Transeúnte
El año 2026 apenas inicia, como cada año los deseos de que el año nuevo sea mejor que el anterior siempre se hacen presentes. Sin embargo, el paso de un año civil a otro nunca significa un borrón y cuenta nueva. Cambiamos de año, sin embargo, las situaciones que con las que iniciamos este año son las mismas que dejamos inconclusas el año anterior. Y es que las circunstancias que no resolvemos no se terminan de la noche a la mañana, requieren de procesos concluidos, asumidos e integrados a nuestra propia vida.
En filosofía hay un principio que dice: “de la nada no puede salir nada”. Pienso que en ocasiones pensamos en construir desde cero nuestra propia vida o bien reconstruirla, pero creo que esto no debería plantearse así.
Todas las personas tenemos momentos complicados, realidades que seguramente no nos gustarían que fueran nuestras, sin embargo, lo son. Para lograr una auténtica transformación de nuestra persona, incluyendo espiritualmente, no basta realizar una lista de buenos propósitos, sino que es necesario animarnos a asumir toda nuestra historia, sin pretender excluir algún capítulo.
Cada uno de nosotros somos el resultado de nuestras experiencias de cualquier tipo que estas sean. Un buen propósito de año nuevo es el de animarnos a vernos delante del espejo de nuestra propia existencia. No con la finalidad de reprocharnos, sino desde la óptica de la gratitud profunda por todo lo bueno que ha sucedido. Sin embargo, también es bueno colocarnos frente al espejo de nuestra propia vida para animarnos a perdonarnos. En la confesión me he encontrado con personas que confiesan una y otra vez la misma situación acontecida años atrás. Han pasado los días y años, Dios les ha perdonado, pero ellos no se han perdonado a ellos mismo. Es por eso por lo que hablo de la necesidad de mirarnos con ternura y misericordia.
Animémonos a mirarnos a nosotros mismos, no desde el egoísmo egocentrista el cual excluye del corazón la existencia del otro, sino desde la misericordia y gratitud que nos conduce a ver a Dios en cada acontecimiento de nuestra vida.
Esta es la primera columna del nuevo año, es por eso que quiero aprovechar para desearles que el año que apenas iniciamos sea un año en el que cada uno de nosotros nos animemos a colocar a Dios en el centro de nuestras vidas. Sólo Él le da sentido a nuestro día a día, Él es descanso, fortaleza y ayuda en cualquier situación. Pretender que el año nuevo sea todo miel sobre hojuelas es ilusorio, no porque sea negativo ¡no!, sino porque la vida siempre nos da de todo un poco, a veces reímos, otras veces lloramos o nos ponemos serios, es la dinámica de la vida. Pero estoy cierto de que si tenemos a Dios con nosotros nada hemos de temer. Pues Él siempre será quien le dé sentido a nuestra vida.
¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?
Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Romanos 8, 35-39