La Última Batalla (II): La Representación Proporcional o el Derecho a Existir

En estos tiempos

(Hoy, 25 de enero de 2026, continuamos este ejercicio de claridad institucional frente a la inminencia de una reforma que pretende rediseñar las reglas de nuestra convivencia política).

Tras analizar el fuero como escudo de la función legislativa, es necesario abordar el concepto más incomprendido y, por ende, más atacado de nuestro sistema electoral: los diputados de Representación Proporcional (RP), popularmente conocidos como "plurinominales". En la narrativa de la austeridad, se les presenta como una carga burocrática o una "cuota de partido". Sin embargo, para centrar el debate, debemos entender que la RP no es una concesión a las élites, sino el mecanismo técnico que garantiza que el voto de cada ciudadano tenga un peso real, incluso cuando su candidato local no resulta ganador.

Técnicamente, la Representación Proporcional es el sistema donde el porcentaje de votos obtenido por un partido político se traduce, de la manera más fiel posible, en un número equivalente de escaños. Mientras que el sistema de Mayoría Relativa (el ganador del distrito se lleva todo) privilegia la gobernabilidad territorial, la Proporcionalidad privilegia la justicia política. Su esencia es evitar la "tiranía de las mayorías", impidiendo que un partido con, por ejemplo, el 40% de la votación, se apropie del 90% del Congreso y silencie al 60% restante de la población.

La figura de la RP no es una anomalía mexicana. Nace en la Europa del siglo XIX como respuesta a la necesidad de integrar a las minorías ideológicas en la toma de decisiones. En México, su llegada fue la válvula de escape que salvó al sistema de la asfixia durante la hegemonía del siglo XX.

Desde la introducción de los "diputados de partido" en 1963, hasta la histórica reforma de Jesús Reyes Heroles en 1977, el objetivo fue claro: "lo que resiste, apoya". Se entendió que era preferible tener a la oposición debatiendo en la tribuna que radicalizándose en la clandestinidad. Así, los plurinominales permitieron que la pluralidad de un México diverso —que ya no cabía en un solo partido— tuviera un espejo en el cual reconocerse dentro de las instituciones.

No estamos ante un invento para mantener privilegios. Democracias consolidadas como la de Alemania utilizan el modelo de "Proporcionalidad Personalizada", donde se busca que la composición total del Parlamento coincida exactamente con el porcentaje de votos de lista. Países como Israel o los Países Bajos llevan la proporcionalidad al extremo, considerando a todo el país como un solo distrito para asegurar que ninguna minoría sea borrada del mapa. Estos sistemas entienden que una democracia es más estable cuando todos los sectores se sienten representados, reduciendo los incentivos para la confrontación fuera del marco legal.

En México, el sistema mixto busca un equilibrio. Los 200 diputados plurinominales compensan la distorsión que generan los 300 de mayoría. Sin ellos, el Congreso dejaría de ser un órgano de deliberación para convertirse en un apéndice del Ejecutivo, eliminando la posibilidad de coaliciones y consensos. La Representación Proporcional permite, además, el ingreso de perfiles técnicos y académicos que enriquecen el trabajo legislativo, más allá del carisma necesario para ganar una campaña de tierra.

Debatir la eliminación de los plurinominales bajo una lógica de ahorro económico es, en realidad, proponer un ahorro en pluralidad. Si el costo de la democracia es la convivencia de voces distintas, el costo del autoritarismo es el silencio de las minorías. El debate no debe ser cuántos legisladores sobran, sino cómo asegurar que el voto de quien piensa distinto siga teniendo un lugar en la mesa donde se deciden las leyes de todos. La Representación Proporcional no es una cuota; es el derecho de los ciudadanos a existir políticamente, sin importar por quién voten.

 

 

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