La cultura no solamente se enriquece por su creación;crece en su memoria viva y por su apropiación, en un acto que, por naturaleza, es eminentemente selectivo. El ser humano nace libre, con la capacidad de elegir entre dos bienes el mayor, con el alcance de entre un abanico de opciones, definir aquellas que satisfagan sus necesidades, desde las más básicas, hasta las más excelsas para su autorrealización en un afán de trascendencia y, asimismo, construir legados que figuren en el tiempo, en el espacio, en el aquí y ahora, en el patrimonio cultural edificado, en el objeto artístico, en la tradición oral, en la reseña escrita… en absolutamente todas sus prácticas sociales que desprendan conocimientos, saberes y memoria sensible, perene y, por supuesto, modificable y perfectible. De aquí la importancia y puesta en valor de “riqueza cultural”, a través de la cual el sujeto o el colectivo, analizan los elementos propios de otra cultura y la hace suya… la adopta de acuerdo a sus convenientes fines y necesidades, incorporándolos así, a su patrimonio.
Las misiones jesuíticas que se instalaron en las selvas guaraníes del Paraguay, entre los siglos XVII y XVIII como una importantísima utopía social, descrita bellamente bajo la pluma de Alberto Armani en su obra “Ciudad de Dios y Ciudad del Sol”, el “Estado” jesuita de los guaraníesentre1699 y 1768, refleja este ejercicio de apropiación genuina y creativa de la cultura. Mientras los jesuitas mediante la enseñanza de las artes y los oficios como un vehículo infalible para la evangelización, que entre líneas no era más que el reflejo de una intervención cultural en función de un despertar social y, del mismo modo, una afán humano y sensible de preservar la identidad guaraní bajo la esclavitud y el dominio portugués; al construir las templos en el corazón de las selvas e incorporar las imágenes propias del catolicismo para su culto y veneración, los naturales mediante un proceso de filigrana y paciencia jesuítica, las incorporaban a sus creencias sin restar el culto a sus deidades originarias ligadas a la naturaleza como el Ñamandú (creador). A esta apropiación de la otra cultura para sumarla a la original y propia, antropológicamente la conocemos como “sincretismo”; proceso que no necesariamente violenta, transgrede, renuncia e elimina a la originalidad de una identidad, sino que la enriquece y la transforma para definirla en arraigossustantivos; opuesto a todo aquello que identificamos como “transculturización”, como bien pudiera ser, lapresencia ya por décadas del Halloween en México, ante la ya bien arraigada y sincretizada ofrenda a los muertos mexicanizada, la cual tuvo sus orígenes en Centroamérica.
Sin duda, la apropiación de la cultura depende de la dimensión correcta de la palanca conla que, de acuerdo a un punto de apoyo creativamente definido, se pretenda mover “algo” eminentemente colectivo y necesariamente social. En este sentido, muchas instituciones culturales aún no alcanzan a comprender las entrañas dinámicas de este binomio natural entre cultura y creación artística, promoviendo su desarrollo, gestión y administración desde“el cajón del sastre”, en donde el que saca la aguja e hilo para pegar un botón, no necesariamente se trata del mismo confeccionador, sino de un modisto elegido a través de las “políticas culturales dominantes”, con base en la celebración de pactos o pago de cuotas, suponiendo que la apropiación de la cultura depende únicamente de las selección de sus puntos de apoyo para activar la palanca.
En el proceso de “apropiación de la cultura” se analizan y se viven los elementos de la misma,incorporándola a sus prácticas de acuerdo a sus convenientes fines como parte de su patrimonio, en una suerte de “préstamo cultural”. Ninguna organización social es del todo original, ya que, absolutamente “todos” apelamos a los “préstamos culturales” dentro de su proceso histórico.Por ello, escasamente los elementos culturales ingresan sin modificación alguna, sin ningún rasgo en donde una cultura haya coleccionado un mosaico en su muro compuesto por identidades distintas, ya que además, se trata, igualmente natural al ser humano, de un proceso de adaptación… de esa búsqueda homeostática en donde los individuos que conforman una comunidad, anhelan y necesitan un mínimo de bienestar placentero, o bien, la satisfacción de necesidades más complejas y trascendentes en su afán de figurar como agentes de cambio. Estos cambios productivos en función de la adaptación, afectan las formas y los medios y, asimismo, los enriquecen; porque el ser humano, también por su naturaleza, se encuentra en constante búsqueda, en donde un elemento cultural para a representar otra cosa, circunstancia o situación se resignifica adquiriendo funciones que inicialmente no tenía.
Las “instituciones culturales” deben resignificarse para figurar de manera sustantiva en la línea del tiempo, en función de un proceso de adaptación por medio de “políticas” horizontales que generen la comunicación reciproca y no se estanquen en la simple contemplación. La cultura es un fenómeno compartido en constante resonancia social. Golpeando con admiración ante el realismo esculpido en “El Moisés”, Michelangelo Buonarroti reclamó a esa colosal figura que hablara. La cultura está compuesta por una diversidad de lenguajes; no es un proceso mudo con umbrales desarticulados. La cultura encuentra en el arte y sus caminos creativos… resignificación para hacerse viva y perene.