Educar para el mundo que ya llegó

Cada 24 de enero, la UNESCO nos recuerda que la educación no es un acto neutro ni un simple ritual administrativo: es una decisión ética sobre el tipo de sociedad que queremos construir. Educar siempre implica elegir qué saberes se privilegian, qué habilidades se desarrollan y, sobre todo, qué futuro se considera posible para las nuevas generaciones. Por eso, cuando este año el llamado fue a incorporar activamente a las juventudes en la creación de la educación, no se trató de un gesto simbólico, sino de una señal de alerta. Algo no está funcionando cuando quienes deberían ser el centro del sistema sienten que la escuela no dialoga con su realidad.

Vivimos en un mundo interconectado, digital y acelerado. Nuestros jóvenes no solo lo conocen: lo habitan, lo transitan y, en muchos casos, lo padecen. Sin embargo, una parte importante de la educación secundaria continúa anclada a contenidos ideologizados, narrativas simplificadas y libros de texto que romantizan el pasado, como si la memoria histórica pudiera sustituir a la preparación para el presente. Se habla con frecuencia de valores, pero se omiten herramientas concretas. Se invoca la identidad, pero se descuida la competencia.

Uno de los vacíos más evidentes —y más costosos— es la ausencia del inglés como eje obligatorio, serio y sistemático de formación. No como asignatura decorativa ni como privilegio reservado a ciertos sectores, sino como una lengua de acceso al conocimiento global. Hoy la ciencia, la tecnología, la investigación, la innovación y buena parte del mercado laboral internacional se producen y circulan en inglés. Negar esta realidad no protege a los estudiantes; los limita y los coloca en desventaja desde el inicio.

Persistir en esta omisión no es una postura pedagógica inocente; es una decisión política con consecuencias profundas. Cada joven que egresa sin competencias lingüísticas y digitales mínimas carga una desventaja estructural que no eligió. Se le pide competir en un mundo global con herramientas locales y, muchas veces, desactualizadas. La brecha no se crea después: se siembra en la escuela.

Escuchar a las juventudes no implica ceder autoridad ni renunciar a la formación ética; implica recuperar sentido. Ellos no piden una educación sin valores, piden una educación con realidad. Una escuela que no les hable del mundo que ya existe difícilmente podrá prepararlos para el que viene.

Educar no es conservar intacto un relato ideológico ni repetir consignas heredadas. Educar es asumir la responsabilidad de preparar para la complejidad, incluso cuando eso incomoda. El futuro no espera a que resolvamos nuestras discusiones internas. Ya llegó, y nuestros jóvenes lo saben.

[email protected]psicoterapeuta psicoanalista

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