Bajo presión
En las siguientes líneas usted va a encontrar la respuesta a una de las preguntas que hoy recorren los pasillos del poder en Aguascalientes: ¿quién será el candidato de Acción Nacional a la gubernatura y, como señalan no pocos indicadores, el próximo gobernador del estado? ¿Antonio Martín del Campo o Leonardo Montañez? ¿El senador que insiste en ser o el presidente municipal capitalino que dicen es el delfín de la gobernadora Teresa Jiménez?
Antes permítame una precisión necesaria. El proceso electoral 2026–2027, en términos formales, inicia a principios de septiembre. En términos reales, esa fecha es ya irrelevante. Lo que tenía que ponerse en marcha, lo hizo desde hace tiempo y acelera en estos días. Hoy da igual cuántos respaldos logre Toño Martín del Campo en la presentación de su próximo informe o si Leo Montañez consigue ayudar a la gobernadora a contener o matizar las salpicaduras derivadas de la detención del empresario regiomontano Eugenio Javier “N”, propietario de Next Energy. Nada de eso es decisivo en este momento.
Estamos, para decirlo con una metáfora gastada pero todavía útil, en el tercer acto de una obra llamada Sucesión. El planteamiento ocurrió a la par del ascenso de Teresa Jiménez al poder: apenas asumió el cargo comenzaron las especulaciones sobre quién habría de sucederla. El nudo se tensó a cuando Claudia Sheinbaum cumplió un año como presidenta y desde los escritorios de Morena se ofrendó a la titular del Ejecutivo federal una promesa ambiciosa: ganar todos los cargos de elección pública en 2027, incluso en entidades donde el oficialismo obtuvo sus peores resultados. Sí, incluso en el llamado Lunar Azul. A lo que hay que agregar la nulidad que son los candidatos de Morena para presentarse como opción en Aguascalientes.
El desenlace, sin embargo, no puede esperar a los tiempos oficiales. Tiene que adelantarse. No por mandato legal, sino por exigencia narrativa. Así funcionan los nuevos tiempos.
La construcción de las narrativas ha cambiado de manera radical, y la política no es ajena, más bien es rehén de ese cambio. Basta escuchar lo que Matt Damon ha confesado sobre la forma actual de escribir guiones en Hollywood. Las películas de acción, dice, solían tener tres grandes momentos. Hoy necesita uno muy grande en los primeros cinco minutos para evitar que el espectador abandone la ventana, porque está con un ojo al gato y otro al celular. Incluso se recomienda reiterar la trama varias veces en los diálogos, porque la gente está checando sus notificaciones, mensajeando o consumiendo otros contenidos mientras “ve” la película.
Esto es casi lo opuesto a lo que establece la Poética de Aristóteles: un primer acto para presentar personajes y conflicto; un segundo para desarrollar la lucha contra los obstáculos; un tercero para resolver la trama y cerrar el arco, sea con victoria o tragedia. Pero las audiencias cambiaron y con ellas la forma de contar.
En esos términos, esta columna debería haber empezado de otra manera. Con una encuesta, quizá con un sondeo apresurado, anunciando que uno de los dos aspirantes lleva ventaja clara. Debería haber explotado ese primer golpe de atención para, más adelante, revelar una verdad que muchos ya sospechan. Así se escribe hoy para no ser ignorado.
La manera más efectiva de decirle si es Toño o Leo no sería presentar los hechos, los famosos pelos de la burra en la mano, sino fabricar la expectativa adecuada, detonar pequeñas bombas narrativas para mantenerlo aquí, no por la elegancia de un desarrollo aristotélico sino por la reiteración del sobresalto.
Eso que hoy llamamos “los medios”, con los tradicionales devorados por la mediocridad digital, se ha rendido a esa lógica: la de los oráculos que anuncian destinos inevitables, aunque en el fondo no sepan más que usted o que yo.
Si se modifica la forma de escribir películas sin que importe la calidad de la historia y se reitere para mantener la atención de la audiencia (¿se imagina a Orson Wells rompiendo la cuarta pared para informarnos de qué va Citizen Kane?) ya es deplorable, el efecto en el terreno informativo es todavía más grave, genera desinformación, infodemia, no importan los hechos, no importa informar, sólo mantener la atención de la distraída audiencia.
En ese pantano de ruido se revuelcan los medios, alimentando un círculo vicioso que todos conocemos pero fingimos ignorar: aspirantes comprando espacios o influencers para mostrarse simpáticos, buenos, valientes, con sonrisas ensayadas y discursos vacíos que prometen el paraíso sin profundidad ni una idea detrás. Camaleones, copian el infoentretenimiento para diluir la verdad en ecos de egos pagados, un estruendo inmediato que administra la ansiedad sin resolver nada.
Y ahora sí, lo prometido es deuda. ¿Martín del Campo o Montañez?
La respuesta sencilla sería: debería ser quien usted quiera. Pero esa no es la respuesta real. Tampoco la dan las encuestas ni los ejercicios de futurología política. Incluso la realpolitik, si somos honestos, se queda corta. Nadie lo sabe aún. Y eso es lo verdaderamente importante.
Porque la candidatura no se está jugando, todavía, en los términos en que se nos quiere vender. No se define en el aplausómetro, ni en el tamaño de los espectaculares, ni en la cercanía escenificada con la gobernadora. Se definirá cuando el guion, ese que hoy se escribe a golpes de atención, decida que es momento de pasar al siguiente acto.
Coda. Antes de morir, Hamlet dice: “Lo demás es silencio”. Puede hacerlo porque alguien contará la historia cuando él ya no esté. Hoy, en cambio, el silencio es inadmisible. Hay que llenar cada segundo, cada pantalla. En política ya no se busca cerrar el conflicto, sino administrarlo; no resolver la sucesión, sino su ansiedad eterna. El ruido no es exceso: es estrategia.
@aldan