La superelección 2027 en México

¿Lo dije o lo pensé?

Parece que las elecciones intermedias en México tienen esa fama injusta de que “no importan tanto”, como si fueran el telonero antes del concierto estelar. Lo cierto es que las intermedias son el momento clave para ajustar el equilibrio de poder. No se elige presidente, pero sí se decide si el gobierno va a tener contrapesos de verdad en el Congreso o si continúa con vía libre. Y a nivel local igual, si las gubernaturas y congresos estatales se vuelven oficinas de trámite o espacios de debate.   Porque gobernar no es solo cosa del Ejecutivo. Se gobierna con presupuestos, leyes, nombramientos, fiscalización, corrigiendo abusos y logrando acuerdos. Y la mayor parte de eso pasa por la Cámara de Diputados. Como se renueva cada tres años, las intermedias redefinen cuánto poder legislativo le queda al partido en el gobierno y cuánto a la oposición. Eso cambia todo el margen para sacar reformas, cambiar reglas o repartir el dinero.   Y luego está el nivel estatal, que pesa mucho. Las gubernaturas manejan seguridad, gasto, obra pública, operación política diaria, estructuras electorales y hasta el ambiente que se respira en cada estado. Mirando hacia 2027, fuentes al interior del propio INE ya ha dicho que será una elección intermedia sin precedentes por la cantidad de cargos en juego: diputados federales, gubernaturas, congresos locales, ayuntamientos… todo al mismo tiempo.   Con una elección tan grande, la pregunta del ciudadano no debería ser solo “¿a quién le doy mi voto?”, sino “¿qué equilibrio quiero?”. Porque los contrapesos no son un ideal bonito; son algo muy necesario. Cuando el poder se concentra, las decisiones salen rápido, sí, pero también se vuelven más opacas y más difíciles de revertir. Cuando hay contrapesos, todo cuesta más trabajo y se negocia más y, al menos, obliga a explicar, a rendir cuentas, a ceder. Y en política, que te obliguen a explicar es una forma de higiene pública.   Otro aspecto importante a considerar es que en las elecciones intermedias hay menor participación de votantes. Y cuando baja la participación, gana terreno el voto duro, las estructuras organizadas, lo que ya viene “amarrado”. El abstencionismo no es neutral: casi siempre favorece al que está en el poder, porque suele tener más maquinaria territorial, más capacidad para movilizar gente y más recursos para asegurar un mínimo de votos. En otras palabras, si nos quedamos en casa, otros deciden por nosotros las reglas del juego y, por lo tanto, el futuro del país.   Y para complicar más las cosas, la próxima intermedia trae un ingrediente extra, la elección del Poder Judicial. No es un tema menor, es tocar una pieza fundamental del Estado. En teoría, elegir jueces, magistrados y ministros suena muy democrático, pero en la práctica el riesgo es muy grande, la justicia no está hecha para simples campañas de popularidad. Al meterla en la lógica electoral, la exponemos a que la capturen las estructuras políticas, a campañas opacas y a que los fallos terminen dependiendo de quién tenga más fuerza en el momento. Ya lo vimos en la primera elección judicial, con irregularidades documentadas por el mismo INE (como los “acordeones” para guiar el voto, entre otros “detalles”).   Para rematar, hay que sumarle la idea de juntar todo esto con un posible adelanto de la consulta de la revocación del mandato presidencial. En el papel suena razonable: “ahorramos recursos y evitamos montar dos elecciones separadas”. Pero en la realidad la cosa se ve distinta al meter la revocación en la misma boleta, convierte la intermedia en un referéndum sobre la figura presidencial. Enciende toda la maquinaria, polariza el debate y empuja el voto hacia lo emocional (“hay que defender al gobierno”) en lugar de lo reflexivo (“qué contrapesos necesitamos”). Varios análisis ya señalan que esa coincidencia rompería la neutralidad y le daría ventaja al oficialismo, porque su base se moviliza más cuando el mensaje es defender al movimiento.   El 6 de junio de 2027 suena lejano, pero la verdad es que ya está aquí: pregúntenle a los políticos que andan en “precampañas” eternas, algunos más descarados que otros con actos anticipados. Y por eso conviene enfatizar en la idea de que, si hoy no le damos la importancia que merece el equilibrio en el poder, mañana no nos quejemos cuando el poder nos pase por encima sin pedir permiso.  
OTRAS NOTAS