Uno de los errores más frecuentes en la discusión pública es asumir que toda elección produce automáticamente democracia. Venezuela demuestra que esto no es así. Desde hace años, amplios sectores de la sociedad venezolana han cuestionado la legitimidad de procesos electorales marcados por la exclusión de candidatos, el control del árbitro electoral y la persecución de opositores.La democracia no se agota en el acto de votar. Requiere condiciones previas y posteriores que permitan que ese voto tenga consecuencias reales. Cuando el acceso a la información es desigual, cuando los medios son presionados o cuando el disenso se castiga, la elección se transforma en un ritual vacío. El ciudadano participa, pero no decide; vota, pero no elige.Desde el liberalismo, la distinción es clara y fundamental: legalidad no equivale a legitimidad. Un proceso puede cumplir formalidades, pero si no garantiza libertad, equidad y competencia real, pierde su sustancia democrática. Votar bajo intimidación, sin alternativas reales o con reglas diseñadas desde el poder no es ejercer soberanía; es simularla.La experiencia venezolana muestra cómo la erosión institucional suele ser gradual. Primero se desacredita al adversario, luego se limita su participación, más tarde se normaliza el uso del aparato estatal contra la disidencia. El resultado final es un sistema donde el poder se reproduce a sí mismo mientras el ciudadano queda atrapado en una legalidad que ya no lo representa.Desde esta perspectiva, la legitimidad democrática no puede reducirse a la aritmética electoral. Depende de la confianza social, del respeto a las reglas del juego y de la posibilidad real de alternancia. Cuando el poder se diseña para no perder nunca, las elecciones dejan de ser un instrumento de control ciudadano y se convierten en un mecanismo de confirmación del poder existente.Este fenómeno debería invitarnos a una reflexión más amplia, especialmente en sociedades que aún conservan márgenes de pluralidad. La democracia no se defiende solo el día de la elección; se defiende todos los días, cuidando la independencia de los poderes, la libertad de prensa y el derecho a disentir sin miedo. Venezuela nos recuerda que perder estas garantías no suele ocurrir de golpe, sino por acumulación de concesiones.