Espejito, espejito

Bajo presión

Hay una forma de pereza intelectual que hoy confundimos con pasión política: la polarización. Nos han vendido la idea de que vivir en el extremo es un acto de resistencia, cuando en realidad es el refugio de los que han renunciado a pensar. No lo digo desde afuera: también es tentador quedarse ahí, en la comodidad del bando, repetir la consigna correcta y dar la discusión por resuelta. Dividir el mundo entre verdugos y víctimas no es un análisis; es un atajo para no tener que lidiar con la incómoda complejidad de la realidad. En ese binarismo, el pensamiento se detiene y solo queda el automatismo de la respuesta programada.

El problema de la política actual no es el exceso de intensidad, sino su alarmante simplificación. Hemos sustituido el proyecto por la pertenencia y la deliberación por la identidad. Ya no se discute qué país construir, sino a qué bando se pertenece para despreciar al otro. Cuando la identidad desplaza a la razón, la política desaparece para dar paso a la gesticulación. Ya no se actúa; se reacciona. No se propone; se responde. El conflicto ha dejado de ser una herramienta de transformación para convertirse en un ritual vacío, un teatro de sombras donde la audiencia se siente protagonista solo por gritar desde las butacas.

Las redes sociales no inventaron este naufragio, pero lo volvieron rentable. Crearon un ecosistema que premia la certeza absoluta y expulsa el matiz, transformando la esfera pública en suma de monólogos. Cada quien habla para su propio espejo, buscando la aprobación de su reflejo. Lo que circula no es participación ciudadana, sino una autoafirmación narcisista: el ruido de millones de personas gritando que tienen razón, mientras el mundo común se desmorona por falta de cuidado.

Esta dinámica nos ayuda a entender el abismo de 2026. Ante una oposición sin imaginación y carente de un proyecto alternativo que no sea la nostalgia, el conflicto ya no vendrá de afuera. La hegemonía total de Morena obliga al movimiento a un destino inevitable: la canibalización. Sin un adversario real que lo obligue a la autocrítica, el oficialismo inventará sus propios monstruos internos. Veremos una carnicería por el control del relato, disputas entre facciones y tensiones con aliados que se venderán como “debates de fondo”, cuando en realidad serán luchas de poder en un cuarto cerrado.

Es el clímax del simulacro: el poder ya no necesita convencer ni reprimir. Le basta con administrar sus propias crisis internas para mantener entretenida a una sociedad que ha olvidado cómo actuar fuera de la narrativa oficial. La polarización seguirá cumpliendo su función de cortina de humo, manteniendo la ilusión de que algo se está disputando, mientras el rumbo del país se decide en la opacidad de los pasillos partidistas.

La polarización es la gran zona de confort de nuestra época. Nos otorga la tranquilidad de creer que estamos en el lado correcto de la historia sin habernos movido un centímetro del sofá. Es el lugar más cómodo del mundo: allí donde no hace falta el juicio, donde no existe el riesgo de la duda y donde, mientras discutimos frente al espejo, permitimos que el poder se estabilice solo, alimentado por nuestra propia incapacidad de mirar más allá de nosotros mismos.

Hannah Arendt suele aparecer en el debate público reducida a una sola idea, la banalidad del mal. Se la cita como consigna moral, casi como advertencia escolar, cuando en realidad su obra es una reflexión incómoda sobre la fragilidad de la acción política y la facilidad con la que el pensamiento puede ser sustituido por automatismos. Algo parecido ocurre hoy con la polarización. Se la presenta como radicalización del conflicto, cuando en realidad es su forma más perezosa.

La banalidad del mal, leída sin matices, terminó convertida en un atajo. Sirve para clasificar rápidamente, para dividir el mundo entre culpables y virtuosos, entre verdugos y víctimas. La polarización hace exactamente lo mismo. Simplifica la realidad en dos extremos morales y nos exime de comprender lo que ocurre entre ellos. En ambos casos, pensar resulta innecesario. Basta con alinearse.

Arendt advirtió del peligro de sustituir el juicio político por automatismos; Morena ha perfeccionado ese arte en versión tropical. Cada crítica se procesa con la misma plantilla y se archiva bajo la etiqueta de señalamientos del enemigo, mero ruido de conservadores que los deslinda de toda responsabilidad. El mal y el poder se vuelven administrables porque ya nadie se toma la molestia de juzgar.

?Una oposición sin imaginación cae invariablemente en el juego de Morena y alimenta este círculo vicioso y autocomplaciente que devuelve todo señalamiento bajo la consigna de culpar al pasado.

Una participación activa en el debate público que evite los extremos, la simplicidad y el escándalo es la única forma de dejar al oficialismo sin enemigo a quien señalar. Y aun así, no hay garantías. Es posible que la ilusión de escapar al ruido, termine absorbida por la misma lógica que denuncia, leída sólo por quienes ya están de acuerdo y devuelta al circuito del espejo. Cuando ya no puedan levantar láminas con estadísticas sesgadas, encuestas trucadas e imágenes que remiten a los regímenes anteriores, solo quedará mirar sus propias fallas.

Coda. Si evitamos la pereza de la simplificación y el escándalo, al morenaje no le quedará más remedio que explicar esas láminas que hoy encubren las imágenes, datos y nombres de los corruptos e ineptos que se han aprovechado del movimiento para sus propios fines.

 

@aldan

 

 

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