Desde el Segundo Piso
Federico el Grande lo dijo con una crudeza que hoy resulta incómodamente vigente,“la diplomacia sin poder es musica sin instrumentos”. México lo está comprobando. Frente a Donald Trump, un político que solo entiende fuerza, no cortesía; el Estado mexicano llega con discursos, no con músculo. Y cuando no hay músculo institucional, ni unidad política, ni autoridad moral (huachicol) , lo que queda es la sumisión disfrazada de diálogo.
La paradoja es brutal, mientras la presidenta Claudia Sheinbaum intenta contener la presión estadounidense con diplomacia racional, su propio movimiento político la deja sola. Los sectores más duros de Morena, los que confunden ideología con lealtad y propaganda con gobierno, no la fortalecen, la debilitan. La obligan a negociar con Washington desde una posición de fragilidad interna. Y en geopolítica, la fragilidad se cobra con intereses caros.
Trump no presiona a México porque sea fuerte; lo presiona porque sabe que es políticamente vulnerable.
Y aquí entra la otra tragedia, la oposición mexicana ha desaparecido. No fue derrotada solamente en las urnas; fue desmantelada por su propia mediocridad. En 2018 Morena ganó con 53 % de los votos. En 2024 volvió a ganar con más de 35 millones de sufragios y mayoría legislativa calificada. La oposición, sumada, apenas logró impedir una hegemonía total, pero sin narrativa, sin liderazgo y sin proyecto.
Ese vacío es tan profundo que hoy muchos opositores creen que su única vía de regreso al poder es arrodillarse ante Washington. No ante los votantes mexicanos, sino ante Trump o Marco Rubio. Como si entregando soberanía pudieran recuperar lo que perdieron en las urnas. Es una ilusión patética y peligrosa, las potencias no rescatan políticos derrotados; los utilizan. El caso Venezuela.
Mientras tanto, Morena avanza con la consolidacionde la reforma judicial y una reforma electoral que, de aprobarse como están planteadas, cambiarán el ADN del sistema político mexicano. La elección popular de jueces no democratiza la justicia (ya lo estamos viendo); la politiza. Y un árbitro electoral debilitado no fortalece la democracia; la subordina al partido dominante.
Esto no es teoría. Cuando un partido controla el Ejecutivo, el Legislativo, el Judicial y el órgano electoral, deja de existir equilibrio. Y sin equilibrio, no hay república; hay hegemonía.
El problema es que muchos creen que Trump es el gran peligro. No lo es. Trump es una consecuencia, no una causa. El verdadero cáncer de México sigue siendo la corrupción estructural que sobrevive a todos los gobiernos. Morena prometió erradicarla, pero hoy administra un aparato estatal más grande, más opaco y más concentrado que el que heredó.
La corrupción no solo roba dinero; roba poder estratégico. Un Estado corrupto no puede negociar con firmeza, porque siempre tiene algo que esconder. No puede exigir respeto, porque internamente no lo practica. Por eso Trump huele debilidad.
Federico el Grande tenía razón, la diplomacia sin poder es teatro. Pero en México el problema es peor, tenemos diplomacia sin poder (ni las quincenas les han pagado) , oposición sin dignidad y reformas que buscan perpetuar un solo poder.
Y como advirtió Lord Acton, “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Un país así no negocia con el mundo, se ofrece.
Autor: Ricardo Heredia Duarte