LA APROPIACIÓN DE LA CULTURA

“Dame una palanca y moveré al mundo” Primera parte

Arquímedes sostuvo que, con una palanca lo suficientemente larga apoyada en un fulcro, es posible generar una ventaja mecánica para mover cargas inmensas como la propia tierra. Este principio visto desde una perspectiva convergente, nos ha dilucidado infinidad de fenómenos relacionados con la fuerza y el movimiento. Los mismo, sin duda, sucede con la definición de los rostros culturales, con la construcción identitaria… pero, desde el pensamiento divergente, creativo e industrioso, en donde la iniciativa, el poder de fantasía, la toma de decisiones, las interacciones sociales y las necesidades naturales, sensibles y humanas se ponen en juego para construir y apropiarnos de la cultura.

La cultura de un pueblo, no es algo definidamente terminado para únicamente ser trasmitido en ese afán gregario, sino algo que se hace y se rehace todos los días… que trasciende en la línea del tiempo de generación en generación, en lo dinámico, simbólico y perene, a través de un proceso histórico acumulativo y selectivo, poniendo el énfasis en la creación, evitando caer en una concepción anquilosada de “cultura”.

La “creación”, no solo enriquece los legados culturales, sino, ante todo, la actualiza, adecuándola a las contemporaneidades circunstanciales sustantivas, dando respuestas convincentes y, asimismo, eficaces con relación a los nuevos fenómenos. El “hecho creativo”, sin duda, es la palanca de dimensiones apropiadas y el punto de apoyo certero, para promover el cambio en las culturas de acuerdo a las necesidades sociales, ya que, sin la fusión de pensamientos divergentes, la cultura se vuelve estática, desvinculándose progresivamente de la vida real y convirtiéndose en una parodia de sí misma… en algo que únicamente se exhibe y, por lo tanto, no se vive.

El “acto creativo”, no se realiza en la vacuidad al margen del tiempo y el espacio, de espalda a las circunstancias y necesidades sociales en el aquí y el ahora, cegados por un falso universalismo, tomando únicamente los referentes de otras culturas para la satisfacción del deleite y el divertimento desde una perspectiva elitista, privativa, selectiva y excluyente y, por lo tanto, limitadamente contemplativa. Recordemos la reflexión de Plutarco: las almas no son vasos de deban de llenarse, sino cuerpos que deben de encenderse, porque la cultura, ante todo, no solamente se reduce al “hecho cultural”, a lo ya determinantemente definido, sin posibilidades de un ejercicio de exploración vivencial que permita enriquecer a la propia cultura. Digamos entonces que la cultura y todos los fenómenos y manifestaciones que la rodean, es el producto de un proceso de reciprocidad compartida, el cual, mediante ese mecanismo dinámico, sufre de constantes modificaciones para así, poder definir adecuadamente lo que es la “riqueza cultural”.

Todo “acto creativo” es histórico, ya que se circunscribe en la historia de la propia cultura como algo dinámico sin referentes anquilosados; es lo que da sentido preciso en el marco de que deberán ser valorados los códigos para su interpretación y, su consecuente y necesaria transformación. Las obras que se pretenden mostrar fuera de la historia de la cultura de la que son producto, resultan comúnmente híbridas, podres y sin fuerza. Los grandes proyectos culturales y artísticos, las grandes obras que han trascendido en el tiempo, el espacio y en las circunstancias, son las que supieron encontrar el punto de apoyo con la profundidad necesaria, en el espíritu de un lugar y una época, identificando los resortes adecuados de la “comunidad”; porque el “acto creativo”, no es algo que solamente les incumba a unos cuantos “elegidos” entre “artistas” e “intelectuales”, se trata de más palancas creativas posibles para promover la configuración de la cultura. Quien construye una casa o funda una organización, definitivamente está creando y, sobre todo, si el que hace construye algo nuevo. La o el profesor de preescolar, por ejemplo, que le pide a las y los niños que dibujen una casa, la cual deberá traducirse determinantemente con un techo de dos aguas con tejas de rojo marrón, coronada por una chimenea, bajo un sol amarillo entre nubes blancas con trasfondo azul y, por supuesto… sin que falte aquel árbol de tronco café, follaje verde y frutos rojos a un costado de un sendero entre pastos, definitivamente, está limitando al ejercicio y derecho genuino del alumno para apropiarse de la cultura a la cual verdaderamente pertenece, sin palanca ni punto de apoyo pedagógico y didáctico para mover transformar… ¿Cuántos de nosotros vivimos en una casa conceptualizada de “esa manera”? Este ejemplo indiscutiblemente define una de tantas formas de “estancamiento cultural”. De aquí los alcances del Método de Proyectos de la Nueva Escuela Mexicana.

No hay libro sin lector, ni cine sin espectador, sala de conciertos sin oídos expectantes o miradas abiertas, alertas y analíticas en la galería. La respuesta de los miembros de una sociedad, es la que determina el verdadero sentido de una obra o hecho artístico, en la suscripción del cauce de la cultura en un acto compartido, por encima de lo limitadamente individual. La creación es algo propio, algo eminentemente natural de la condición humana, que, en menor o mayor medida, todas y todos hacemos y, no por el patrimonio exclusivo de unos cuantos pequeños cuadros de iluminados. La creación constituye ese acto imaginativo que ha sacado a la humanidad de sus fangos empantanados, bajo políticas culturales de cara a la construcción y trasformación de la comunidad; porque la cultura no es más que el receptáculo dinámico de experiencias individuales que sumadas y multiplicadas, no restan ni dividen en el arraigo para figurar históricamente.

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