Fraternidad vs resentimiento

Desde el segundo piso

La primera columna del año siempre invita a balan­ce. No hablo de calculadoras o de cuestiones económi­cas, sino de algo que se siente más como pulso social y menos como estadística, la insólita escasez de fraternidad entre mexicanos. Claro, la competencia sana es tan legítima como un café bien hecho; el problema surge cuando esa competencia se convierte en ejercicio de agravio permanente, en una batalla de recuerdos y rencores que nadi­e parece saber muy bien cómo dejar.

Aquí es donde la reflexióndeja de ser un lujo intelectual para convertirse en lupa. El resentimiento, ese sentimiento de hostilidad que nace de sentirse ofendido o inferior, fue descrito por Nietzsche como la lógica de quienes, sin poder crear o afirmar, se definen a sí mismos por lo que rechazan o combaten. En lugar de construir, se ocupan de ajustar cuentas con fantasmas del pasado, inventados o no.

La Cuarta Transformación vino con el empuje político de 2018, legitimada por urnas que nadie puede ignorar. Ha tenido logros incuestionables, como la elevación del salario mínimo, la expansión de la transferen­cia directa de ingresos y los programas sociales que han sacado a millones de la pobreza extrema. Estos avan­ces son reales, valiosos y deberían ser celebrados. Pero al mismo tiempo, es evidente que el resentimiento se ha convertido en la narrativa dominante, tanto en las tribunas oficiales y opositoras, como en los discursos locales. Esa narrativa no solo migra de la crítica opositora a la justificación del agravio estatal, sino que permea la relación con la sociedad civil y los medios. Gobiernos locales, impulsados por la misma ideología, han llegado incluso a intentar acallar voces críticas con amenazas legales y encarcelamientos, como si disentir fuera herejía.

Y aquí llegamos a la pregunta incómoda ¿por qué, la Dra. Sheinbaum, una líder tan preparada y capaz, persiste un tono de gobierno que parece más oposición que administración? El resentimiento, no es una fuerza creativa; es una fuerza reactiva, obsesiva con el agravio y quegolpea más, de lo que construye. En lugar de afirmar un proyecto de nación, el discurso se regodea en representar lo que se combate. Esa lógica puede funcionar en campaña, pero en gobierno reduce el espacio de fraternidad y visión compartida.

¿Es una estrategia? ¿Una trampa retórica autoimpuesta? ¿O el eco de viejas heridas políticas que no han sanado? Nietzsche advertía que el resentimiento no ve al otro como un igual con quien cooperar, sino como un enemigo al que derrotar. Si se eleva esta lógica a norma de acción política el riesgo es que el Estado deje de funcionar como espacio de acuerdos y se convierta en arena de ajuste de cuentas.

No es menor que esta lógica enturbie también la relación con la libertad de expresión. Los periodistas no son enemigos a someter ni opositores a silenciar; son parte de ese diálogo que, en una democracia madura, puede ser ríspido sin ser represivo. Pretender amordazar la crítica con procesos judiciales es precisamente lo que el resentimiento busca, incapacitar la voz del otro.

Contrastemos esto con lo que verdaderamente construye una sociedad, no el intento de tener siempre la razón moral, sino la capacidad de elevar proyectos que trascienden el simple reproche. Solidaridad, fraternidad, cooperación, son  palabras que no deben sonar huecas dentro de un proyecto de gobierno, porque son los pilares que hacen que la transformación no sea solo retórica, sino vivible para todos.

Si el resentimiento se ancla en historias de agravios y lo convierte en motor de gobierno, el resultado no es fuerza creativa sino reacción constante. Y una nación no puede prosperar si pasa más tiempo acusando que proyectando, porque, como advertía Octavio Paz, “una sociedad que no dialoga consigo misma está condenada a la inmovilidad o a la ruptura”. Para quien simpatiza con la Dra. Sheinbaum, la invitación no es a renegar del pasado, sino a reconstruir el futuro con un discurso que integre y no divida.

Autor: Ricardo Heredia Duarte

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