Los barriles fueron arrojados por EEUU a las profundidades del Pacífico, con la esperanza de que nunca reaparecieran. Ahora entrañan un grave riesgo para todo lo que les rodea.
La mayoría de estos residuos se introdujo en barriles de acero sin sistemas de contención duradera. Tras ser depositados a profundidades superiores a los 600 metros, el problema quedó fuera del debate público durante décadas, condicionado por la dificultad técnica de acceder al fondo marino y por la ausencia de un seguimiento ambiental sistemático.
Qué revelan las nuevas exploraciones
El panorama empezó a cambiar cuando equipos del Instituto Scripps de Oceanografía, dependiente de la Universidad de California, desplegaron un sonar de alta resolución y vehículos operados remotamente. Estas campañas permitieron identificar cerca de 27.000 objetos con forma de barril y más de 100.000 fragmentos de residuos dispersos por el lecho oceánico.
El análisis de los sedimentos, recogido en PNAS Nexus, descartó que el principal problema fuese el DDT y apuntó a la presencia de residuos altamente alcalinos. En torno a numerosos barriles se detectaron valores de pH cercanos a 12 y una drástica reducción de vida microbiana, lo que evidencia un impacto ambiental persistente y difícilmente reversible que podría empeorar si la corrosión termina por provocar el vertido de todo el contenido.
Los investigadores advierten de que la intervención directa también plantea riesgos considerables debido al estado de corrosión de los barriles y a la profundidad a la que se encuentran. Al mismo tiempo, mantener este legado químico en el fondo del océano implica asumir consecuencias a largo plazo que siguen sin estar plenamente cuantificadas por la comunidad científica. Eso sí, no serían leves en ningún caso.