Bajo presión
Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen y el vino se derrama, y los odres se pierden.
Mateo 9:17
Hay momentos en los que el problema no es lo que ocurre, sino el nombre que insistimos en darle. Seguimos llamando debate ideológico a lo que ya funciona como cálculo frío; seguimos hablando de izquierda y derecha cuando las decisiones se toman en otro idioma. Vino nuevo analizado en odres viejos; y luego fingimos sorpresa cuando nada encaja.
La intervención de Estados Unidos en Venezuela, la extracción, el secuestro o la captura de Nicolás Maduro, según el diccionario que se consulte, volvió a exhibir esa pereza interpretativa. Mientras el círculo rojo ordenaba el episodio en el estante de siempre, bajo la etiqueta de autoritarismo contra democracia, los hechos se movían con una lógica distinta. Menos moral, más eficaz. Sin épica, pura operación.
Donald Trump lo explicó sin rodeos. No habló de derechos humanos ni de libertades. Habló de petróleo, de seguridad energética y de intereses estratégicos. Describió el operativo como quien narra una auditoría: tiempos, control, precisión. Impecable, dijeron algunos, como si se tratara de un informe de resultados y no de una incursión militar. El vino es nuevo, el análisis, viejo.
Por eso el debate público se empantana. Discutimos si Trump es de derecha o si Maduro encarna a la izquierda, cuando ninguno de los dos está ya en ese tablero. No hay batalla de ideas; hay una disputa por recursos y posicionamiento geopolítico. La ideología opera, a lo mucho, como coartada o como consuelo.
En México, los odres viejos pesan. Ante el nuevo escenario, un sector del oficialismo volvió al repertorio simbólico: el Himno Nacional y la estrofa de “un soldado en cada hijo te dio”. No fue una arenga literal, pero sí una señal del lenguaje al que seguimos aferrados. Frente a un mundo que negocia con drones y sanciones quirúrgicas, respondemos con símbolos del siglo XIX, no porque carezcan de valor, sino porque ya no describen el terreno donde se decide la partida.
Esa distancia entre realidad y discurso es nuestra mayor vulnerabilidad estructural. Se notó cuando Claudia Sheinbaum fue criticada por pedir un juicio justo para un dictador. El debate se extravió en los extremos, confundiendo debido proceso con absolución. Pero el error de fondo es otro: México se desgasta en la ética de las formas, aferrándose al derecho procesal, mientras Washington impone la estética de la fuerza, los hechos consumados.
La pregunta de si Trump podría intervenir en México suele formularse desde la histeria. Conviene moverla a la estructura. Venezuela pudo ser intervenida porque era una isla política; México no lo es. México es una pieza central de la seguridad económica de Estados Unidos.
Lo que nos protege no es una consigna, sino la interdependencia. Un intercambio cercano al billón de dólares y una frontera que no divide, sino que prolonga poblaciones. Una intervención militar clásica en México sería un autoatentado para Washington: provocaría inflación en Texas, colapso en California y conflicto interno en cuestión de horas.
Pero cuidado: esa misma interdependencia es la cadena. El riesgo real no es una invasión de tanques, sino una soberanía de baja intensidad. Es la Doctrina Donroe en acción: drones, fuerzas especiales y decisiones unilaterales contra el fentanilo; soberanía respetada o ignorada según el cálculo del momento.
Ahí está el punto crítico. En 2026, seguridad y T-MEC ya no son carriles separados; son la misma moneda. La renegociación no será técnica: será una mesa de extorsión. Cada arancel funcionará como palanca y cada concesión como forma de control.
Mientras la retórica oficialista se defiende con palabrería simbólica y nos ponemos la playera de la selección como último escudo disponible, el mundo sigue girando bajo una lógica que nos negamos a procesar. No es falta de patriotismo; es exceso de inercia.
Si seguimos analizando el vino del imperialismo desnudo con los odres viejos de la diplomacia tradicional, seguiremos atrapados. No es solo que el vino se derrame. Es que el recipiente se rompió hace tiempo y aún fingimos no escucharlo crujir.
Coda. El problema no es que el mundo ha cambiado, sino que seguimos aferrados a la tranquilidad que dan los odres viejos. Nombrar el conflicto como ideológico nos ahorra el trabajo de asumirlo como estructural. Es más cómodo discutir símbolos que administrar asimetrías. El vino ya está sobre la mesa. Mantener el recipiente no es neutralidad: es una forma de rendición lenta, imperceptible, pero eficaz.
@aldan