Clave 360°
Durante décadas, la humanidad se comportó como un mal administrador: gastó sin medir, extrajo sin reponer y confió en que la naturaleza siempre cubriría el déficit. Hoy, esa ilusión se rompe. Un reciente informe de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH) lanza una advertencia histórica: el planeta ha entrado en una era de bancarrota hídrica global. No es una metáfora poética ni una exageración climática. Es una descripción técnica, respaldada por datos, de un colapso silencioso que ya está en marcha.
La bancarrota hídrica significa algo más grave que la escasez. Significa que los sistemas naturales que almacenan y regulan el agua dulce —acuíferos, ríos, glaciares y humedales— están perdiendo su capacidad de recuperación. Como en una quiebra financiera, no se trata solo de un mal mes: el capital base ha sido erosionado.
Un déficit global que ya no es reversible
Las cifras revelan la magnitud del problema. Hoy, cerca de 4 000 millones de personas —más de la mitad de la población mundial— experimentan escasez severa de agua al menos un mes al año. Además, el 75 % de la población global vive en regiones clasificadas como hídricamente inseguras, una proporción sin precedentes en la historia moderna.
El informe de Naciones Unidas advierte que muchos de los sistemas hídricos que sostienen a la humanidad ya no podrán volver a sus niveles históricos. Los glaciares del mundo han perdido más del 30 % de su volumen desde la década de 1970, reduciendo drásticamente la capacidad de los ríos para mantener caudales estables en temporadas secas. Los humedales, que funcionan como verdaderas “esponjas naturales”, han disminuido en más del 85 % desde la era preindustrial, eliminando una de las principales defensas naturales contra sequías e inundaciones.
En paralelo, los acuíferos —la mayor reserva de agua dulce accesible del planeta— se están agotando a un ritmo alarmante. En muchas regiones agrícolas clave, el bombeo supera la recarga natural por factores de tres, cinco o incluso diez veces. El resultado es un déficit estructural que ya no depende únicamente del clima.
Una crisis estructural del modelo de desarrollo actual
La bancarrota hídrica no es un accidente natural; es una consecuencia directa del modelo económico y productivo dominante.
La agricultura consume aproximadamente el 70 % de toda el agua dulce extraída en el mundo, y en numerosos países gran parte de ese consumo se realiza con tecnologías de riego ineficientes. Al mismo tiempo, más de 170 millones de hectáreas agrícolas están hoy bajo estrés hídrico extremo, comprometiendo la seguridad alimentaria global.
Las ciudades tampoco están exentas. El crecimiento urbano desordenado ha llevado a una sobreexplotación crónica de acuíferos. En Ciudad de México, por ejemplo, el terreno se hunde entre 10 y 30 centímetros por año en algunas zonas, una señal física de que el agua subterránea —el soporte invisible de la ciudad— está desapareciendo.
A esto se suma el cambio climático, que intensifica las sequías, altera los patrones de lluvia y reduce la acumulación de nieve y hielo. El sistema hidrológico global, que durante miles de años fue relativamente estable, se ha vuelto impredecible. Sin embargo, el consumo humano sigue operando bajo supuestos de abundancia que ya no existen.
El costo económico y social de la quiebra
La degradación de los sistemas hídricos no es solo un problema ambiental: tiene un costo económico superior a los 300 000 millones de dólares anuales, derivados de la pérdida de productividad agrícola, daños a ecosistemas y mayores gastos en infraestructura y salud.
Pero el impacto más profundo es social. Cuando el agua falta, aumentan los precios de los alimentos, se profundiza la pobreza y se debilitan las instituciones. La escasez hídrica actúa como multiplicador de riesgos, acelerando migraciones forzadas, tensiones regionales y conflictos locales. No porque el agua sea la única causa, sino porque su ausencia vuelve inviables todas las demás soluciones.
El error de seguir tratando el agua como una emergencia
Uno de los mensajes centrales del informe de la ONU es claro: la era de las soluciones temporales ha terminado. Las pipas, los trasvases de emergencia y las restricciones ocasionales no resuelven una bancarrota estructural. Son parches sobre una fractura profunda.
La respuesta exige un cambio de paradigma. Proteger y restaurar acuíferos, ríos y humedales debe entenderse como una inversión estratégica, no como un gasto ambiental. Modernizar la agricultura para producir más con menos agua es una condición de supervivencia. Replantear el diseño hídrico de las ciudades —captación, reutilización y eficiencia— es una urgencia, no una aspiración futura.
El agua como límite civilizatorio
A lo largo de la historia, las civilizaciones no colapsaron por falta de tecnología, sino por agotar los recursos que las sostenían. El agua es hoy el límite más claro de nuestra era. Sin ella, no hay energía, alimentos, economía ni estabilidad social.
No hay ambigüedad posible: o el agua se gestiona como un recurso finito y estratégico, o el sistema colapsa. La bancarrota hídrica no permite correcciones graduales ni rescates posteriores; una vez agotado el capital hídrico, las consecuencias son irreversibles y las paga toda la sociedad.