La prisa del poder, la desconfianza que se hereda y los monstruos de lapertenencia

Desde el Segundo Piso

Vivimos tiempos de cambios algorítmicos, de esos que no sólo alteran rutinas, sino que dinamitan las certezas que durante décadas nos dieron una ilusión de estabilidad constitucional, tanto en lo nacional como en lo geopolítico. No es una exageración; el orden surgido después de la Segunda Guerra Mundial para hacer el mundo “medianamente aceptable”, está siendo puesto en entredicho a una velocidad inédita.

Hoy, un solo hombre, respaldado por el aparato militar más poderoso que la humanidad haya construido, amenaza con hacer volar los consensos institucionales que sostuvieron ese frágil equilibrio. Y frente a ese vértigo, cabe preguntarse si nuestra clase política, los electos y los designados por los electos,  está leyendo correctamente los signos de los tiempos o apenas reaccionando, con prisa, a estímulos que no comprende del todo.

El problema no comenzó ayer. Entre recetas neoliberales que no resolvieron lo prometido y un despertar ideológico liderado por un “arcoíris” que pretendió refundarlo todo, Occidente fue sacudido en lo más profundo. En apenas unas décadas, una civilización con basamento cristiano de casi dos mil años entró en una crisis de identidad acelerada. En nombre de inclusiones mal ejecutadas, se nos condujo a un laberinto de soledad algorítmica, dejamos de reconocernos como familia, como comunidad, como clan. Antes del smartphone, el sentido de pertenencia era imperfecto, pero era real; hoy es líquido, frágil y muchas veces performativo.

Entre lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no acaba de nacer, como advirtió Gramsci, surgieron los monstruos. Monstruos de resentimiento, de odio moralizado, de identidades cerradas que convierten al disidente en enemigo. Y aquí la advertencia es clara, o entendemos que, como canta Amaia Montero, “todos estamos bailando la misma canción”, o alguien (el poder sin freno)  estará encantado de marcar el ritmo hasta el abismo.

Daniel Kahneman lo explicó con precisión quirúrgica, pensamos con dos sistemas. Uno rápido, intuitivo, emocional; otro lento, reflexivo y costoso. El problema es que el poder, cuando se ejerce con prisa, casi siempre opera desde el Sistema uno. Decide desde el miedo, la ira o la euforia, sin pasar por el filtro del pensamiento deliberativo. Y sociedades enteras, bombardeadas por estímulos digitales y narrativas simplificadas, terminan votando, opinando y odiando desde ese mismo modo automático.

Aquí entra una clave más profunda, y peligrosamente actual, que aporta John Tooby desde la psicología evolucionista, nuestros instintos coalicionales. Los humanos estamos programados para formar y defender grupos, porque durante milenios pertenecer a una coalición fue una cuestión de supervivencia. Sin grupo, estabas perdido. Esa urgencia por pertenecer sigue intacta, aunque hoy se exprese en hashtags, trincheras ideológicas o banderas partidistas.

Las coaliciones amplifican poder, pero también distorsionan la realidad. Las creencias del grupo dejan de ser verdaderas o falsas, se vuelven señales de pertenencia. No importa si describen el mundo con precisión, sino si distinguen a “los nuestros” de “los otros”. Por eso las creencias más extravagantes o moralizadas suelen ser las más defendidas, funcionan como credenciales identitarias. Cuando un tema se vuelve consenso, deja de servir para la guerra simbólica y hay que buscar otra frontera.

El costo es enorme para la ciencia, para la deliberación pública y para la democracia. Cuando lo factual se moraliza, la verdad queda subordinada a la lealtad grupal. Cambiar de opinión deja de ser una virtud intelectual y se convierte en una traición. Así, el científico, el analista o el político que duda corre el riesgo de perder no sólo prestigio, sino identidad, amigos y trabajo.

México no está al margen de este fenómeno. La prisa del poder, combinada con coaliciones cerradas y pensamiento rápido, está heredando desconfianza como política pública. “Nada hay más difícil de prever, ni más peligroso de conducir, que la introducción de un nuevo orden de cosas”, escribió Maquiavelo hace siglos, y pocas frases describen mejor el momento actual, decisiones tomadas con urgencia moral, pero sin deliberación institucional, suelen sembrar consecuencias que nadie está dispuesto a asumir.

Una sociedad que desconfía, pero no piensa despacio, es terreno fértil para decisiones irreversibles.

Tal vez el mayor acto de resistencia hoy no sea gritar más fuerte, sino frenar, pensar lento y recordar que ningún grupo, por justo que se crea, está a salvo de equivocarse cuando convierte la verdad en consigna.

Autor: Ricardo Heredia Duarte

OTRAS NOTAS