Prohibir no educa

Bajo presión

Apenas unos días después del regreso a clases, el director del Instituto de Educación de Aguascalientes (IEA), Luis Enrique Gutiérrez, aseguró que la prohibición del uso de teléfonos celulares dentro de escuelas primarias y secundarias ha generado mejoras en el desarrollo escolar y en la convivencia entre estudiantes.

En la misma nota de Sofía Jara en Plano Informativo, se indica el gozo del titular del IEA por el consenso que logró esta medida entre padres de familia y docentes; además, Luis Enrique Gutiérrez destaca que gracias a esta prohibición se ha conseguido una mayor concentración de los alumnos en las actividades académicas y se ha propiciado una mejor interacción entre estudiantes, lo que fortalece la convivencia dentro de los planteles. En júbilo, el funcionario subrayó que la medida no es punitiva.

¿Presentó el director del IEA alguna prueba de sus aseveraciones? Por supuesto que no. Considera que le debemos creer sólo porque lo dice él, nadie necesita evaluaciones o estadísticas. Además, sabe que sus declaraciones endulzan el oído de los padres de familia al confirmar que están en lo correcto al deslindarse de la responsabilidad de acompañar a sus hijos en los caminos establecidos por un entorno sociotecnológico, dejando a la escuela la obligación de educar a niños y jóvenes. Porque siempre es culpa del celular o del dispositivo; porque si se prohíbe se acabará con el problema de la adicción a las pantallas, la falta de retención, el tiempo dedicado al ocio antes que al aprendizaje y, en general, el mal uso de las tecnologías que nos tiene con el grito en el cielo por el supuesto descarrilamiento de las nuevas generaciones.

Con el apoyo del Congresito, el IEA ha convertido a los maestros en policías. El problema no es el celular como objeto aislado, sino el entorno sociotecnológico en el que se organizan nuestros deseos, tiempos y vínculos. Esta medida es punitiva por definición y, peor aún, cancela el diálogo necesario sobre cómo promover cuidados y derechos para infancias y adolescencias bajo el pretexto de que se distraen en las aulas.

Los usos creativos del celular y de las plataformas digitales se sacaron de la conversación como si no existieran: ir en contra del algoritmo, grabar un corto, descubrir música, editar audio, jugar ajedrez, investigar, crear comunidad. Un dispositivo no educa solo, pero tampoco castiga por sí mismo: propone formas de vincularse y empuja ciertos hábitos. Cancelarlo en las aulas condena a niños y jóvenes a la soledad, a quedarse sin el acompañamiento que todos necesitamos para aprender a movernos en este ecosistema digital que ya no es futuro, sino presente cotidiano.

La tarea de la escuela y de las familias no es cerrar los ojos ni confiscar objetos, sino abrir criterios, discutir la exposición, hablar de la atención, del deseo, del tiempo, del aburrimiento y de la frustración. El problema nunca ha sido el aparato, sino la ausencia de conversación significativa sobre cómo vivir con él.

César Rendueles lo explica con claridad en su artículo “La ley seca digital”, publicado en El País: “Siempre que tengo una conversación con un adulto sobre cómo y cuánto usan los teléfonos móviles los adolescentes le pido que compruebe las estadísticas de uso de su propio teléfono. Algunos ni siquiera saben que existen. La mayoría descubren horrorizados la cantidad de horas de vida que regalan a aplicaciones triviales. Lo más parecido al uso que hace un adolescente del teléfono móvil es el uso que hace un adulto del teléfono móvil”.

Rendueles desmonta además la metáfora de la adicción. No se trata de un anzuelo químico ni de una patología individual, sino de un contexto de vida empobrecido por el trabajo asalariado, las relaciones frágiles y el consumo hedonista. “Nuestra relación compulsiva con la tecnología tal vez no habla tanto de los smartphones y su capacidad intrínseca para absorber nuestra atención como de nuestra impotencia colectiva para construir una alternativa”.

Mientras que en la escuela se le prohíbe a mi hijo usar ChatGPT para resolver sus tareas, en las tardes que paso con él insisto en usar esa misma herramienta como acompañamiento para desarrollar pensamiento crítico. No para que entregue la respuesta correcta, sino para que aprenda a pensar con otros sin delegar su criterio.

La diferencia es radical. Pedirle a una inteligencia artificial que “te haga la tarea” es la versión escolar del atajo; usarla como un Virgilio que explique cada círculo del Infierno y del Paraíso implica tiempo, paciencia y disposición a perder autoridad. Un acompañante que muestre el mapa antes del juicio, que exponga la red de conceptos que hay que revisar, que permita divagar, ir y volver, equivocarse.

Aquí está la parte que incomoda de verdad: ese acompañamiento exige algo que muchos adultos no estamos dispuestos a dar. Exige sentarse, escuchar, aprender, reconocer que no entendemos del todo el territorio que habitamos. Exige aceptar que usamos las mismas pantallas con la misma compulsión que criticamos, pero con el privilegio de llamarlo “trabajo” o “distracción”.

Prohibir es una coartada. Nos ahorra tiempo, nos devuelve una sensación falsa de control y nos evita la vergüenza de quedar expuestos frente a niños y adolescentes que, siempre, se mueven con más soltura que nosotros en el entorno digital. Convertimos la ignorancia adulta en norma y la pereza pedagógica en política pública.

Cuando la escuela cancela el uso del celular o de la inteligencia artificial sin distinción, no protege a nadie: abdica. Deja a niñas, niños y adolescentes solos frente a tecnologías que seguirán usando fuera del aula, sin mediaciones, sin criterios y sin lenguaje para pensarlas. La prohibición no los aleja de la máquina; los aleja de los adultos.

La prohibición del celular surge de una preocupación razonable, pero rápidamente resbala hacia el pánico moral. Pasamos de ver el smartphone como un maná utópico a imaginarlo como un Leviatán incontrolable. Pretender que niñas, niños y adolescentes se comporten como monjes de clausura digitales es una forma de eludir nuestra responsabilidad colectiva en la construcción de un entorno tecnológico brutalizado por monopolios que pelean a muerte por nuestra atención.

Tenemos en el bolsillo ordenadores más potentes que los que usó la NASA para llegar a la Luna y los utilizamos, muchas veces, para ver videos de gatitos. El problema no es la herramienta, sino la arquitectura económica y cultural que limita sus usos. Un cambio político amplio permitiría desbloquear posibilidades emancipadoras de la tecnología; una prohibición escolar solo produce obediencia momentánea y silencio.

La escuela, la cultura, el deporte, el ocio y la socialización están obligados a repensar qué tipo de relaciones deseamos sostener en este entorno tecnológico. La escuela no está para sacarnos del mundo digital, sino para darnos tiempo, palabras y herramientas para habitarlo críticamente. Reducir todo a la tecnología tranquiliza, pero empobrece la comprensión del malestar.

La autoridad no debería ser control, sino orientación. Cuidar no es vigilar ni cancelar. Los límites que requieren niñas, niños y adolescentes deben basarse en referencias compartidas, no en prohibiciones unilaterales. El síntoma (la distracción, la ansiedad, la adicción) no se silencia: exige presencia, conversación, demora e imaginación.

No basta con diagnosticar; hay que intervenir. Se trata de reconstruir mediaciones entre escuela y familia, de anticipar, acompañar y crear acuerdos colectivos para que las infancias y adolescencias transiten sus vidas entre pantallas con más cuidados y menos abandono.

La pregunta no es cómo cancelar el celular, sino cómo usarlo. La escuela puede enseñarnos a producir con la máquina, no para la máquina. ¿Por qué no pensar, entonces, en construir territorios digitales comunes en lugar de comisarías?

La prohibición tranquiliza conciencias adultas, pero no educa a nadie. Nos permite fingir que hicimos algo, que pusimos un límite, que ejercimos autoridad, cuando en realidad solo nos apartamos. Cancelar el celular es cancelar la conversación, y cancelar la conversación es dejar solos a quienes decimos cuidar. No hay pedagogía en el silencio ni formación en la renuncia. Lo que estorba en las aulas no es la tecnología, sino nuestra decisión de no hacernos cargo.

Coda. El júbilo de Luis Enrique Gutiérrez por la medida punitiva es similar al del alumno que no hizo la tarea pero es salvado por la campana y ya no se la revisa la maestra. Se celebra la prohibición como si fuera una política educativa y no una retirada. Mientras tanto, niñas y niños seguirán habitando el mundo digital solos, con el aplauso irresponsable de nosotros los adultos.

@aldan

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