Desde el Segundo Piso
Los acontecimientos recientes en Venezuela y la lógica que ha caracterizado la política exterior de Estados Unidos bajo Donald Trump obligan a replantear categorías que durante décadas se asumieron como inamovibles, soberanía, autodeterminación, legitimidad democrática. En el nuevo tablero internacional, algunos países ya no son observados como comunidades políticas, sino como activos estratégicos; algunos gobiernos, no como expresiones de voluntad popular, sino como estructuras administrativas prescindibles. Venezuela es hoy el ejemplo más claro de esa mutación, de una república degradada, convertida, al menos en la narrativa de poder, en algo cercano a una Venezuela Inc.
No se trata solo de sanciones o de retórica agresiva. La insistencia en “ordenar” el territorio, controlar el petróleo o reinsertar al país en el mercado energético global remite menos a una transición democrática y más a una reestructuración corporativa. Como en una empresa fallida, se identifica a un gerente “Nicolás Maduro” cuya ilegitimidad sirve de pretexto funcional para justificar una lógica de intervención administrativa, no de reconstrucción institucional. Los ciudadanos quedan reducidos a variables secundarias de un balance estratégico.
Este patrón no es ajeno a México. Conviene recordarlo sin complacencias. Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, la intervención federal en Michoacán, encabezada por Alfredo Castillo, significó en los hechos la suspensión práctica del poder ejecutivo local. Bajo el argumento de la excepcionalidad y la seguridad, la gobernanza fue sustituida por administración de crisis. No se transformó el problema; se contuvo temporalmente el desorden.
¿ Los ejercicios actuales en Michoacán o Sinaloa siguen esa misma inercia ?Despliegues militares, control territorial fragmentado, énfasis en indicadores operativos y no en reconstrucción institucional. ¿Han servido? Al parecer si, solo si el criterio es administrar la violencia, no erradicarla. Son soluciones de gestión, no de Estado. El mismo dilema que hoy se observa en escenarios como Venezuela o Gaza. Ordenar primero, politizar después… si es que el “después” llega.
En paralelo, Estados Unidos avanza hacia un repliegue selectivo de los organismos multilaterales. Trump no los desdeña por aislacionismo ideológico, sino porque estorban a una lógica transaccional del poder. La diplomacia multilateral impone reglas; el mundo “tecnolibertario” (mas alla del Donroe ) de Mr. Trump privilegia acuerdos bilaterales, presión directa y jerarquías explícitas. Es un orden menos normativo y más crudo, más cercano a una mesa corporativa que a una asamblea de naciones.
En ese contexto, México enfrenta una disyuntiva incómoda. Persistir en posturas románticas de solidaridad automática con gobiernos que se autodefinen como socialistas, pero que en los hechos, operan como administradores patrimoniales del poder o asumir que el nuevo orden internacional no se rige por afinidades ideológicas, sino por capacidad estratégica, control territorial y valor económico. Defender regímenes fallidos en nombre de una soberanía abstracta no fortalece a México; lo debilita, porque reduce su margen de maniobra real.
La lección es dura pero clara, cuando un Estado deja de gobernar y se limita a administrar crisis, otros vendrán a administrarlo desde fuera. Venezuela lo ilustra en lo global; Michoacán lo anticipó en lo local. El mundo ya no pregunta por legitimidades históricas, sino por quién controla, quién produce y quién garantiza estabilidad funcional.
A ello se suma un factor decisivo y muy peligroso, la fragmentación interna. Ningún Estado puede sostener soberanía efectiva cuando su sociedad política aparece profundamente dividida. La confrontación permanente entre gobierno y oposición, la incapacidad para construir mínimos comunes en seguridad, desarrollo y política exterior, envía un mensaje inequívoco, un país sin coordinación estratégica es un territorio administrable.Es pregunta.
La pregunta final es incómoda, pero inevitable ¿estamos ante una disputa política legítima o frente a un proceso de autofragmentación nacional que otros, desde fuera o desde dentro, sabrán aprovechar? En el mundo que viene, esa diferencia ya no sera retórica. Es existencial.Como advirtió hace años Lorenzo Meyer, “la soberanía no se proclama, se ejerce”. Y ejercerla implica algo más que discursos, requiere control efectivo, instituciones funcionales y cohesión interna.
Autor: Ricardo Heredia Duarte