La educación no puede ir a paso lento en un mundo acelerado

Opinión

Existe una brecha de la que se habla poco porque incomoda: la brecha del tiempo. No es únicamente económica ni tecnológica; es temporal. El mundo avanza con una velocidad inédita y nuestros sistemas educativos, especialmente en el nivel secundario, responden con cautela excesiva, lentitud o franca resistencia al cambio. El desfase no es menor: es estructural.

Mientras otros países integran desde edades tempranas herramientas digitales, pensamiento computacional, alfabetización tecnológica y habilidades vinculadas al trabajo del futuro, aquí seguimos debatiendo si estos contenidos “corresponden” o no a la escuela. Pero la pregunta correcta no es si corresponden, sino cuánto tiempo más podemos permitirnos no incorporarlos sin afectar de manera irreversible a las nuevas generaciones.

Las herramientas digitales ya no son opcionales. No son un complemento ni un lujo moderno. Son lenguaje, entorno y medio de participación social, económica y cultural. Excluirlas, relegarlas o tratarlas de manera superficial equivale a condenar a generaciones enteras a aprender tarde lo que el mundo exige temprano. La escuela pierde relevancia cuando llega siempre después.

Lo mismo ocurre con el inglés. No se trata de admirar modelos extranjeros ni de renunciar a la identidad cultural. Se trata de ampliar horizontes, no de cerrarlos. La identidad no se pierde por aprender otra lengua; se debilita cuando no se puede dialogar con el mundo, acceder a información actualizada o participar en redes de conocimiento global.

En muchos contextos, la educación secundaria parece más preocupada por defender narrativas que por formar capacidades reales. Se confunde pensamiento crítico con inmovilidad y compromiso social con estancamiento. Pero una educación que no evoluciona no es crítica: es obsoleta. Defender el pasado no prepara para el futuro.

Las juventudes perciben este desfase con claridad. De ahí la desafección, el desencanto y la sensación recurrente de que la escuela “no sirve para la vida real”. No es apatía generacional ni falta de interés; es un desajuste profundo entre lo que se enseña y lo que el mundo demanda.

Educar hoy exige valentía: revisar programas, actualizar enfoques, formar docentes y aceptar que el mundo cambió sin pedir permiso. La educación no puede seguir funcionando como un museo de ideas respetables pero caducas. Debe convertirse en un laboratorio vivo, capaz de responder al presente sin traicionar principios, pero sin negar la realidad.

El futuro no se construye con nostalgia. Se construye con herramientas, visión y decisión. Y la educación secundaria es, hoy, un punto de no retorno.

[email protected] psicoterapeuta psicoanalista

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