Bajo presión
Durante décadas hemos alimentado el fetiche de la prensa como el “cuarto poder”. Nos gusta imaginarla sentada en la misma mesa con el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, como una instancia vigilante, incorruptible, casi mística. Una fantasía novelesca donde la verdad derriba tiranos y la tinta pulveriza reputaciones. El periodista como héroe civil. Épico, pero falso.
La ficción, novelas, cine y series, se encargó de inflar el mito. Imperios mediáticos conspirando en sótanos ahumados, decidiendo el destino del mundo entre copas de whisky, héroes que no son cínicos y persiguen la verdad. Pero el periodismo no es un cuarto poder, quizá algo se podría lograr con los periodistas, sí, quizá con quienes sufren los embates de las Lyda Sansores, de los Alejandro Armenta o a los que limosnea el gobierno de Aguascalientes; hoy el periodismo se entiende como los dueños de las empresas, ciudadanos Kane del China Mall, que adoran la farsa porque les resulta rentable. Les permite simular independencia mientras negocian con el poder en turno, arrodillarse cuando hace falta, firmar convenios de publicidad oficial y vender silencio como si fuera prudencia editorial.
Esos en quienes su poder reside no en la integridad ni el compromiso público, sino su vocación para la hipocresía, capaces de posar como críticos implacables y, al mismo tiempo, mendigar contratos gubernamentales. Los directores que utilizan a sus periodistas como escudos morales, los lanzan a la arena del discurso ético mientras ellos evaden impuestos, dejan de pagar cuotas al IMSS y administran la precariedad como modelo de negocio. Predican libertad de expresión desde empresas que incumplen la ley laboral, confunden empresa periodística con coto privado y convierten la miseria interna en línea editorial. Esa es su mediocridad estructural.
Pierre Bourdieu, en su ensayo sobre Karl Kraus, describió con precisión este mecanismo. Advertía que los periodistas gozan de un privilegio peligroso, la posibilidad de actuar con impunidad sobre personas y obras. Sin exagerar, decía, detentan el “monopolio de la difamación legítima”. Esa ha sido la mercancía histórica de muchos medios, la capacidad de destruir desde una nota, un artículo, una investigación, y que los dueños convierten ese trabajo de reporteros y columnistas en un arsenal al servicio de venganzas políticas, ajustes de cuentas y chantajes respetables.
¿Un cuarto poder? Por favor.
A finales del siglo XX la ilusión se recicló con otro nombre, el “quinto poder”. Internet, la nueva gracia divina. Llegaron los blogs, la migración torpe de los medios tradicionales al ecosistema digital y la promesa de que una sociedad conectada destronaría a los viejos poderes. Puro humo. Los casos en los que la red ha producido acciones con verdadera fuerza política se cuentan con los dedos de una mano. El uso narcisista de la tecnología lo contaminó todo. Hoy balbuceamos en redes, no construimos proyectos colectivos.
¿Son Mark Zuckerberg, Elon Musk o los dueños de ByteDance los nuevos Charles Foster Kane? Tampoco. No gobiernan, administran mercados. Son tenderos de datos. Comercializan nuestra intimidad, nuestros miedos y esos deseos que regalamos por un gesto mínimo de aprobación. Su negocio crece con cada rastro digital, sin necesidad de asumir responsabilidades políticas ni costos éticos.
Lo que sí hicieron fue arrebatar a los medios tradicionales el monopolio de la difamación legítima. El resultado no fue democratización, sino desorden. Un ruido constante nacido de nuestra incapacidad para organizarnos. Los algoritmos nos domesticaron. Hoy movilizar no es tomar las calles, es acumular reacciones. Esta difamación anónima y viral no sustituyó a la prensa, la superó en cinismo. Alimenta la mercadotecnia política con influencia vacía, con simulación, con poder sin consecuencias. Un negocio perfecto.
No hay cuarto ni quinto poder. Hay una multitud saturada de información que no dialoga y no escucha, que solo compite por la superioridad moral de “tener la razón”, aunque esa razón sea falsa.
El episodio más reciente es el delirio colectivo sobre el supuesto secuestro de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses tras el fraude electoral de julio de 2024. Mientras Venezuela enfrenta una represión real, con cárceles, exilios y una violencia que no se vuelve tendencia, las redes optaron por la fantasía. Videos manipulados, análisis improvisados, juristas de ocasión dictando cátedra desde el algoritmo. La tragedia quedó relegada. Importó más la emoción de compartir la mentira que la incomodidad de asumir la realidad.
Este ecosistema no debilita al poder, lo fortalece. Gobiernos, partidos y élites económicas ya no necesitan controlar medios ni censurar voces. Les basta con administrar el ruido, dejar que la desinformación circule y permitir que la indignación se desgaste sola. En ese pantano, la política se vacía de contenido y se llena de espectáculo. La impostura no es un accidente del sistema, es su forma de gobernar. Y mientras confundamos opinión con acción y viralidad con participación, el poder seguirá intacto, cómodo, observando cómo la sociedad se distrae creyendo que discute.
Coda. Al verdadero poder no le interesa convencer ni reprimir. Le basta con dejar que el ruido haga su trabajo. En una esfera pública saturada de impostura, la desinformación es su lubricante. No hay ejercicio de ciudadanía sólo intentos narcisistas de sobresalir.
@aldan