Bajo presión
En política, las señales pesan tanto como las decisiones; a veces, incluso más. Las decisiones corrigen daños puntuales, pero las señales educan o deseducan a todo el sistema, con un efecto duradero y sin una responsabilidad clara.
En los últimos días, desde la tribuna de la mañanera, la presidenta Claudia Sheinbaum ha emitido mensajes cruzados sobre la libertad de expresión. Por un lado, desarma un exceso judicial grotesco; por el otro, descalifica a la prensa nacional como un adversario moralmente quebrado. Ambas cosas ocurren al unísono, y esa coincidencia no es una casualidad.
El caso de Rafael León Segovia, Lafita León, es ejemplar en el peor sentido. Detenido en Veracruz la Nochebuena de 2025 bajo el cargo de terrorismo, su proceso dio un giro cuando la presidenta cuestionó la acusación y pidió explicaciones a la Fiscalía estatal. El 30 de diciembre, un juez desechó el cargo por insostenible: no había vínculos criminales ni soporte para semejante etiqueta.
El mensaje parecía correcto: el Estado no puede blandir el derecho penal como garrote político. Sin embargo, la rectificación fue parcial. El periodista no recuperó su libertad plena; cumple un año de prisión domiciliaria por delitos menores que mantienen el bozal puesto. Desde su casa, Lafita confiesa tener miedo y adelanta que, si vuelve a ejercer, dejará la nota roja por temas “menores”. El mensaje intimidatorio ya funcionó: se logró la autocensura sin necesidad de una sentencia.
Mientras la presidenta pedía mesura en Veracruz, en Palacio Nacional el tono era otro. La presidenta Sheinbaum lanzó una ofensiva contra El Universal y Reforma por su cobertura del descarrilamiento del Tren Interoceánico. Habló de “bajeza”, “falta de pudor” y “vileza”. Acusó a uno de revictimizar por el uso de imágenes y al otro de jugar a ser “especialista en vías férreas” para fabricar una narrativa de debilitamiento político rumbo a 2026.
Las discusiones sobre ética y rigor deben darse en las redacciones y en los consejos editoriales. Pero cuando la descalificación surge desde la presidencia, con nombres y apellidos, el debate deja de ser periodístico para convertirse en un juicio político. No es lo mismo un lector indignado que la presidenta colocando a los diarios en un banquillo de acusados morales. En un país donde el periodismo se ejerce bajo asedio, ese regaño público no es neutro; es una señal de vulnerabilidad dirigida a quienes no se alinean.
Ahí reside la contradicción central: se celebra que el Ejecutivo frene el uso del delito de “terrorismo” contra un reportero de a pie, pero se normaliza un discurso que presenta a la prensa crítica como deshumanizada, inmoral o políticamente sospechosa. Se apaga un incendio con una mano mientras, con la otra, se reparten cerillos en un terreno saturado de gasolina. La corrección jurídica convive con el escarmiento simbólico.
La libertad de expresión no se protege sólo evitando la cárcel; también se protege evitando el señalamiento desde el poder. La señal que hoy se emite es tan clara como inquietante: el periodismo no será criminalizado… siempre y cuando no incomode demasiado, no anticipe, no interprete y no contradiga la narrativa oficial. Todo lo demás queda bajo sospecha, expuesto al descrédito público y al castigo ejemplar.
México no necesita una prensa obediente ni un poder que se asuma infalible. Necesita una convicción democrática que no funcione como concesión revocable ni como premio a la docilidad. Porque cuando desde el poder se corrige a unos y se exhibe a otros, no se está defendiendo la ética ni el derecho a la información: se está impartiendo una pedagogía autoritaria. Una lección tácita, pero eficaz, que enseña quién puede hablar, hasta dónde y con qué consecuencias. Y en un año que ya asoma electoral, esa pedagogía no busca informar ni debatir: busca disciplinar.
Coda. Entre Lafita León, confinado en su casa por atreverse a cubrir la violencia local, y los diarios nacionales exhibidos desde Palacio Nacional por no narrar la tragedia en los términos deseados, no hay una diferencia de fondo, sino de escala. El mensaje es el mismo: quien se salga del guion pagará el costo. A unos se les encierra; a otros se les señala. La lección, para todos, es idéntica.