Desde el Segundo Piso
En estos días la comentocracia, los fieles cuatrotesistas y los chatgpts mexas, todos internacionalistas de ocasión, por supuesto, estamos atrapados en el gran debate, si lo del “gemelo” de Alatorre fue legal, si fue justo, o si fue simplemente una jugada más del tablero global. Cada quien opina con la misma seguridad con la que antes opinaba de pandemias, guerras lejanas o finales de Champions.
Para los casi ocho millones de venezolanos obligados a dejar su país, quizá Trump se puso la capa y actuó como héroe. Para los militantes con nómina,fieles a AMLO, fue poco menos que una afrenta imperial, comparable (en su imaginario quiza) con el episodio del Mayo hace unos meses. Cuestión de perspectiva, dirían los manuales de geopolítica para dummies.
Y quizá de esas gestas heroicas y bandoleras (con lo de Sinaloa) aprendieron los vecinos güeros, y por eso dejaron en el mando a los hermanos Rodríguez (chavistas) en la República Bolivariana, ese país que, según cifras internacionales, posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, por encima incluso de los paises de los jeques, que compran equipos completos de la Premier League como si fueran estampitas.
Pero vayamos al punto donde, curiosamente, casi todos compartimos credo, el cash, el varo, el billete. El propio Trump ya lo admitió sin tanto maquillaje, el tema es el “oro negro”. Luego apareció Rubio a matizar ( porque siempre hay que matizar ) que también les interesa la libertad, la democracia y frenar el tráfico de estupefacientes que, desde ese polo sudamericano y pasando por tierra mexa, se administra con eficiencia transnacional.
Nada nuevo bajo el sol. La historia de estos conflictos se parece demasiado desde los tiempos de la Compañía Británica de las Indias Orientales, cuando el Imperio británico era el amo del mundo, algo así como los Estados Unidos del siglo XXI. Hoy China y Estados Unidos se disputan la hegemonía, con una Rusia que todavía quiere sentarse a la mesa grande, aunque siga empantanada en el laberinto ucraniano que le heredó su propio zar.
¿Seguirá Taiwán el mismo guion? No lo sabemos. Lo que sí sabemos y aquí aterrizo, es que para México el “oro negro” nunca fue la panacea que nos prometieron. En 1921 producíamos el 25% del petróleo mundial; fuimos el segundo productor global. En 2004, sextos del mundo. Cantarell llegó a bombear 2.1 millones de barriles diarios, más de lo que produce hoy todo el país junto en 2026. ¿Y luego? ¿En qué se tradujo esa riqueza para el ciudadano común?
¿Dónde quedaron los excedentes petroleros que administraron el ranchero guanajuatense y el michoacano de apellido ilustre? Es pregunta, no consigna.
La paradoja se entiende mejor mirando a los tigres asiáticos. Países sin petróleo que apostaron por el único recurso verdaderamente estratégico, la educación. Singapur convirtió la escasez en motor, invirtió en educación de élite, pagó sueldos públicos altísimos y castigó la corrupción sin contemplaciones. Resultado obvio, estabilidad, prosperidad y Estado de derecho funcional.
México, en cambio, cayó en la comodidad del recurso fácil. Industrializado, sí, pero con crecimiento frenado por corrupción sistémica y brechas educativas que se heredan como apellido. Venezuela es el caso extremo, el petróleo financió populismo, destruyó instituciones y dejó ruina. El crudo, sin Estado de derecho, no libero, solo compro lealtades y fabrico miseria.
Así que la pregunta es simple ¿a quién queremos parecernos? ¿A Singapur o a un Estado plenipotenciario, bolivariano y quebrado que hoy clama ayuda internacional mientras ayer despreciaba al mundo?
El progreso no es zurdo ni diestro, no tiene color ni consigna. Es educación, legalidad y cero tolerancia a la corrupción. Nunca pasamos del quinto partido en los mundiales y quizá esa maldición la repetimos como país, atrapados en el laberinto que describió Paz y resumimos con un mantra fatalista “el que no tranza no avanza”.
Cierro con una herejía para los imperialistas profesionales, a largo plazo, quien tiene la onza es Xi Jinping, porque apostó a la educación. Algo que el Tío Sam, desde Vietnam para acá, parece haber olvidado. Cronos, como siempre, dará su veredicto.
Autor: Ricardo Heredia Duarte