Por años, en el Bajío mexicano el sindicalismo fue visto y en algunos casos ejercido, como un actor reactivo.Aparecía cuando había conflicto, negociaba incrementos salariales y desaparecía hasta la siguiente revisión contractual. Ese modelo hoy está agotado. No porque la defensa de los derechos laborales haya perdido vigencia, sino porque el contexto productivo, legal y comercial exige algo más profundo y profesional.
La discusión sobre las posibles reformas laborales que podrían concretarse en 2026, en paralelo con la revisión del TMEC, nos coloca frente a una disyuntiva clara, o los sindicatos evolucionamos, o nos volvemos irrelevantes en la operación real de las empresas. En una región como el Bajío, altamente integrada a las cadenas de suministro de Norteamérica, esa decisión no es ideológica, es totalmente estratégica.
Las propuestas que hoy están sobre la mesa, como la reducción de la jornada laboral, el fortalecimiento de inspecciones, nuevas obligaciones en materia de igualdad, salud y condiciones de trabajo, no deben analizarse únicamente como cargas regulatorias. Bien aterrizadas, pueden convertirse en palancas de productividad y estabilidad laboral. Pero eso solo será posible si sindicato y empresa asumen una relación de interdependencia madura, la empresa como generadora de empleo, inversión y desarrollo regional; el sindicato como garante de estabilidad, profesionalización del trabajo y cohesión social. Cuando ambas partes se reconocen como corresponsables del desempeño operativo y del bienestar laboral, la creación de valor deja de ser un discurso y se convierte en una práctica cotidiana que impacta directamente en la productividad y en la sostenibilidad del negocio.
El TMEC es un recordatorio constante de que los derechos laborales ya no son un asunto doméstico. Hoy, una mala práctica en una planta del Bajío puede escalar a un panel internacional y poner en riesgo contratos, exportaciones y empleos. En ese escenario, el sindicato tiene un papel clave, anticipar riesgos, corregir prácticas y garantizar que los estándares laborales se cumplan antes de que el problema llegue a instancias externas.
Aquí es donde el sindicalismo del siglo XXI debe dar un salto cualitativo. No basta con saber negociar incrementos; hay que entender procesos productivos, indicadores de eficiencia, rotación, ausentismo y capacitación. Un sindicato informado puede sentarse con la empresa a discutir cómo implementar una jornada de 40 horas sin afectar la producción, cómo reorganizar turnos, o cómo ligar parte del ingreso a esquemas claros y medibles de productividad. Eso no debilita al sindicato; lo fortalece.
La profesionalización sindical no es un lujo, es una necesidad. Implica cuadros capacitados en legislación laboral, comercio internacional, finanzas básicas y gestión del trabajo. Implica también transparencia interna, rendir cuentas a los trabajadores, explicar decisiones y construir legitimidad desde dentro.
En el Bajío, donde conviven grandes corporativos globales con empresas medianas proveedoras, el sindicato puede convertirse en un estabilizador del ecosistema laboral. Un actor que ayude a reducir la conflictividad, a ordenar relaciones de trabajo y a generar certidumbre. Eso beneficia al trabajador, pero también a la empresa y a la región. La evidencia es clara, entornos laborales estables atraen inversión y retienen talento.
Las nuevas políticas y prácticas sindicales deben ir más allá del salario. Bienestar integral, salud mental, prevención de violencia laboral, capacitación continua y adaptación tecnológica son temas que ya forman parte de la conversación global y que pronto serán obligaciones legales. Anticiparse a ellas es una muestra de madurez sindical.
Fortalecer al sindicato hoy no significa hacerlo más combativo, sino más competente. Significa pasar del “no” automático a la propuesta concreta; de la consigna al dato; del conflicto a la corresponsabilidad. El sindicalismo moderno no renuncia a la defensa de los derechos, pero entiende que esos derechos se sostienen mejor cuando hay empresas productivas, legales y competitivas.
El reto es grande, pero también la oportunidad. Si el sindicalismo mexicano logra transitar hacia este modelo, no solo cumplirá con las nuevas reglas del TMEC y las reformas laborales que vienen, sino que se consolidará como un actor central en la construcción de un mercado de trabajo más justo, productivo y sostenible para todos.
Autor: Fernando Lozano