México mirándose el ombligo…

Desde el Segundo Piso

En Davos, ese club donde los poderosos se dicen verdades a medias frente a cámaras completas, el primer ministro de Canadá se atrevió a decir algo que aquí seguimos fingiendo no escuchar, el orden mundial se rompió. Así, sin eufemismos. Lo dijo en el Foro Económico Mundial, frente a empresarios, jefes de Estado y burócratas globales que saben, aunque no lo admitan, que las reglas con las que crecimos ya no sirven para explicar lo que viene.

Mientras eso ocurre, en nuestro país seguimos atrapados en la pelea eterna. El país discutiendo consigo mismo, como si el resto del mundo estuviera en pausa. Oficialismo contra oposición, narrativa contra narrativa, insulto contra insulto. Aquí la geopolítica se reduce a una consigna, y la política exterior a un tuit. Pensamos que el mundo nos va a esperar a que resolvamos nuestras neurosis internas.

Canadá entendió algo básico, estar pegado a Estados Unidos ya no es una zona de confort, es una zona de riesgo. El vecino del norte dejó de ser árbitro del sistema global y ahora juega para sí mismo, sin pudor y sin paciencia. Proteccionismo, seguridad nacional, cadenas de suministro “amigables”. El mensaje es mas que claro, primero yo, luego yo… y al final, si acaso, los demás.

México, en cambio, actúa como si el T-MEC fuera una póliza de seguro eterna, como si la cercanía geográfica nos garantizara estabilidad automática. Seguimos vendiendo la idea de que “somos estratégicos” mientras debilitamos justo lo que nos haría estratégicos de verdad, instituciones funcionales, reglas claras, certidumbre jurídica y una mínima visión de largo plazo. Queremos jugar en la primera división global con lógica de equipollanero.

La miopía nacional es casi enternecedora, si no fuera tan costosa. Hablamos de soberanía como mantra, pero dependemos de decisiones que se toman fuera. Denunciamos al “imperialismo”, pero no construimos capacidades propias. Nos llenamos la boca con discursos de dignidad nacional mientras espantamos inversión, erosionamos confianza y convertimos la política pública en instrumento de revancha.

Lo más grave no es la polarización, eso ya es parte del paisaje, sino la desconexión absoluta entre el debate interno y la realidad internacional. El mundo se está regionalizando, las cadenas productivas se están reordenando, la seguridad energética y tecnológica se volvió arma geopolítica. Y aquí seguimos discutiendo si todo ha sido culpa de Layún o Calderón, como si el futuro fuera una anécdota menor.

México tiene todo para jugar un papel central en esta reconfiguración, ubicación, población, industria, mercado interno. Pero una cosa es tener cartas y otra saber jugarlas. Hoy parecemos más interesados en ganar la discusión del día que en entender el tablero completo. La política se volvió un ejercicio de ruido constante, no de estrategia.

El discurso canadiense incomoda porque nos exhibe. Porque mientras ellos están pensando cómo sobrevivir y ganar, en un mundo sin reglas claras, nosotros seguimos actuando como si el caos global fuera un problema ajeno, algo que solo afecta a Europa o a Asia. Como si la geopolítica no cruzara fronteras, cadenas de valor y decisiones domésticas.

La pregunta que incómoda no es si el orden mundial se rompió. Eso ya pasó. La verdadera pregunta es si México va a seguir entretenido en su pelea interna mientras otros escriben las nuevas reglas del juego. Porque en este nuevo escenario, no decidir también es una decisión. Y casi siempre, es la peor.

Como escribió Octavio Paz en El laberinto de la soledad“el mexicano puede doblarse, humillarse, ‘agacharse’, pero no rajarse”. El problema es que hoy no solo nos doblamos, evitamos mirar de frente la realidad, le sacamos la vuelta al mundo que cambia, y confundimos resistencia con inmovilidad.

Mientras el mundo cambia de piel, en México seguimos mirándonos el ombligo, atrapados en nuestra propia soledad política, convencidos de que el encierro discursivo es una forma de identidad.

Autor: Ricardo Heredia Duarte

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