Desde el Segundo Piso
Si uno hojea ciertas columnas recientes, podría pensar que el vecino del norte no solo decidió mudarse a la casa de al lado, sino también abrir una sucursal renovada de la Doctrina Monroe, ahora en formato siglo XXI. Según esta narrativa, bajo el nuevo “reinado” de Donald Trump ya van catorce países sometidos al dominio de la Casa Blanca y México figura como candidato a una “anexión política formal o real” al flamante “continente de un solo país” llamado Estados Unidos.
El guion es digno de una Guerra Fría recalentada y con esteroides. El problema no es su dramatismo, sino su capacidad de distraer. Porque mientras miramos hacia afuera con lentes conspirativos, dejamos intacto el verdadero agujero negro de la política mexicana, un sistema institucional incapaz o renuentea sancionar la corrupción que se reproduce desde dentro.
Veamos un ejemplo concreto. El reciente retiro de visas estadounidenses a varios gobernadores mexicanos, todos vinculados al partido en el poder, ha sido interpretado como una maniobra de presión o castigo diplomático. Pero esa lectura omite lo esencial. Cuando un país extranjero utiliza la revocación de visas como instrumento político, no es porque sea particularmente imperialista, sino porque percibe que el Estado de origen no investiga ni castiga con seriedad a sus propios funcionarios. Si esas figuras estuvieran siendo procesadas en México con rigor y transparencia, la señal hacia el exterior sería otra muy distinta.
Aquí aparece la pregunta incómoda ¿cuántas carreras políticas en México han terminado realmente por corrupción en los últimos años? No por escándalo mediático, no por linchamiento digital, sino por consecuencias legales efectivas. La respuesta es tan breve como inquietante. La impunidadno es una anomalía, es parte estructural del sistema.Sin color partidista.
Desde la teoría política, esto conecta con lo que Daniel Innerarity denomina la “democracia compleja”, regímenes que, en sociedades interdependientes, deben enfrentar problemas que no admiten soluciones simplistas ni relatos épicos. Gobernar la complejidad implica instituciones que funcionen, contrapesos que operen y responsabilidades que se asuman. En México, en cambio, solemos optar por la teatralización. Discursos morales, enemigos abstractos y una tolerancia persistente a la complicidad, el clientelismo y la corrupción enquistada.
La experiencia reciente en otros países latinoamericanos ofrece advertencias claras. En Bolivia, tras años de hegemonía del MAS, la percepción de corrupción, concentración de poder y deterioro institucional terminó erosionando la legitimidad del proyecto político. En Ecuador, la incapacidad del Estado para contener al crimen organizado y limpiar sus estructuras internas ha generado un profundo desgaste ciudadano. En ninguno de los dos casos fue “el imperialismo” ni una conspiración externa lo que minó la gobernabilidad, sino la negativa sistemática a enfrentar la corrupción y la impunidad propias.
México no es una excepción. Las tensiones con Estados Unidos aumentan no porque seamos víctimas de una ambición expansionista inédita, sino porque nuestros actores internos no cumplen estándares básicos de rendición de cuentas. Desde el inicio de la administración Trump, la exigencia ha sido clara, actuar con firmeza contra el crimen organizado. Pero cuando las investigaciones apuntan hacia políticos o funcionarios con posibles vínculos incómodos, la respuesta institucional suele ser tibia, evasiva o francamente inexistente.
Resulta casi cómico (si no fuera trágico) que algunos prefieran debatir anexiones imaginarias y complots globales, cuando la amenaza más tangible para la soberanía mexicana es la incapacidad de aplicar la ley dentro de casa. Los ciudadanos no exigen relatos épicos ni enemigos externos, exigen justicia verificable, castigos reales, instituciones autónomas y una fiscalización imparcial.
La soberanía no se defiende con consignas ni con victimismo geopolítico. Se sostiene con Estado de derecho. Y mientras los liderazgos políticos, de cualquier signo, sigan externalizando culpas para no enfrentar la corrupción interna, México permanecerá atrapado en su paradoja favorita, la de proclamar independencia mientras tolera que la impunidad decida el futuro.
Porque, al final, no es el vecino, ni la Doctrina Monroe o Donroe, ni el complot de moda lo que define nuestro destino. Lo define nuestra disposición o nuestra cobardía, para dejar de normalizar la corrupción que nos gobierna.
Autor: Ricardo Heredia Duarte