquez Lozano son impresionantes, desde el rock y los Rolling Stones hasta la historia novelada de Victoriano Huerta, pasando por el Escuadrón 201 en la Segunda Guerra Mundial. Nada de eso le interesa a Arturo Ávila; lo que él quiere es promocionar a su tlatoani y, francamente, López Obrador como autor es soporífero.
Según Arturo Ávila destinó parte de sus ahorros anuales para cubrir la compra del libro de López Obrador; no para apoyarlo económicamente, sino como una “atención para mis compañeros de un artículo que les interesa y que les servirá en su trabajo territorial”. Guau. El aburrido y sesgado análisis del expresidente en el que intenta “demostrar que los mejores principios éticos y la bondad que poseemos como pueblo y nación provienen de aquello que heredamos de las grandes civilizaciones del México prehispánico”. Lo terrible del libro es que no se sostiene, que el maquillaje con que ve el pasado no resiste otros documentos e historias. Se eliminan los análisis de destacados historiadores y arqueólogos como Michel Graulich, Eduardo Matos Moctezuma, Leonardo López Luján y Guilhem Olivier. Las múltiples investigaciones que desmitifican esa barbarie, contextualizando estas prácticas como rituales religiosos de reciprocidad, guerra y cosmovisión.
¿Quién soy yo para escribirle a Arturo Ávila? Nadie. No vivo en La Chingada, aunque esté en esa situación económica. No soy ejemplo de una cola a pisar, como tantos otros que puede usar para su campaña eterna; sí, esa que lo coloca como candidato en la Cuauhtémoc o Aguascalientes. Ups, eso termina rozando a la “izquierda”, entre comillas, a la maestra Nora Ruvalcaba y al primer damo, Fernando Alférez, así como al resto de los peones morenistas que entienden la cultura como utilería y los libros como souvenirs de lealtad. Porque de eso va el gesto de Arturo Ávila: no es promoción de la lectura, es señalamiento de pertenencia; no es circulación de ideas, es reafirmación de jerarquías. El libro no importa, importa el autor del libro como tótem político.
Hay algo profundamente revelador en esta escena: el poder que se compra libros a sí mismo para regalárselos entre sí. No hay lectores, hay militantes. No hay curiosidad intelectual, hay disciplina partidista. Eso explica por qué los tirajes institucionales en México terminan apilados en bodegas: porque nunca fueron pensados para ser leídos, sino para ser reportados.
El problema no es que Arturo Ávila compre cientos de ejemplares de Grandeza; está en su derecho de gastar su dinero como mejor le plazca. El problema es la narrativa que intenta construir: la del político lector que difunde pensamiento. Si de verdad creyera en el poder transformador de los libros, sabría que la pluralidad es condición básica del pensamiento crítico. Un lector genuino no regala un solo título: provoca conversaciones, contrapuntos, incomodidades. Regalar el mismo libro a todos no es fomentar la lectura, es promover una consigna.
Aquí es donde el asunto deja de ser anecdótico para volverse sintomático. En Aguascalientes, como en buena parte del país, la política cultural se reduce a la foto, al evento, al aplauso inmediato. No existe una estrategia sostenida para formar lectores ni para consolidar un mercado local del libro. Las instituciones publican, sí, pero no distribuyen; imprimen, pero no posicionan; celebran, pero no acompañan. El escritor local termina convertido en una curiosidad folclórica, útil para el discurso, prescindible en la práctica.
Imagino por un momento el gesto inverso: un diputado que compra libros de autores locales y los regala a estudiantes de preparatoria, a bibliotecas públicas, a clubes de lectura; que organiza encuentros entre escritores y lectores; que asume que la cultura no es ornamento sino infraestructura social. Sería, hay que decirlo, una revolución silenciosa. Pero eso no da votos inmediatos ni garantiza trending topics.
Sin rodeos: el libro de López Obrador no necesita promoción institucional ni compras de cortesía. Tiene detrás la maquinaria simbólica del poder, la nostalgia de sus simpatizantes y el aparato editorial dispuesto a capitalizar el fenómeno. Los autores de Aguascalientes sólo tienen su oficio y la terquedad de escribir contra la indiferencia.
Quizá por eso incomoda tanto esta comparación. Revela una verdad incómoda: en la escala de prioridades del poder, la creación local ocupa el último peldaño. Se aplaude al artista en el discurso, pero se le abandona en el presupuesto. Se presume la identidad cultural, pero se desatiende a quienes la construyen día con día.
No se trata de pedir caridad ni de exigir compras por compromiso. Se trata de entender que un ecosistema cultural sano requiere mediadores, promotores, lectores formados y políticas públicas que vayan más allá del boletín de prensa. El libro no es un objeto decorativo ni una herramienta de propaganda: es un espacio de libertad. La libertad, por definición, incomoda al poder, incluso al que presume ser distinto.
Vuelvo entonces a las preguntas iniciales: ¿por qué?, ¿para qué? La respuesta es más simple de lo que parece: Porque puede hacerlo. Porque el gesto suma puntos internos. Porque el libro, en este caso, es menos importante que la fotografía del momento.
Mientras tanto, en casas de Aguascalientes, en escritorios improvisados, en cafés ruidosos, hay autores que siguen escribiendo sin padrinos políticos ni compras de mayoreo. Lo hacen porque no saben hacer otra cosa, porque creen, todavía, que las palabras pueden abrir grietas en la realidad. A ellos nadie les compra cientos o miles de ejemplares, pero quizá ahí, precisamente ahí, esté la verdadera grandeza.
Coda. Los libros no sirven al poder, lo cuestionan. El poder prefiere libros dóciles, repetibles, intercambiables. En ese gesto (comprar, regalar, aplaudir) no hay amor por la lectura, hay miedo a la palabra libre. Eso, aunque se imprima por cientos, nunca será grandeza.
Ps. En serio, debo pagar la inscripción de mi hijo, ¿la única vía es la sumisión?, decirle a mi hijo que gracias a López Obrador me regalaron mil pesos para que él pudiera seguir en la secundaria. Gracias Arturo Ávila, gracias Morena, gracias nuevo modelo educativo, en secreto le seguiré enseñando a mi hijo la Visión de los Vencidos.
@aldan