Razones
En un mundo caracterizado por la velocidad en la información y la interconectividad, la innovación se ha consolidado como el motor del desarrollo tecnológico. Todos los días nos sorprende un nuevo avance, la velocidad ha superado a la imaginación,
En este vertiginoso cambio se han transformando no solo industrias enteras, sino la esencia misma de nuestras sociedades. Este fenómeno, conocido hoy como disrupción se ha constituido en una fuerza estructural que está reescribiendo las reglas del escenario global, generando oportunidades inéditas, pero también desafíos de enorme profundidad.
La raíz de esta transformación se remonta a la teoría económica de hace casi un siglo. En la década de los cuarenta, el economista austroestadounidense Joseph A. Schumpeter acuñó el concepto de “destrucción creativa” para describir la dinámica central del capitalismo y lo conceptualizo como un proceso continuo mediante el cual nuevas tecnologías, productos y modelos de negocio desplazan a los existentes, abriendo paso a formas más eficientes de organización económica. Para él, esta tensión permanente es la fuente misma del progreso.
Durante buena parte del siglo XX, esta visión convivió con enfoques que asumían una mayor estabilidad. Autores como Michael Porter explicaban la competencia empresarial a partir de estructuras relativamente predecibles, sectores bien definidos y ventajas competitivas sostenibles. En ese contexto, la planeación estratégica de largo plazo tenía sentido: las reglas del juego podían cambiar, pero lo hacían a un ritmo gradual y manejable.
Ese equilibrio, sin embargo, comenzó a resquebrajarse hacia finales del siglo pasado. En 1997, el profesor de Harvard Clayton M. Christensen publicó The Innovator’s Dilemma, una obra que marcó un punto de inflexión. Christensen mostró que la disrupción rara vez proviene de los competidores consolidados o de innovaciones espectaculares desde el inicio. Con frecuencia emerge desde los márgenes del mercado, en forma de soluciones más simples, más baratas o inicialmente “inferiores”. Las empresas líderes, concentradas en satisfacer a sus clientes más rentables y en perfeccionar sus productos actuales, suelen subestimar estas innovaciones. Sin embargo, con el tiempo, esas propuestas marginales maduran y terminan desplazando a los gigantes establecidos. La historia reciente ofrece ejemplos elocuentes: la fotografía digital frente a los rollos tradicionales, las plataformas de transporte frente a los modelos clásicos de movilidad urbana, o la educación en línea desafiando a las instituciones educativas tradicionales.
La disrupción, no obstante, no se limita al ámbito tecnologico. La economista Carlota Pérez amplió el análisis al mostrar cómo las grandes revoluciones tecnológicas —desde la máquina de vapor hasta la inteligencia artificial— desencadenan ciclos completos de auge, crisis y reorganización social. Su tesis es clara: cuando las instituciones, las políticas públicas y los marcos regulatorios no logran adaptarse al ritmo del cambio tecnológico, la disrupción tiende a amplificar desigualdades y tensiones sociales, con efectos que trascienden sectores específicos y alcanzan dimensiones macroeconómicas.
Este desajuste se ha vuelto especialmente visible en la era digital. Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, en obras como The Second Machine Age, han documentado una paradoja inquietante: la tecnología puede elevar de manera significativa la productividad sin traducirse en un aumento proporcional de empleos de calidad. La brecha entre lo que las máquinas son capaces de hacer y aquello para lo que los sistemas educativos y laborales preparan a las personas se ha convertido en uno de los grandes dilemas contemporáneos. El problema no es la falta de innovación, sino nuestra limitada capacidad de adaptación institucional y formativa.
La magnitud de esta transformación fue popularizada por Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial, bajo el concepto de la “Cuarta Revolución Industrial”. Schwab describe un proceso sistémico en el que convergen la inteligencia artificial, la automatización, la biotecnología y las plataformas digitales, transformando de manera simultánea la economía, el trabajo, la educación y la política. La velocidad y la interconexión de estos cambios superan con creces la capacidad de respuesta de gobiernos e instituciones diseñadas para una era industrial que ya no existe.
Frente a la narrativa que atribuye la disrupción exclusivamente al mercado, la economista Mariana Mazzucato introduce un matiz fundamental. En The Entrepreneurial State, sostiene que muchas de las innovaciones más disruptivas —desde Internet hasta el GPS o diversas tecnologías médicas— fueron posibles gracias a inversiones públicas de alto riesgo. Ignorar el papel del Estado en la financiación y orientación de la innovación conduce, advierte, a una visión incompleta y potencialmente regresiva del progreso. En este sentido, los modelos de Porter dialogan —y tensan— con la lógica disruptiva de Christensen, revelando que la ruptura de equilibrios sectoriales no puede entenderse sin considerar tanto al mercado como a la acción pública.
En América Latina, y particularmente en países como México, estas tensiones se sienten con especial intensidad. La alta informalidad laboral precariza a millones de personas y dificulta la reconversión profesional que exige el nuevo entorno productivo. Al mismo tiempo, los sistemas educativos continúan operando, en gran medida, bajo lógicas industriales del siglo pasado: trayectorias rígidas, débil articulación con el mercado laboral y escaso reconocimiento de aprendizajes previos. El resultado es una paradoja dolorosa: personas con experiencia valiosa, pero sin las certificaciones o competencias formales necesarias para prosperar en una economía en constante transformación.
De ahí se desprende una conclusión ineludible: la educación ya no puede concebirse como una etapa previa al trabajo, sino como un proceso permanente. Aprender, desaprender y reaprender se ha convertido en una competencia central. No se trata únicamente de formar programadores o especialistas en tecnología, sino de desarrollar capacidades transversales como el pensamiento crítico, la adaptabilidad, la resolución de problemas y el aprendizaje autónomo.
La gran pregunta, entonces, no es si la disrupción continuará —eso es inevitable—, sino cómo será gestionada. La historia económica demuestra que cuando la innovación avanza sin instituciones que la acompañen, el resultado no es un progreso compartido, sino una fractura social profunda. En cambio, cuando educación, política pública y mercado logran alinearse, la destrucción creativa puede transformarse en una oportunidad de renovación y crecimiento incluyente.
Entender la disrupción en la tecnologia y en la económia, no es un debate abstracto. Es una condición indispensable para diseñar el futuro del trabajo y de la educación. Ignorarla no detiene el cambio; solo garantiza que más personas queden al margen de él. El terremoto silencioso ya ha comenzado, y nuestra capacidad de adaptación definirá si seremos capaces de construir sobre sus cimientos o si, por el contrario, seremos arrastrados por sus olas.