Segunda parte: El embotellamiento como política pública

Desde el Lunar Azul

La columna de ayer no pasó desapercibida. Al contrario, detonó mensajes, llamadas y comentarios que coincidían en algo básico y alarmante, el transporte público en Aguascalientes no solo es malo, es un factor activo de deterioro urbano. Y no lo dicen analistas ni académicos, lo dicen usuarios cotidianos, choferes, concesionarios menores y hasta funcionarios de segundo nivel que ya ni siquiera intentan defender lo indefendible.

Vayamos a la paradoja central. Durante años se nos vendió la idea de que la solución a la movilidad era la infraestructura vial, más pasos a desnivel, más ampliaciones, más concreto. La ciudad se llenó de obras que, en papel, prometían fluidez. En la práctica, lo que generaron fueron cuellos de botella más sofisticados. Donde antes había tráfico, ahora hay embotellamientos “modernos”, con señalética nueva y carriles recién pintados, pero igual de colapsados.

El problema es estructural, cuando el transporte público no funciona, la gente busca sobrevivir como puede. Y sobrevivir, hoy, significa comprar un auto. O dos. O endeudarse para uno usado. Y cuando el auto ya no alcanza, ya sea por gasolina, estacionamiento o tiempo, aparece la motocicleta como tabla de salvación. Más rápida, más barata, más riesgosa. El resultado es una ciudad saturada, con vialidades rebasadas y una movilidad cada vez más individualizada, caótica y peligrosa.

Eso no es una consecuencia colateral. Es el efecto directo de una política pública fallida.

Los mensajes que llegaron tras la columna de ayer también apuntan a un tema aún más delicado: irregularidades en el manejo de permisos y concesiones. Rutas que se asignan sin lógica de demanda, concesiones que sobreviven pese a incumplimientos evidentes, decisiones técnicas que (casualmente) siempre benefician a los mismos. Nada nuevo, pero sí cada vez más evidente. El mal servicio no es un accidente, es tolerado, administrado y, en algunos casos, funcional para ciertos intereses.

Mientras tanto, el ciudadano paga. Paga con tiempo perdido, con estrés acumulado, con dinero que se va en transporte alternativo. Paga cuando tiene que salir una hora antes “por si no pasa el camión”. Paga cuando decide comprarse un vehículo porque no puede llegar tarde al trabajo. Paga cuando se sube a una motocicleta sin otra opción real.

Y aquí la infraestructura vial vuelve a aparecer como coartada. Se construye como si el problema fuera solo de flujo vehicular, cuando en realidad es de modelo de ciudad. Cada puente nuevo sin transporte eficiente debajo es una invitación más al colapso. Cada avenida ampliada sin rutas bien diseñadas es un incentivo para meter más autos al mismo embudo.

La movilidad en Aguascalientes ya no es solo un problema urbano, es un problema económico y social. Empresas que batallan para retener personal porque el traslado es una odisea diaria. Obreros que hacen más de dos horas de su casa a la fábrica. Zonas industriales mal conectadas. Crecimiento desordenado sostenido por la fantasía de que todos pueden y deben moverse en vehículo propio.

Y como si el rompecabezas necesitara otra pieza incómoda, ayer se anunciaron resultados y planes de uno de los programas estrella del nuevo gobierno federal, la vivienda. Los números son claros y duros. Aguascalientes no pinta. Último lugar en resultados y en planes. Ni prioridad, ni proyección. Y ahí es donde todo se entrelaza, sin vivienda cercana al empleo y sin movilidad eficiente, el costo lo pagan los trabajadores y también las empresas.

De eso hablaremos con más detalle en la próxima columna. Porque vivienda, movilidad y productividad no son temas separados. Son el mismo problema visto desde distintos ángulos.

Aquí dejo esta segunda roca.

Empújela usted. Yo vuelvo. Como siempre.

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