Bajo presión
Todo el mundo estaba ahí. Esa fue la frase que más escuché tras el primer informe de Alfonso Ruvalcaba Jiménez. Con “todo el mundo” no se referían, claro, a las centenas de asistentes que llenaron el Centro de Convenciones de Aguascalientes, sino a quienes importan de verdad: los que toman decisiones, los que cuentan, los que pesan, el verdadero círculo íntimo de la gobernadora. Fue tal la concentración que, en más de un grupo de WhatsApp, alguien preguntó qué artista se presentaba en la Isla San Marcos; el tránsito era inusual. No era un concierto. Era una demostración.
Lo que ocurrió ese día fue una muestra impecable de músculo del grupo que hoy gobierna Aguascalientes.
La respuesta automática es conocida: Acción Nacional es el partido fuerte en la entidad. Los números así lo confirman. Una encuesta reciente de Cripeso detalla la fidelidad del electorado aguascalentense al panismo: casi el 50 por ciento votaría hoy por esas siglas, sin importar si el candidato se llama Leonardo Montañez, Antonio Martín del Campo o Antonio Arámbula (no se vale reírse). Todo indica que el PAN volverá a arrasar en 2027. No por deseo, sino por realidad demoscópica.
El mismo estudio arroja otro dato que suele omitirse: a más del 50 por ciento de los electores cercanos a Morena no le convence ninguna de las figuras que hoy están en boca de todos, ni Nora Ruvalcaba ni Arturo Ávila. En Aguascalientes, ante la mediocridad de los liderazgos que se han apoderado del partido oficial, Morena no apuesta a construir: apuesta a negociar.
Pero reducir el análisis a “Aguascalientes es conservador y por eso vota a la derecha” es una explicación perezosa. Es la forma más simple de forzar la realidad política a encajar en los odres viejos con los que se ha leído históricamente la política local. La fidelidad actual no es ideológica; es funcional, emocional y territorial.
El PAN de hoy ya no es aquel partido idealizado en el que cuatro hombres se repartían el pastel convencidos de que el control de los cargos garantizaba el control del poder. En ese intercambio de militancia por tribalismo olvidaron formar cuadros y se quedaron mirando el pasado. Mientras tanto, otros aprendieron a leer el presente.
Quienes hoy detentan el poder en Aguascalientes entendieron cómo se agrupan las multitudes cuando hay narrativa, territorio y recompensa. Mientras los viejos liderazgos colocaban a sus incondicionales en organigramas a cambio de lealtad, el equipo de Teresa Jiménez adaptó su discurso a prácticas corporativistas renovadas: comprendió que el manejo de la narrativa lo es todo, pero que sin presencia territorial no hay fidelidad duradera.
No se trata de corporativismo al estilo Pedro Haces, con sindicatos y organizaciones controladas por una sola cabeza que reparte beneficios. El esquema es otro: si seguimos a la líder, ganamos todos. Esa es la idea central. Una combinación eficaz de pertenencia, discurso y recompensa, con claves antiguas del régimen priista, sí, pero narradas con historias nuevas.
Con más intuición que planeación, el grupo en el poder logró conectar emocionalmente con amplios sectores, sin olvidar una regla básica de la política real: toda fidelidad debe ser recompensada. Hoy no se sigue a las siglas; se sigue a la líder. Los liderazgos sociales ya no se mueven para beneficio personal, sino en función del colectivo que responde a esa figura central. Atrás quedó la figura de la Doñita que organizaba a la colonia para recibir cobijas, como en los tiempos de Fernando Alférez. El esquema es más sofisticado y, por eso mismo, más eficaz. Morena dejó de ser alternativa y se volvió actor parasitario del poder local.
Por eso resulta risible la osadía de quienes aseguran que Antonio Martín del Campo “ya merece” la candidatura a gobernador, como si se tratara de un turno automático o de una deuda política. Más aún, la amenaza velada de que podría irse del PAN si no le cumplen revela una incomprensión absoluta del momento político: hoy nadie es más grande que la estructura que reparte fidelidades.
La noción de “derecho de antigüedad” está muerta. Quien siga creyendo en turnos automáticos no ha entendido el nuevo orden.
No es casual que los aspirantes a la presidencia municipal de Aguascalientes que ya entendieron el juego se deslinden del tema de la candidatura a gobernador. Ese tablero se mueve en otra lógica. Aquí, lo local manda.
Esa es una de la condiciones que tendrá que observar el PAN nacional, el mismo que permite que la diputada Pérez-Jaén Zermeño afirme que Mónica Becerra obtuvo el mayor número de inasistencia en la actual legislatura o que la acuse por presuntas declaraciones falsas y violencia de género. El PAN nacional y Antonio Martín del Campo tendrán que valorar, más allá de los dichos acerca de si la gobernadora no coloca candidato, las diferencias territoriales, la idiosincrasia de la gente buena.
El próximo 26 de enero, Antonio Martín del Campo rendirá su informe como senador. Muchos esperan que ese sea su momento para mostrar músculo: el respaldo del CEN del PAN, la presencia de Jorge Romero, la alfombra roja hacia una eventual aspiración. Pero después de lo visto, la vara está alta.
Alfonso “Poncho” Ruvalcaba, diputado suplente que hace menos de un año asumió el cargo tras la salida de Quique Galo, ya mostró de qué está hecho el músculo real. Y con ello dejó un mensaje claro para todos los suspirantes a suceder a Teresa Jiménez: en Aguascalientes, el poder ya no se hereda ni se reclama; se demuestra.
Lo que hoy se observa en Aguascalientes no es una anomalía ni una excepción regional: es un laboratorio de poder. Un modelo que privilegia la eficacia sobre la deliberación, la lealtad sobre la militancia y la demostración pública sobre la negociación en lo oscuro. Funciona, sí. Produce resultados, también. Pero su fortaleza descansa en una lógica clara: mientras el músculo responda, el proyecto se sostiene; cuando deje de hacerlo, no habrá discurso que lo salve.
Coda. La política en Aguascalientes ha dejado de ser una partida de ajedrez entre gente buena que apela a la herencia; ahora es una coreografía de fuerza donde sólo el territorio valida el mando. Quien no lo entienda así, seguirá esperando un turno que ya no existe, pues en este nuevo orden, el músculo no se presume en el pasado; se ejercita en el presente.
@aldan